Por aquél entonces, tendría yo unos 18 años y en el instituto se estaban haciendo los últimos preparativos para irnos de viaje de fin de curso.

La mayoría de mis compañeros y de mis amigos iban a ir, y también nos iban a acompañar los tutores de cada clase y algunos de los profesores que estaban en la escuela haciendo prácticas para sus estudios. Según algunas de mis amigas el único varón entre ellos, Jorge, de unos 22 años, me prestaba una atención algo fuera de lo normal.

Era cierto que algún interés tenía en mí porque siempre que podía me elegía para preparar actividades extras para su asignatura, para las que casualmente debía quedarme a solas con él en clase. A pesar del rato que pasábamos juntos, y de las conversaciones que teníamos, no había dejado de comportarse conmigo como el profesor que era así que yo (que era muy ingenua en esa época) no veía maldad alguna en que me repasara de arriba a abajo cuando me veía o en que para ayudarme a hacer alguna de las tareas se colocara detrás de mi o me pusiera sus grandes manos en la cintura. Él me comentaba a veces que me veía como a una hermana pequeña, quizás para tapar un poco la tensión que se producía a veces con sus movimientos.

El viaje consistía en una semana en París, “la ciudad del amor”, o eso nos contaban los tutores a la vez que nos recordaban que nada de habitaciones mixtas en el hotel.

A mi no me importaba demasiado no poder dormir en una habitación con otros chicos, más que nada porque mi ignorancia en temas sexuales era casi completa, y como el lector ya puede sobre entender, yo era virgen en aquellos tiempos.

Las actividades programadas se fueron desarrollando con normalidad, y aunque el tiempo no era muy bueno, nos lo pasamos en grande de un lado para otro.

La primera noche, después de la cena, me dirigí al baño (que era compartido) pero en el camino me encontré con que Jorge, apoyado en la pared, parecía estar esperando a alguien. Me dirigí hacia él y le pregunté qué le pasaba, qué hacía allí. Me contó que había empezado a escribir una especie de proyecto que debía presentar parecido a una novela, pero se había quedado un poco estancado y sin ideas. Le vi tan abatido que le ofrecí mi ayuda si es que en algo le podía servir… y él aceptó alegando que yo era una de sus mejores alumnas y que seguramente le podría ayudar mucho.

Fuimos a su habitación, sin cruzarnos con nadie (afortunadamente para él, porqué no habría sido bien visto que un profesor se llevara a una alumna a su habitación a pasar la noche “trabajando”) y al llegar me pidió algo erótico, si lo prefieres así, porque pretendo entrar en bastantes detalles “Ante mi silencio, él entendió que me sentía algo cohibida por la temática de su escrito, y no obstante…

“Oye Esther, tú y ese noviete que tenías… ¿no hicisteis nada? ya me entiendes… ¿sólo os besabais y ya está o hubo algo más? Espero que no te sientas incómoda si te lo pregunto, creo que si intimamos un poco, los dos nos sentiremos más a gusto, y me agradaría que te sintieras cómoda hablando conmigo de cualquier tema”

Yo le contesté, algo sonrojada, que no había pasado nada, así que… eres virgen. Pero mujer, eso no es nada malo, no te pongas así, anda. No tienes porqué tener vergüenza… es algo natural hablar de estos temas…

¿Tú confías en mí?” ÉL se levantó y se dirigió lentamente hacia mí. Yo le contesté que Sí, con las piernas temblando.

“Mira, creo que sería bueno tanto para que tú te soltaras un poco como para que nos conozcamos más y podamos entendernos mutuamente, que nos quitemos la ropa. Creo que así la confianza entre los dos va a ser mayor”

No sé como, movida por una especie de inercia, me empecé a desabrochar la camisa…

Jorge se acercó a mí, me hizo levanta

r y me ayudó. Poco a poco la camisa cayó al suelo, el yérsey que había llevado todo el día atado a la cintura también, los tejanos ajustados… el sujetador, las braguitas… Él, casi rozándome, simultáneamente se había ido quitando también su camiseta, sus pantalones, sus calzoncillos…

Él me miraba sin disimular, mientras yo, de reojo, veía por primera vez el pene de un hombre.

Cuando los dos habíamos terminado, él me puso una mano en cada brazo, notó mi ligero temblor y mirándome una y otra vez me dijo que mi cuerpo le parecía bellísimo, que parecía mentira que esos pechos abundantes, pálidos como el resto del cuerpo, con sus dos grandes aureolas… unos pechos tan tiernos, no hubieran estado al alcance de ningún hombre hasta la fecha.

Fue otra vez hacia la silla de escritorio y me hizo una señal para que fuera con él. No había otras sillas, así que me senté en su regazo, con una de sus manos colocada en mi pubis fingiendo una casualidad o la simple voluntad de evitar que me cayera, y la otra mano con una pluma (no le gusta escribir con otra cosa) encima del papel.

Empezó a escribir sin parar, y lo increíble era que mientras escribía movía su otra mano dando masajes circulares, que me producían una sensación muy extraña que no había sentido antes: excitación. A pesar del apuro que me daba interrumpirlo, lo hice para decirle si no le molestaba allí donde estaba, que quizá escribiría mejor estando yo sentada en la cama. Jorge se giró, se me quedó mirando y me preguntó qué sentía yo mientras él me acariciaba. Simplemente le conté que era algo extraño, que no sabía qué era. Le conté también que lo sentía porque le había mojado sin poder evitarlo y que me sentía muy tensa aunque había algo en el fondo que no me desagradaba y era por ello que no me había ido a mi habitación.

Sonrió mientras me decía que el relato lo estaba escribiendo gracias a mí y que me agradecía mucho mi paciencia, pero que para continuarlo iba a necesitar nuevamente que confiara en él. Me subió las manos desde los lados de la cintura hasta los hombros, luego las bajó hasta mis pechos, los cuáles se limitó a rozar, probó después, siguió donde estaba, recorriendo los labios exteriores, y adentrándose en mi agujerito, añadiendo al escenario uno de sus dedos que me masajeaba con fuerza. Yo notaba como me fluía líquido y antes de que le dijera nada, él me explicó que esto era normal cuando una mujer se excitaba y me empezó a lamer el que me había resbalado por los lados del pubis y la parte interior de los muslos. De repente noté algo que entraba, eran sus dedos. Emití un pequeño gritó, que resultó casi imperceptible porque se apresuró a taparme la boca con su mano libre. Continuó empujando cada vez un dedo más hacia mi interior, mientras yo sentía como si me partieran en dos y me moría de dolor. Al sacar sus manos de mí, se produjo otra vez el silencio, y percibí como se levantaba de la cama y se dirigía al baño otra vez. Cuando volvía me cogió justo en el momento en que con mis manos quería levantarme un poco la venda para ver toda la corrida, y me agarró las manos tirándome hacia atrás y atándomelas a la cabecera de la cama.

El hecho de no saber lo que me haría a continuación, ni como ni cuando acabaría todo, me producía un leve jadeo, que facilitó a Jorge poder meterme su pene en mi boca, dándome un susto de muerte al notar algo tan grande y algo pegajoso por el semen de su anterior corrida. Empecé a lamerlo como pude, y él me decía que lo hiciera con más ahínco. Cuando me estaba acostumbrando ya a lamérsela y había llegado a la puntita, a la que le daba besitos, volvió a metérmela toda entera dentro con mucha fuerza y corriéndose dentro. Me dieron arcadas ante el desconocimiento de que tenía dentro de mí, pero él sacó su polla y me cerró la boca, haciendo que tuviera que tragarlo todo.

Mientras aún estaba tragando su corrida, él ya me estaba amasando esos pechos que un rato antes me había asegurado que le gustaban tanto y se iba colocando estirado encima de mí, balanceándose un poco, como si estuviera buscando la posición correcta.

Me puso las manos a ambos lados de la entrepierna, me apretó hacia fuera para que volviera a abrirme para él, colocó la punta de su pene y de una sola embestida me metió todo dentro.

Mi grito sonó ahogado, eran ya sonidos de placer, de entrega, gritos que venían a decirle que hiciera lo que quisiera con mi cuerpo. Mis gemidos le pusieron como loco, nunca le había visto así. Me mordía los pechos, y yo no podía más, hasta que llegué a una especie de clímax, volví a correrme y él hizo lo mismo pero dentro de mi.

Se levantó otra vez, sacó algo de un cajón, y oí un ruido. Me quitó la venda y vi que en sus manos tenía una cámara de fotos, y el ruido que había oído significaba que me había tomado fotos desnuda y atada en su cama, con restos aún de su semen por mi vientre y mi pubis.

Me aseguró que las fotos serían para él y después de desatarme me dejó ir al baño, para que me diera una ducha.

En la ducha me toqué toda para comprobar que todo estaba bien, y noté que mi agujerito aún estaba dilatado. Pensé en lo que había sucedido, y también en que si eso era el sexo estaba muy bien y me gustaría practicarlo más a menudo.

Autor: Esther

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