Eva y yo

Desde los 10 años, y de eso hacía ya 8, volvía del colegio todos los días acompañado de Eva. Vivíamos en el mismo barrio, yo un poco más allá. Era una zona residencial llena de casas de alto standing, un barrio adinerado. Cada día la acompañaba a casa, y antes despedirnos y proseguir yo mi camino solo, solíamos charlar un rato. Nos habíamos hecho grandes amigos a base de compartir las experiencias de la adolescencia.

No habíamos ido nunca más allá de nuestra propia amistad. Eva se había convertido en mi confidente, y en cierto modo, yo en el suyo. Y digo en cierto modo porque, a pesar de la confianza, ella había mantenido siempre un gran secreto, un secreto que yo ya había dado por perdido: decía estar locamente enamorada de un chico muy especial al que nunca daba nombre. Durante un tiempo insistí, pero finalmente asumí que no conseguiría saberlo y acepté el desequilibrio que ello suponía en nuestra amistad: ella había conocido cada uno de mis amores, desde aquellos que se materializaron en alguna forma de relación hasta mis amores imposibles. A pesar de ello seguía manteniéndole un gran cariño, valoraba su amistad por encima de todo; incluso por encima de la atracción que sentía por ella.

Yo podría haberme enamorado de Eva en cualquier momento de no saber que ella estaba enamorada de otro chico. El miedo a perder su amistad en caso de haberle declarado mi amor hacía que ni siquiera me lo hubiera planteado.

A lo largo de esos 8 años había pasado de ser una niña delgaducha con coletas, durante un tiempo con ortodoncia, a convertirse en una morenaza impresionante. Era terriblemente guapa. Su pelo largo y liso escondía casi siempre su cara. Tenía los ojos negros y una mirada tímida. Cuando me sonreía tenía que apartar la mirada por miedo a sucumbir ante ella y olvidar el respeto que sentía por nuestra amistad. Alta y delgada, se había empeñado en no sacar partido de sus formas: siempre vestía discreta con ropas anchas, aunque tenía un cuerpo que le hubiera permitido hacer perder la cabeza a cualquiera. Pero ella era así: tímida y discreta; dulce y muy romántica.

La familia de Eva

La de Eva era una familia atípica. Su madre había muerto en accidente de tráfico cuando ella tenía ocho años. Su padre, Antonio, se había casado dos años después con Kristy, la que era su secretaria.

Antonio había cumplido ya los cincuenta. Era un hombre alto y delgado. Moreno y con unas entradas prominentes. Trabajaba como director comercial de la delegación en España de una gran empresa automovilística sueca. Viajaba mucho, sobre todo a Suecia. Allí fue donde conoció a Kristy, su segunda mujer.

Kristy era una mujer de treinta y nueve años bien llevados. Conoció a Antonio en Suecia cuando tenía 28 años. Inició una relación con él cuando todavía estaba casado. Al poco tiempo se vino a España como su secretaria. La relación se mantenía. Cuando murió su mujer y se casaron dejó el trabajo de secretaria. Antonio le financió la apertura de un salón de belleza que regentaba desde entonces. Kristy era una guapa rubia que no reparaba en cuidados para sí. Aprovechaba su propio negocio para estar siempre impecable. Hacía mucho deporte para mantener su exuberancia firme. Vestía de forma provocativa, con tremendos escotes y prendas ajustadas a la par que escasas, consciente de las pasiones que se podía permitir levantar. Ningún joven hubiera hecho ascos a esta madurita explosiva. De hecho los rumores hablaban de que más de una vez había recurrido a la fogosidad de algún joven para saciar su apetito sexual cuando su marido estaba fuera.

Antes de conocer a Antonio Kristy había tenido dos hijas con otro hombre:
Sara y Judith, de diecisiete y dieciseis años respectivamente.

Sara llegó a España con cinco años. Era una alegre rubita adolescente de ojos azules. Era muy guapa, se parecía a su madre, y no sólo en sus rasgos, sino en su exuberancia. A diferencia de su hermanastra ella sí que sacaba jugo de su cuerpo, cosa que no era difícil. Lucía siempre ajustados pantalones y cortas faldas, marcando bien un culo impresionante. Llevaba ajustadas camisetas, siempre sin sujetador. Sus dieciséis años le hacían permitirse el lujo de mantener siempre desafiantes sus voluminosos pechos. Le gustaba, como a su madre, cuidarse y provocar. Le gustaba el sexo, también como a su madre. Eva me había confesado que a su corta edad, su hermana había tenido ya experiencias de lo más variadas en cuanto al sexo, incluso me confesó que alguna vez la había sorprendido en su habitación en situación comprometida con alguna compañera de clase.

Judith tenía apenas un año cuando su madre la trajo a España.
Era una jovencita de 16 años que se parecía mucho físicamente
a su hermana. Con carita de ángel su cuerpo ya apuntaba las formas del
de su hermana, si llegar todavía a ello. Sin embargo su carácter
era totalmente opuesto al de Sara: era una niña tímida y reservada.
Buscaba siempre la protección de su madre.

Eva y el sexo

Eva era virgen, por supuesto, al menos en la teoría. Yo no. Había mantenido cortas relaciones con un par de chicas, y con una de ellas había logrado perder mi virginidad. Yo le hablaba a Eva de todas mis experiencias como si de un chico se tratase. No escatimaba en los detalles de mis relaciones. Incluso la utilizaba como consejera. Ella intentaba mostrarse siempre natural hablando de sexo, aunque fuese una naturalidad forzada. Para mí era fácil hablar de sexo en general, era un chico liberal, me parecía lo más normal del mundo.

Yo le insistía a Eva en que se liberase, que disfrutase de su cuerpo mientras era joven. Pero ella era muy romántica, había soñado mil veces con su primera vez. Quería que fuese un momento muy especial que quería compartir con su alguien muy especial.

Ante mi continua argumentación de que tenía que disfrutar de su cuerpo un día me confesó, no sin ruborizarse, que ya lo hacía.-Tú no eres el único que se hace pajas.- Recuerdo que me dijo. Reconoció que la masturbación no tenía secretos para ella. Incluso confesó que había recurrido al consolador de su madrastra en más de una ocasión. Según ella, para que su primera vez no fuese una experiencia traumática.

Recuerdo que aquél día tuve que correr para llegar a casa y masturbarme pensado en la imagen de Eva y el consolador de su madrastra.

Sara y la piscina

Eva había suspendido matemáticas en junio y tenía que examinarse en septiembre. Yo era un crack de los números, así que me ofrecí para ayudarle, y cada tarde me pasaba por su casa, nos encerrábamos en la habitación e intentábamos estudiar entre nuestras largas conversaciones.

La casa de Eva era impresionante, de las más grandes y lujosas del barrio. Disponía de una preciosa piscina en el patio trasero. Más de una vez le propuse a Eva que bajásemos a darnos un baño para relajarnos y evadirnos del estudio. Pero ella siempre rehusaba poniendo múltiples excusas: cuando no tenía la regla no se había depilado…

Yo bajaba a la piscina de vez en cuando para fumar un cigarro mientras Eva hacía algún ejercicio. Una tarde coincidí en uno de mis cigarros con Sara en la piscina. Yo estaba fuera cuando la vi salir de la casa. Llevaba un minúsculo bikini blanco que contrastaba con su bronceado cuerpo: un pequeño tanga y un sujetador consistente en un par de pequeños triángulos de tela unidos por unos finos cordones que a duras penas lograban ocultar sus tetas. Se acercó a mí sonriente y me saludó con dos besos en las mejillas, aunque debo reconocer que el segundo estuvo muy cerca de la boca. La saludé torpemente. Se giró y se dirigió al agua, dejando ante mí la hermosa visión de ese pedazo de culo en el que se perdía el envidiado tanga. Se lanzó al agua de cabeza. Yo intentaba apaciguar mi erección mientras ella retozaba en el agua, cosa que resultó imposible cuando después de un par de largos salió del agua frente a mí y desde la orilla de la piscina me pidió que le acercase una toalla. Sólo respondí ante la segunda petición. Me había quedado atónito observando su cuerpo mojado. Le acerqué la toalla sin perder de vista sus los erectos pezones que se marcaban tras aquella escasa tela. No pude evitar que ella mirase el bulto en mi pantalón. Me dio un nuevo beso, otra vez en el límite, me dio las gracias y se dirigió hacia una de las tumbonas que rodeaban la piscina. Al llegar ella se giró de nuevo hacia mí y lentamente, sin dejar de mirarme comenzó a desatarse el sujetador. Sonrió y dejó caer la pieza de ropa al suelo. Llevó sus manos a la cabeza y comenzó a atusar su melena rubia. Tenía una tetas preciosas, de un tamaño moderadamente grande, pero firmes como sólo las puede tener una adolescente. Sus pezones eran rosados y con una aureola grande, estaban totalmente tiesos. Se tumbó boca arriba y procedió a recolocarse la braguita. Como mera provocación, en el proceso, llegó a levantarla los suficiente como para dejarme ver desde mi posición su vello púbico.

Yo seguía allí de pie con mi erección, el cigarro se había consumido solo. En ese momento oí la voz de Eva que me llamaba desde la ventana de su habitación. Dediqué una última mirada a la belleza de Sara, que me sonrió guiñándome un ojo, y me adentré en la casa.

Papá y su hija

Al llegar a la habitación Eva me recibió con cara de enfado. En un primer momento no me hizo ningún reproche. Pero tras un par de comentarios sobre lo buena que estaba su hermanita, Eva se giró hacia mí levantando la voz:

-¿Quieres dejar de hablar de esa puta?. Estoy intentando estudiar … parece que nunca hayas visto unas tetas… – Me recriminó.

-¿Qué tiene de malo?. No estoy diciendo nada que no sea verdad. Si está buena, está buena, y yo no le puedo hacer nada. No entiendo por qué tienes que ponerte así. – Me defendí.

-Todos los hombres sois iguales, sólo pensáis con el capullo. Basta que una calientapollas como Sara os lance en anzuelo para que vayáis todos corriendo a picar.- Volvió a decir con cierto desprecio.

-Sigo sin entenderlo.- Contesté – Sara es una chica joven y bonita. Tiene un cuerpazo impresionante y los usa en su beneficio. No hace daño a nadie. Y si consigue que los tío piquen y se la follen y disfruta de ello, pues hace bien. No como otras, que no se porqué coño no se deciden a lanzar el anzuelo y están desperdiciando la juventud.

-Vete a la mierda, déjame en paz.- Dijo. Se giró hacia la mesa y me dio la espalda. Salí de su habitación sin decir nada más. Antes de cerrar la puerta pude escuchar un sollozo. No pude evitar sentirme fatal mientras bajaba lentamente las escaleras.

La conciencia me pedía que volviera a disculparme, y estuve a punto de hacerlo, pero algo me lo impidió cuando estaba a punto de llegar a la planta de abajo: Antonio había llegado del trabajo y por lo visto no era consciente de mi presencia. Estaba mirando a escondidas por la ventana del salón hacia la piscina. Miraba a Sara, supuse. Bajé silenciosamente un par de escalones mas hasta tener una perspectiva que también me permitiera verla a través de los cristales. Comprendí entonces por qué Antonio estaba espiando a su hija. Sara seguía en topless en la tumbona, pero lo mejor es que estaba acariciando su coñito con la mano derecha debajo de su tanga. Mi polla respondió rápidamente a la imagen volviendo a ponerse dura. Estaba a punto de volver arriba de nuevo para buscar un baño donde hacerme una paja cuando vi como Antonio bajaba la cremallera de su pantalón, sacaba su polla y empezaba a meneársela.

Aquello me conmocionó. Un montón de pensamientos pasaron por mi mente de forma inmediata. Primero sentí desprecio por Antonio, estaba masturbándose espiando a su hija; pero luego pensé en que yo estaba a punto de hacer lo mismo, aunque no era mi hija. Por otra parte no era su verdadera hija. Me planteé si haría lo mismo con Eva. Este último pensamiento me llevó de nuevo a la imagen de Eva llorando en su escritorio, lo que volvió a hacerme sentir mal. Subí discretamente la escaleras y volví a bajarlas haciendo el suficiente ruido como para que Antonio se apercibiera de mi presencia. Cuando volví a llegar abajo Antonio ya había guardado su polla en el pantalón y simulaba que acababa de entrar.

-Hola Ivan, tú por aquí … ¿estudiando con Eva?. ¡Ya estoy aquí niñas! – Gritó nerviosamente.

-Sí, estudiando. Pero ya hemos acabado por hoy.- Respondí. Ambos evitábamos mirar hacia la piscina, la situación era un poco tensa. Entre tanto Sara entró en casa con carita de inocencia y su permanente sonrisa. Se había puesto el sujetador de su bikini.

-Hola papi. – Saludó a su padre mientras le daba un beso en la mejilla. -¿A fumar un cigarro? – me preguntó a mí.

-No, ya me iba .- Le contenté tímidamente. A lo que ella reacción acercándose a mí para darme un par de besos como despedida. En el segundo, como siempre, parte de nuestras bocas coincidieron.

Me fui de su casa a intentar digerir las experiencias de aquella tarde.

Eva y la piscina

No voy a negar que lo primero que hice al llegar a casa fue hacerme una paja tremenda recordando la imagen de Sara masturbándose en la piscina. Tampoco negaré que tuve que repetir para poder apartarla de mi mente temporalmente. Después volvió Eva a ocuparla. La llamé y no quiso ponerse. Volví a intentarlo a la noche. Al día siguiente por fin se puso, pero fue para decirme que no fuera aquella tarde, tampoco el resto de la semana. Me pareció una reacción desmesurada. Al fin y al cabo sólo había sido una pequeña discusión.

Hacía una semana del incidente cuando fue Eva quien me llamó pidiéndome que fuera a estudiar con ella aquella tarde. La conversación telefónica fue corta y su tono amable.

Mientras caminaba hacia su casa iba pensando la manera de iniciar nuestra conversación. Si debía empezar disculpándome. Si debía ignorar lo ocurrido. Si debía mostrarme enfadado yo. En realidad todo iba a depender en gran medida de cómo me recibiera ella. Llegué a su casa. Llamé a la puerta y esperé. Fue la propia Eva quien abrió.

Me saludó y me invitó a pasar. Pero tuvo que insistir, porque me quedé embelesado mirándola. Estaba diferente, estaba guapísima. Estaba discretamente maquillada, con el pelo perfectamente alisado cayendo sobre sus hombros. Llevaba un vertido azul muy corto de tirantes. Estaba morena, su piel brillaba. Eva no solía cuidar su imagen, pero allí estaba, radiante, con una preciosa sonrisa insistiendo para que entrara. Le saludé e intenté iniciar una conversación con alguna de las frases en la que había pensado durante el camino. Pero fue inútil, mi mente estaba demasiado sorprendida para ello, así que dije algunas palabras, no coherentes del todo, que sonaron a disculpa. Ella me sonrió y me tranquilizó:

– No te preocupes, tonto. Aquello ya está olvidado. – Me dijo sin perder la sonrisa.

-Si, pero … ¿por qué no contestabas a mis llamadas? – Pregunté yo..

-No es que no quisiera, es que he estado muy ocupada estos días. Me he puesto en manos de Kristy, y cuidarse un poco requiere mucho tiempo.- Me argumentó.

-De todas formas deberías haberme llamado, he estado preocupado. Realmente lo he pasado mal estos días- Le dije con total sinceridad.

-Tienes razón. De hecho al principio sí que me enfadé un poco , y por eso no te contestaba. Después … – Cortó la frase y con un tono tierno me dijo- …. Espero que me perdones… – Siguió mirándome y recuperó la sonrisa.

-¿Olvidado? – dijo.

-Olvidado – asentí yo. Me dio un beso en la mejilla y me volvió a insistir para que pasara. No dirigimos a su habitación. Ella subió la escalera delante de mí. No pude evitar recrearme en la visión de sus piernas. Eva era una mujer preciosa, y parecía que ella por fin se había dado cuenta de ello.
Abrimos los libros y me dispuse a empezar a explicarle un ejercicio cuando ella propuso ante mi perplejidad:

-¿Nos damos un baño en la piscina?. Hace calor. -Y mientras tanto se abanicaba con un folio.

-¿Un baño?¿ahora?- Fue todo lo que atiné a decir.

-Sí, siempre eres tú el que insiste. Venga, no te lo pienses…- Dijo mientras se levantaba.

-Pero no tengo bañador – contesté yo.

-No te preocupes, te dejaré uno de mi padre.- Ante mi falta de decisión, tomó la iniciativa, dio por hecho un sí y abandonó la habitación para buscar el bañador.

Volvió casi de inmediato. Se diría que lo tenía ya todo preparado. Me ofreció el bañador. Lo analicé y comprobé que aquello no era un bañador, eran unos de los pantalones cortos con los que su padre hacía footing. Su padre, además, era más delgado que yo, con lo que me vendrían estrechos. Para colmo eran blancos y de una tela demasiado fina. Ante mis reproches Eva me dijo:

-Vaya, el chico liberal ha salido vergonzoso – Y al chico liberal se le cayeron los argumentos.

-Además no hay nadie más en casa. No tienes por qué avergonzarte. Venga, toma el bañador y cámbiate. Puedes hacerlo en el baño. Yo me cambió en un momento. Nos vemos abajo.- No me dio tiempo a ninguna objeción, y a los cinco minutos me encontraba en el patio con aquel ajustado pantalón blanco esperando a Eva. Mientras esperaba hice propósito de no empalmarme, con aquél pantalón sería embarazoso. Sólo sería cuestión de concentración me decía.

De repente apareció Eva y todos mis propósitos se vinieron abajo. Llevaba puesto el mismo bikini que lucía Sara la última vez que estuve allí. Estaba buenísima. Eva era más esbelta que su hermana, tenía mejor tipo, y el conjunto le quedaba si cabe mejor. De la Eva que yo conocía se hubiera esperado que estuviera avergonzada en una situación así. Pero lejos de ello tenía una pose de lo más sensual.

-Bueno, ¿no bañamos? – Me dijo con una mirada pícara. Pasó por delante de mí y al pasar pude contemplar su culo. Era un culo perfecto, estaba bronceado, casi brillaba. Contrastaba enormemente la estrecha tira de tela blanca del tanga que se perdía entre sus nalgas. Se tiró de cabeza a la piscina. Yo ya estaba completamente empalmado, así que la imité buscando la protección del agua. Hicimos un par de largos por separado. Yo me paré en una de las esquinas, me apoyé en el borde de la piscina y cerré los ojos intentando relajarme. Los abrí al escucha la voz de Eva que se acercaba:

-Está buena ¿verdad? – Dijo con voz sugerente.

-Buenísima- Contesté con ironía.

Mis esfuerzos por sofocar mi erección volvieron a desvanecerse. Eva se acercaba a mí con las manos en su cabeza. Peinaba su cabello hacia atrás lentamente mientras caminaba en el agua. Pude observar entonces la perfección de sus pechos. Más pequeños que los de su hermana, tenían un tamaño ideal. Se veían firmes. Sus pezones, erectos, se marcaban perfectamente en el sostén blanco.

-¿Verdad que serás un caballero y me traerás una toalla? – Me dijo con sensualidad.
Asentí con la cabeza, me giré y salí de la piscina intentando darle la espalda en todo momento. Había una toalla en una de las tumbonas, la cogí y me di la vuelta. La toalla me servía para ocultar mi erección. Eva ya había salido del agua y se dirigía lentamente hacia mí. La esperé extendiendo la toalla y la rodeé con ella cuando llegó. Se secó ligeramente, se giró hacia mí y sin dejar de mirarme llevó sus manos a su espalda y comenzó a desabrochar el sostén. El sostén cayó al suelo dejando a la vista sus tetas. Eran unas preciosas tetas con pezones oscuros. Eva miró el prominente bulto de mi bañador y dijo:

-Veo que te gusta lo que ves.

-¿A que estás jugando Eva? – Le reproché.

-No estoy jugando, estoy pescando.-confesó ella mientras lleva sus manos a mis hombros.

-Pero ¿y tu chico especial? – Pregunté.

-Mi chico especial está a punto de morder el anzuelo. – Acto seguido acercó su boca a la mía, rodeó mi cuello con sus brazos y nos fundimos en un apasionado beso. Empecé a notar que su lengua entraba en mi boca, por lo que di rienda suelta a la mía. Entre tanto nuestros cuerpos se habían fusionado. Yo tenía la manos en sus nalgas y la apretaba contra mí, de manera que ella podía sentir mi erección sobre su pubis. Yo sentía sus pezones sobre mi pecho. Dejamos de besarnos y nos abrazamos.

-Si era yo, ¿por qué no me lo dijiste? – le pregunté.

-Tenía miedo de que no sintieras lo mismo y que decírtelo acabase con nuestra amistad- justificó ella.

-Por esa misma razón yo tampoco te dije nunca nada. Siempre me has gustado. Dios mío, cuanto tiempo hemos perdido.-me lamenté.

-Piensa que todo este tiempo de espera hace más especial este momento.- comentó Eva.

-Me encanta esa forma de afrontar las cosas- Le dije

-¿Cómo?- preguntó.

-Convirtiendo lo que podría ser malo en bueno. Eres fantástica

Volvimos a besarnos. Yo seguía tocando su culo mientras nuestras lenguas se entrelazaban. Poco a poco fui subiendo una de mis manos por su cintura. Sin dejar de besarla llegué con mi mano a una de sus tetas. Ella respondió a mis caricias bajando una de sus manos hasta mi culo. La fue deslizando lentamente hasta que la situó encima de mi polla. De repente la soltó, se separó de mí y me advirtió:

-Viene alguien, he oído la puerta .

Efectivamente, acto seguido apareció Sara en el patio. Allí estábamos los dos: ella en tanga con sus pezones tiesos y yo con aquel ridículo pantalón y la polla a punto de estallar. Sin perder la sonrisa dijo:

-Bonito tanga, hermanita. Tu bañador tampoco está mal.- Dijo mirando mi erección.

-Sí, te lo he tomado prestado, espero que no te importe.- Se justificó Eva.

-No, puedes cogerlo siempre que quieras. Por cierto, tortolitos, mamá llegará en un minuto, la he visto entrando al parking con el coche cuando yo entraba. – Nos advirtió. Los dos salimos corriendo al interior de la casa para vestirnos.

Unos minutos después estábamos los dos vestidos en la habitación de Eva. Ella planeó una cita para acabar lo que aquel día habíamos empezado.

-Mañana por la noche mis padres se irán, no volverán en todo el fin de semana. Se llevan a Judith. Sara saldrá hasta tarde, como cada viernes. Tendremos toda la casa para nosotros. Será una noche muy especial- Propuso Eva. Yo , por supuesto, acepté. Nos despedimos. Esa noche no pude dormir.

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