El Gimnasio:

El relato que sigue es absolutamente real, no hay
exageración alguna y comenzó en el verano de
1990 cuando tenía 21 años. Vivo en Buenos Aires,
me llamo Mabel, y actualmente tengo 31 años. Tez
blanca, ojos café y pelo negro largo semi
ondulado. Mido 1.73 mts. y peso alrededor de 64
kilos. Mi cuerpo es firme y mis medidas
aproximadas son 95-65-96. Mi espíritu inquieto
siempre me llevó a los deportes de acción y un día
decidí aprender Judo. Fue entonces que di con un
gimnasio más bien pequeño dedicado a las artes
marciales en donde una vez por semana se dictaban
clases para un grupo de no más de 10 mujeres.

Comencé allí desde un nivel inicial junto a
otras 2 chicas con las cuales me alternaba para
realizar la practica de las tomas. Allí estaba
Mariel, una mujer muy atractiva de 32 años con físico
excelente. Ambas teníamos unos 60 kilos, pero
ella estaba mucho más avanzada que yo, por lo que
pocas veces nos tocaba hacer pareja. Yo me sentía
muy atraída hacia ella desde el comienzo y mucho
más aún cuando me enteré por los rumores del
lugar que era lesbiana. Un día de intensa lluvia
acudí como todos los jueves al gimnasio y grande
fue mi sorpresa al saber que solo éramos 4 chicas
para tomar la clase, y habiendo faltado también
el profesor decidimos practicar lo aprendido para
no perder la clase. En el vestuario antes de
acudir al gimnasio, mientras nos cambiábamos noté
a Mariel observándome. Yo estaba desnuda y sin
dudarlo me puse de espaldas a ella dejando que me
vea a gusto mientras me agachaba lentamente para
sacarme el pantalón. Sentí sus ojos sobre mi
espalda y fue entonces cuando me di cuenta que
ella estaba interesada en mí. Una vez en el
gimnasio se me acercó y me ofreció ser mi pareja
de práctica a lo cual acepte con una sonrisa
seductora y cómplice. Comenzamos a precalentar y
ya en la parte de las tomas sentía su cuerpo rozándome
y mientras jalaba abruptamente de mi chaqueta con
el fin de derribarme, y oponiendo resistencia me
excité a morir. Sentía ganas de besarla pero la
presencia de mis otras compañeras me detuvo. Cada
vez que lograba derribarme, se quedaba tendida
sobre mí imposibilitándome moverme y al oído me
gemía suavemente con una mezcla de esfuerzo y
placer. Pocas veces logre hacerla tocar la
colchoneta con la espalda y cuando lo hacía se
escapaba hábilmente, impidiéndome sentir su
cuerpo. Las otras chicas se retiraron luego de
ejercitar y sólo quedamos ella y yo. Sentí que
ese era el momento de la verdad y fue entonces que
la desafíe a un combate, aún sabiendo que sería
rápidamente derrotada. En una de las tomas me
derribó instantáneamente y cuando me tenía en
el piso totalmente bloqueada, en el forcejeo
introdujo su mano por dentro de mi chaqueta y me
presionó un pecho con fuerza. Más allá de
quejarme, gemí por el placer recibido y se apartó
pidiendo disculpas por la maniobra
antirreglamentaria. Aunque yo hubiese deseado que
continuara, hice la vista a un lado y la disculpé.
Estábamos muy agitadas y luego de unos minutos,
casi milagrosamente la derribé dejándola boca
abajo, al intentar hacerla girar, pasé mi brazo
por entre sus piernas y apreté rozando su sexo y
aunque percibí el placer provocado, me aparté y
continuamos el combate. Ella era muy hábil y en
minutos más me venció. Me retiré aceptando mi
derrota y nos fuimos al vestuario. Todo lo
ocurrido allí se escurrió, ya que en las duchas
no intercambiamos palabra, ella se vistió rápidamente
y se retiró saludándome muy fríamente. Quedé
confundida y algo desilusionada ya que esperaba
otra reacción de su parte. Pasaron las semanas y
sólo nos cambiábamos un hola tímido. Yo me
dedicaba a progresar como otras principiantes y
ella seguía en su nivel y con adversarias
mejores. Fue entonces que el profesor nos hizo la
propuesta de realizar un pequeño torneo con
chicas de otro club y al aceptar, acordamos
realizarlo a un mes de esa fecha. Yo aprovechaba
cada rato disponible para ejercitar. Siempre me
gustó pelear con otra mujer y realmente estaba
muy entusiasmada. Fue entonces cuando Mariel me
ofreció ayudarme en la práctica para
perfeccionar mi técnica en su casa de fin de
semana. Me agradó la idea y acepté de buena
gana.

A solas en esa casa:

Acordamos encontrarnos un sábado muy temprano en
un bar. Luego de tomar un café nos subimos a su
auto y nos fuimos a la localidad de Don Torcuato,
muy cerca de Buenos Aires. En ese lugar ella tenía
una hermosa casa de fin de semana, construida con
paredes muy altas con total privacidad. Estábamos
solas y me propuso tomar un poco de sol y
disfrutar de la pileta, aceptando me puse una
bikini super diminuta y me acomodé al sol. Ella
hizo lo mismo y se exhibió en una tanga
espectacular donde no era posible disimular su
sexo y un sostén que apenas tapaba sus duros
pezones. Allí conversamos de todo un poco y me
confirmó que estaba en pareja con una mujer a la
que quería mucho y me preguntó si me molestaba
tener una amiga lesbiana, a lo que respondí que
no me afectaba sino que por el contrario, me atraían
ya que le confesé a ella mi bisexualidad. Algo
sorprendida por mi sinceridad sólo hizo un largo
silencio y mientras se acomodaba en la reposera,
se despojó la parte superior de la malla. Dejó a
la vista un busto hermoso, firme y medianamente
grande. Yo me tiré a la pileta para aplacar la
temperatura y mientras nadaba sentí a mis
espaldas el ruido en el agua cuando ella se arrojó
saliendo detrás de mí. Yo me quedé quieta
flotando en posición vertical y cerré mis ojos
cuando percibí sus manos rodeando mi cintura, sus
piernas rozando las mías y su boca paseando por
mi cuello. Giré hacia ella y nos ofrecimos un
beso apasionado y esperado por ambas, acto seguido
comencé a acariciar sus hermosos pechos. En ese
momento ella me detuvo abruptamente, argumentando
que estaba muy enamorada de su pareja y que no le
había sido infiel antes. Pese a mi disgusto
comprendí la situación planteada y me fui al
borde dispuesta a salir del agua, cuando ella me
preguntó si me había ofendido a lo que respondí
que no, que la entendía y que aunque me gustaba y
excitaba mucho, jamás haría nada para hacerla
sentir mal. Salí del agua y desde la pileta me
dijo que a ella le ocurría lo mismo conmigo
y que esa vez en el gimnasio tenía ganas de
comerme a besos, pero su fidelidad la detuvo. Por
ello su repentino apartamiento de mí. Asentí con
la cabeza y sólo exclamé "otra vez será,
quién sabe las vueltas que da la vida". Lo
sucedido fue suficiente para enfriar el ambiente y
aunque yo intentaba ocultarlo, me comportaba
desinteresada y esquiva.

El Combate deseado:

Mariel para cortar ese espeso momento sugirió
practicar las tomas de judo, ya que ese fue el
motivo del encuentro. Luego de aceptar y debido al
intenso calor del medio día, sólo nos pusimos
las chaquetas y los cinturones encima del bikini.
En un sector de pasto mullido y plano mi amiga
colocó una lona amplia que nos serviría como
superficie. Luego de explicarme lentamente algunos
secretos de cada toma básica, nuevamente se
rozaron nuestros cuerpos calientes por el sol.
Volvía a sentirse en ambas una fuerte excitación
esta vez reprimida y controlada. Aunque el mal
humor que tenía encima me provocaba explotar,
aguanté la presión y mantuve la calma. Varios
minutos después las tomas eran más precisas y más
fuertes, que sumadas a las ganas que nos teníamos,
resultó inevitable el desenlace. De pronto en una
de las tomas, me bloqueó las piernas derribándome
con facilidad dejando caer todo el peso de su
cuerpo encima de mí. La caída me causó dolor y
fui rápidamente puesta de espaldas contra la
lona. Ella ya fuera de las reglas me atrapó los
brazos mientras se acomodaba apoyando todo su
cuerpo sobre el mío. Me había inmovilizado
totalmente y desde esa posición frotaba sus
pechos sobre los míos, al mismo tiempo con su
rodilla buscó mi entrepierna clavándola
suavemente en mi vulva, sin golpearme pero con
firmeza. Si Mariel hubiera querido, un golpe más
fuerte con esa rodilla y todo habría terminado
para mí. A esa altura las chaquetas estaban
abiertas haciéndome sentir su piel ardiente. Sentía
su aliento y su perfume en mi cara, mientras me
animaba a liberarme. Varios intentos que hice
fracasaron logrando recibir más firmeza de su
parte e irritándome aún más, hasta que en un
descuido de ella, logré apartarla a un costado.

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