Esto me ocurrió hace ya algunos años, en tiempos en que
estaba más joven y lista para cualquier locura, ávida de
experimentar a cualquier costo las zonas más placenteras de mi expansiva
existencia. Hoy en día, casada y más reflexiva que entonces,
me sorprende mi propia sangre fría (o quizás mi falta de
consciencia y responsabilidad), que me llevó a vivir experiencias
que ahora me parecen casi desquiciadas.

Yo tenía entonces 18 años y acababa de entrar en la Universidad.
Eran tiempos de ansiar conocer gente nueva y vivir experiencias diferentes.
Estábamos en plena festividad de recepción de nosotros, los
estudiantes nuevos, para lo cual se habían suspendido las clases
por dos semanas. Todos los días había competencias, fiestas,
exposiciones y muestras artísticas. Los fines de semana había
bailes que duraban todo el día y la noche.

Andrea y yo nos habíamos hecho muy amigas durante estos días
de diversión, reconociéndonos una a la otra como personas
que compartían intereses similares: traer locos a los hombres. Ambas
notábamos que las dos acaparábamos las miradas y conversaciones
de la mayoría de los chicos que compartían nuestras aulas,
y nos divertíamos coqueteando con todos y trayéndolos como
un ansioso séquito tras de nosotras. Nos complacía usar nuestras
tenidas más sensuales y pasearnos

por los pasillos sintiendo cómo la sangre masculina hervía
a nuestro alrededor. A mi me gustaba usar minifaldas cortas y sueltas,
de esas que se mueven livianamente y vuelan con el viento, manteniendo
una tensión en las expectativas de todos los chicos presentes, y
unas camisetas ajustadas que se pegaban a mi piel sin la molesta interrupción
de sostenes. Mi largo y lacio pelo rubio que caía hasta mi cintura,
terminaba de dibujar un cuerpo del que me sentía ufana, y que había
logrado esculpir

a base de atletismo y danza desde mi infancia. Andrea, por su parte,
era muy blanca y tenía el pelo negro, y aunque jamás hizo
ningún deporte tenía una figura envidiable, como un obsequio
de la naturaleza, y que movía con increíble gracia. Ella
prefería los jeans apretados y los escotes amplios. Juntas compartíamos
el placer de ensayar nuestros atractivos entre la tentadora audiencia de
los chicos más guapos del grupo.

Como culminación de estas dos semanas de jolgorio en la universidad,
estaba planeado un paseo a la playa durante todo un día, al que
asistían sólo los primeros años de todas las carreras.

Pues bien, el dichoso paseo fue un completo desorden. Había un
montón de entretenciones y actividades planificadas, de las cuales
ninguna se llevó a cabo, primero porque nuestro bus partió
rumbo a la costa (en un viaje de hora y media) con tres horas de atraso,
y segundo, porque para entretenernos en algo mientras esperábamos,
comenzamos a bebernos todo el licor que los chicos habían llevado
para el paseo, y que en realidad era bastante. Así las cosas, a
las 12 del día estábamos enfilando por la carretera, la mitad
del curso medio ebria, cantando a todo pulmón y bailando en los
pasillos, y la otra, cohibida y bien sentada en sus asientos, mirándonos
a veces con ojos que iban entre el miedo, la desaprobación y la
envidia. Al fondo del bus Andrea y yo llevábamos la batuta de una
orquesta aparte, bailando y bebiendo con como nueve chicos (hasta donde
nos fue posible seleccionados por nosotras). El ambiente en ese sector
del vehículo se tornaba algo caótico. El licor nos había
bañado las ropas y se había mezclado con nuestra transpiración,
mientras las botellas corrían de boca en boca, turbando las mentes

y encendiendo los instintos. Los chicos estiraban sus manos cada vez
que podían, y Andrea y yo, que ya estábamos bastante acaloradas,
no nos resistíamos demasiado. A veces, cuando caía sentada
sobre las rodillas de Felipe o de Polo, alcanzaba a sentir su bulto dando
saltos impacientes debajo de las ropas. Andrea, que hoy había optado
por shorts de jeans recortados, me miraba con sonrisa cómplice mientras
Jano la abrazaba por detrás deslizándole las manos por los
muslos desnudos.

A duras penas logramos mantenerlos a raya hasta que llegamos al esperado
balneario, que en esta época del año ya había despedido
a los últimos veraneantes, a pesar de que el calor aún no
había menguado. Nos bajamos del bus, y mientras el resto del curso
partía a reunirse con la desmembrada concurrencia de las otras facultades,
nosotras nos dirigíamos, seguidas de ahora once compañeros,
a buscar una playa tranquila donde tomar sol en paz y beber otro poco de
alcohol.

Entre risas, y luego de dejar atrás las últimas casas
y los últimos bañistas y pescadores solitarios, dimos con
una pequeña ensenada entre rocas, perfecta para darnos a nuestras
actividades sin que nadie nos molestara. Andrea se despojó de inmediato
de sus pequeños shorts enfrente del boquiabierto grupo (entre el
cual me incluyo) dejando a la vista un bikini diminuto que realzaba un
culo de perfección envidiable, redondo y firme, que el sol hizo
brillar en los ojos de todos. Lanzó

luego su blusa al aire y fue directo a clavarse en las olas. Yo no
quise quedarme atrás y enfrente de los cinco que no corrieron detrás
de Andrea a fanfarronear clavados, me quité lentamente mi minifalda
y mi camiseta, mientras Polo tragaba saliva detrás de mi nuca y
los demás hacían una pausa en su propio cambio de ropas hasta
que yo terminara. Mi tanga nueva por lo visto daba el resultado esperado.
Guillermo miraba con insistencia la marca levantada de mis pezones y a
Felipe se le notaba un bulto imposible de disimular en su traje de baño.
Les tocó el turno a ellos. Fue un poco divertido verlos desvestirse.
Aunque el resto del grupo estaba bastante bien, sin duda Polo, y también
Jano (que había partido al agua con el primer grupo) eran los que
salían más favorecidos. Polo tenía un cuerpo delgado
y musculoso, de músculos largos y marcados, una piel blanca pero
bronceada, y con un fino bello rubio cubriéndole todo el pecho y
las piernas. Su pelo rubio y ondulado le caía sobre la frente, bajo
la cual brillaban unos enloquecedores ojitos celestes. Jano tenía
todo el aspecto de un latin lover, con sus anchas

espaldas y su metro ochenta y cinco, su piel mate que resaltaba sus
ojos verdes, y su cabello negro, delgado y desordenado.

Seguimos bebiendo y bailando al ritmo del estereo de baterías,
bajo un sol que nos hacía transpirar buena parte del alcohol que
bebíamos. Así, entre risas, botellas de ron y tequila (qué
mezcla!) y uno que otro porro de origen lejano, me encontré de pronto
bailando una salsa con Guillermo, que aprovechaba para confesarme al oído:
“estás tan rica, Tere…”, mientras otro chico del que no recuerdo
el nombre me abrazaba por detrás respirando con fuerza sobre mi
nuca. Un momento después, Felipe y Polo hacían lo mismo por
los lados. Billy miraba desde unos pasos de distancia, como sin atreverse
a participar. Todos hacían como que bailaban, pero no me despegaban
las manos de la piel y empezaban a sobarse contra mi con una cadencia insistente.
A lo lejos, divisé a Andrea metida hasta la cintura en el mar, rodeada
de cerca por los seis chicos que la acompañaron.

Empecé a sofocarme de calor entre medio de esos cuatro cuerpos
sudorosos, pero la sensación de esa multitud de manos recorriendo
mi piel con cada vez más audacia me fue haciendo ceder. En ese desorden
de manos me es imposible recordar con exactitud quién hacía
qué, pero bien podría haber sido como sigue: Guillermo acariciaba
mis brazos y hombros, mientras ese otro chico tocaba mi estómago
desde atrás, rozando con insistencia el borde de mi tanga con la
punta de sus dedos. Felipe, por mi izquierda, estaba dedicado a acariciar
mis muslos y mi culo por sobre la tanga, y Polo tenía una mano en
mis piernas y la otra en mi estómago entre las del otro, pero tanteando
hacia arriba. Yo, por mi parte, me empezaba a derretir de calor y excitación,
y me aferraba a la espalda sudorosa de Guillermo mientras mi piel se dejaba
llevar por este mar de dedos ansiosos. Ya varios bultos empezaban a rozar
mis caderas y estómago, y uno se abrigaba entre mis nalgas. Fue
demasiado. Cuando una ola de pánico estaba a punto de hacerme correr,
algo más allá de mí me hizo levantar los brazos sobre
mi cabeza y echar la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Sabía
que quizás no tendría otra oportunidad de sentir una experiencia
como ésta, y me abandoné a absorber cada sensación,
y a disfrutar de los machos que tanto me deseaban. Como si mi gesto les
hubiese dado un signo de complacencia o entrega, inmediatamente el ritmo
aumentó, y las manos se desordenaron por sobre todo mi cuerpo. Sentí
dos bocas besando mi cuello, lamiendo mi sudor desde los hombros, mientras
una lengua bajaba por mi

pecho y otra por mi espalda. Una quinta boca vino a besarme derechamente
en los labios, hundiendo una lengua dulce en mi boca, dejándome
como sujeta en esa posición, a merced de estos seres caprichosos.
Supe que Billy se había decidido. Las manos actuaron rápidamente,
como ayudándose, en despojarme de mi bikini, y ya desnuda pude sentir
los cuerpos de los cinco hombres envolviéndome por cada lado.

Abrí los ojos, y me deleité con un cuadro del cual yo
era el centro, aunque parecía producto de las más alocadas
fantasías. Cinco hombres desnudos se movían a mi alrededor,
sumergiéndome en una especie de pulpo lleno de manos, labios, lenguas,
y ahora también cinco miembros viriles hinchados que me rozaban
los glúteos, las caderas los muslos, el estómago.

Alguien que no pude ver me tiró el cabello por detrás
casi con violencia, y caí de espaldas al suelo, sobre su cuerpo.
Al principio me asusté, pero después me excité aún
más, tardé unos segundos en acertar de quién era ese
cuerpo sobre el que yo descansaba de espaldas, y que ahora sujetaba mis
senos con ambas manos mientras Billy los chupaba por turnos, dejando hilos
de saliva entre ellos. Claro, era Polo, que mientras masajeaba mis senos,
iba abriendo mis piernas con sus rodillas. Los demás vinieron a
la arena con nosotros, y se desató una orgía deliciosa. Billy
levantó sus caderas hasta mis senos bañados de su propia
saliva y de mi sudor, y deslizó su grueso miembro entre ellos, empezando
a moverlo hacia adelante y atrás con lentitud enervante. Yo veía
aparecer y desaparecer su gran cabeza púrpura, y estiraba mi lengua
tratando de alcanzarla sin conseguirlo. Alguien había levantado
mis piernas por el aire, y me había metido su lengua por el ano
repetidas veces, dejándolo completamente lubricado. Polo aprovechó
esto para meterme su hermosa polla por el dilatado agujero, deslizándose
suavemente y sin dolor gracias al trabajo previo de aquella lengua anónima.Cuando
su dueño se levantó para hundir su polla en mi vulva, supe
que era de Guillermo. Luego vino Felipe a pararse con un pie a cada lado
de mi cara, luego se arrodilló y se inclinó hacia adelante
para que yo pudiera chuparle su enorme miembro, que yo ya había
medido con mi mano mientras estábamos aún de pie.

Yo me estaba volviendo loca. Polo me follaba por detrás, Guillermo
por delante, Billy entre mis tetas y Felipe por la boca. Yo me sentía
como la diosa del placer, cubierta, bañada, penetrada como nunca
había soñado. Con una mano agarraba el musculoso trasero
de Felipe, ayudándolo a empujar su miembro en la profundidad de
mi garganta, y con la otra tocaba mi vulva sintiendo entre los dedos esa
penetración vigorosa que me obsequiaba Guillermo, y sintiendo en
la punta de los dedos a Polo atravesándome el culo. Sentía
el vaivén de cuatro penes deliciosos entrando y saliendo sin compás
de mi cuerpo, rozando todas mis mucosas, estimulando cada rincón
de mi sensibilidad. Cuando creía que esto era insuperable, sentí
un quinto miembro, tan caliente que quemaba, comenzar a rozar mi estómago,
mientras otro par de piernas me apretaba los flancos. Ese otro chico se
estaba masturbando contra la piel de mi estómago. Me vine una vez,
al tiempo que sentí el primer chorro de leche caliente que brotaba
del miembro de Billy entre mis senos, y venía a bañarme el
cuello y los hombros, acompañado de un largo y penetrante gemido.
Billy esparció toda esa miel por sobre mis senos y luego se hizo
a un lado para descansar, mientras el sin nombre tomaba su lugar sobre
mis tetas.

Pero yo tenía para mucho más. Felipe lanzó entonces
varios grititos cortos, su polla adquirió en mi boca un tamaño
descomunal y un interminable chorro de esperma me llenó la boca
hasta salir a borbotones entre mis labios y su polla, resbalando en hilos
por mis mejillas y mi barbilla hasta la arena caliente. Tragué,
tragué todo cuanto pude de ese salado néctar y luego, sin
alcanzar a respirar, recibí nuevamente en la boca el miembro del
tío sin nombre, que ahora ondeaba sus caderas sobre mi rostro, inclinado
hacia adelante con los codos en la arena sobre mi cabeza, diciéndome
mil cosas y halagos sobre cuanto le gustaba y lo hermosa que me veía
chupando su polla con mis labios de muñeca, etc. Yo sujetaba su
lindo culo con mis dos manos, y lo ayudaba a entrar y salir a un ritmo
que me permitiera saborear mas esa gorda cabeza que coronaba su miembro.

Mientras tanto, Guillermo y Polo no bajaban su ritmo, y Polo ya descargaba
un fuerte disparo de semen en el interior de mi culo, dando un alarido
ronco mientras sus manos se aferraban de las muñecas de Guillermo,
que me tenía agarrados ambos senos y me cabalgaba con furia. Yo
me estaba corriendo por segunda vez, y esto pareció acelerar la
descarga de Guillermo, de modo que nos vinimos juntos.

Una vez que Guillermo y Polo se hubieron zafado de mi, este hombre anónimo,
que resultó tener más aguante que todos los demás,
se echó de espaldas sobre la arena y, tomándome por la cintura,
me levantó y me encajó sobre su miembro. Desde mi nueva posición
pude ver recién qué estaba pasando con Andrea. Ni siquiera
me había acordado de ella durante todo este rato. Y claro, ella
estaba a unos diez metros de mi, en cuatro patas, mientras Jano, de espaldas
sobre la arena, la follaba con fuerza. Seba se la metía por detrás,
como un verdadero perro en celo, mientras el Tuto de rodillas le ofrecía
la polla a su boquita de rosa. Otros dos chicos se masturbaban el uno al
otro mientras nos miraban por turnos. Vicente venía caminando hacia
mi, con una erección notable bamboleando entre las piernas. Se paró
enfrente de mi, y yo, más pragmática que hace un rato, me
di tiempo para jugar con su lindo miembro por unos minutos. Le estiraba
esa delgada piel hacia atrás, mientras él gemía de
sufrimiento y placer rogándome que se la mamara hasta la raíz.
Yo lamía todo ese grueso tronco por debajo y miraba manar gotas
de líquido transparente por la punta, que destellaban al sol, mientras
el anónimo pellizcaba mis pezones o abría mis nalgas mientras
metía y sacaba sin agotarse. Felipe había regresado, completamente
recuperado, y frotaba su miembro descomunal contra mi espalda. Vicente
no soportó más, y tomando mi cabeza entre sus manos, bañó
mi cara con su espeso líquido. Yo alcancé a abrir mis labios
para recibir una apreciable cantidad de semen en mi garganta. Vicente se
hizo entonces a un lado,

agotado, y Felipe aprovechó la oportunidad para darme un brusco
empellón hacia adelante. Esos arranques de violencia controlada
no hacían otra cosa que ponerme más caliente aún.
Caí con los codos sobre la arena, con mi rostro rozando el del anónimo,
y aproveché de besarlo profundamente, mientras Felipe escupía
mi ano con intenciones que yo empezaba a adivinar. Tomó mis caderas
con sus anchas manos, y deslizó lenta y pesadamente su grueso aparato
hasta la misma raíz, haciéndome sentir casi ahogada. Sin
embargo yo sabía que mi esfínter se dilataba lo suficiente
en estas situaciones, como había podido comprobarlo con un repertorio
de novios con contexturas muy variadas. Empezó nuevamente el lento
vaivén, metiendo y sacando con un esfuerzo un poco mayor, pero con
una estimulación increíble.

-Si pudieras ver -decía Felipe con la voz entrecortada- como
tu culo se traga toda mi polla. ¡Qué cuadro, Dios mío,
qué cuadro!-, y seguía metiendo y sacando sin pausa.

Llegó Polo, renovado y ganoso. Me agarró del pelo y levantó
mi cabeza. El dolor me encendió nuevamente. O quizás la humillación,
la sensación de ser en algún sentido vejada, no sé.
Pero enfrente de mi rostro se erguía su rubio pene, nuevamente colorado,
engrosado, palpitando. Sin soltarme el pelo, que tenía firmemente
agarrado con una mano, me ordenó:

-Chupa, puta rica, chúpamela toda.

Me lo metí golosamente en la boca, y empecé a chupar con
avidez, mirándolo de lleno a los ojos. A Polo quería darle
lo mejor de mi talento. Sorbí irregularmente, acariciando con mi
lengua todo su tronco, abrigando entre mis manos sus testículos,
besando ávidamente el hinchado glande, corriendo y descorriendo
la deliciosa vaina de piel. Cada vez que él empujaba hacia adentro
yo gemía de placer, como engullendo una exquisita golosina, lo que
a él lo hacía soltar una risa nerviosa que

de inmediato se contraía en un destemplado gesto de placer.
Mientras tanto, el anónimo me chupaba los pezones mientras me follaba
rítmicamente, y Felipe hacía lo propio por detrás
mio.

Y ahí estaba yo de nuevo, penetrada por todos lados, gozando
por cada entrada de mi cuerpo. Miré de lado hacia donde estaba Andrea.
Se veía hermosa, su cabello mojado se pegaba a su espalda y colgaba
por delante de sus hombros, con algunos mechones desordenados sobre su
frente y sus mejillas, sus curvas se arqueaban al ritmo en que era penetrada,
y mientras chupaba dulcemente el miembro del Tuto, me miraba con ternura.
Supe que ella también admiraba mi belleza.

Seguimos mirándonos mientras éramos folladas por tres
hombres cada una, en la misma posición, sabiendo que estábamos
viviendo lo mismo. No dejamos de mirarnos hasta que supimos, por la contracción
de nuestros rostros, que estábamos a punto de corrernos. Entonces
chupamos con más fuerza, ondeamos nuestras caderas más rápidamente,
ayudamos a esas espadas de carne hinchada que nos traspasaban a entrar
y salir más profundamente de nuestros cuerpos, aumentando la tensión
de esos musculos que nos aferraban. Como si nos hubiésemos puesto
de acuerdo con la mirada, fuimos haciendo correrse uno a uno a esos seis
hombres. Nuestros cuerpos se fueron llenando de semen caliente y espeso,
y cuando el rostro de Andrea se contrajo en un gesto de éxtasis,
aún con sus ojos clavados en los míos, al tiempo que yo sentía
que una ola de explosiones de placer me empezaba a invadir, me liberé
de esos ganchos vivos que me sujetaban, me solté de las manos y
las bocas que se pegaban a mi piel como ventosas. Corrí hacia ella
y empujando a cada uno de los que la poseían, la liberé de
sus amantes y me abalancé

sobre ella, que me recibió en un abrazo gozoso. Nos besamos,
y el semen que aún llenaba nuestras bocas se mezcló y se
derramó por nuestros cuellos hasta la cintura. Automáticamente
nos pusimos una sobre la otra, en posición invertida y  devoramos
mutuamente nuestras vulvas con avidez, sin dar tiempo a que nuestra excitación
amainara. Hundimos profundamente nuestras lenguas en esas rosas ardientes,
metimos nuestros dedos por los húmedos culitos. Nos llevamos una
a la otra al orgasmo descomunal que habíamos preparado durante horas,
durante días, y que nos hizo chillar con toda nuestra fuerzaen un
espasmo terrible y glorioso, mientras una lluvia de semen proveniente de
innumerables miembros generosos bañaba nuestros rostros, nuestros
hombros, todo nuestro cuerpo, cayendo uno tras otro los chorros del cálido
líquido, para ir a mezclarse con nuestras lágrimas que brotaban
ahora sobre nuestras risas descontenidas de satisfacción.

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