De día, los muros recubiertos de espejo del Hotel Marín, en la esquina de Antonio Caso y Velázquez de León, reflejan el tránsito pesado de una calle poblada de misceláneas, cerrajerías, talleres mecánicos y fondas de comida corrida; de noche, todas esas imágenes se ahogan y los muros reflejan el brillo del alumbrado, los faros de los autos que se detienen ante el semáforo cercano y las faldas de las prostitutas que cada cuando cruzan la calle, con un cliente al lado, y empujan las puertas de resorte del hotel.

Mónica abría esas puertas 17 o 20 veces cada noche, de domingo a domingo, sin faltar un solo día.

Algunas veces iban detrás de ella jóvenes de 18; otras, viejos de más de 60. Ella calcula que en un lapso de dos años visitó el Hotel Marín cerca de 10 mil veces. La experiencia la dejó “bastante muerta”, y sin embargo cree que de algo servirá contarla. Por eso estamos aquí, frente a dos tazas de exprés humeante.

Sullivan es un punto tradicional de prostitución callejera en la ciudad de México. Los fines de semana, del Circuito Interior al Monumento a la Madre, en las banquetas de esa calle llegan a agruparse cerca de 200 mujeres de diversas cataduras. Algunas son altas, bien formadas, bellas. No es extraño que ciertos clientes se aficionen a las más llamativas y vuelvan a la zona varias veces, con la esperanza de reencontrarlas.

Mónica, de 22 años, y verdaderamente atractiva, se había hecho de un cliente así: un hombre joven que le pagaba por adelantado y que, más que acostarse, prefería conversar con ella. Cómo le había ido. Cuál era la razón por la que estaba triste. Por qué en los ojos tenía algunas veces las huellas de haber llorado.

500 pesos por 20 minutos de charla, y luego, la calle semidesierta, el trozo de banqueta que a Mónica le correspondía frente al puente.

Sullivan es el apellido de un empresario estadunidense que en el gobierno de Manuel González recibió la concesión para construir el ferrocarril México-Nuevo Laredo. Cuando la estación de la que partiría ese tren fue inaugurada a fines del siglo XIX, en terrenos de la actual colonia San Rafael, se decidió honrar su memoria mediante el recurso de bautizar con su nombre una de las calles aledañas.

El tiempo hizo el resto. La zona se pobló de hoteles destinados a albergar a los viajeros que llegaban diariamente a la ciudad de México. En 1949, sin embargo, la Estación Colonia fue demolida y Luis Ortiz Monasterio erigió en ese sitio el Monumento a la Madre. Los dueños de los hospedajes cercanos tuvieron que buscar un nuevo giro; de ese modo, los hoteles “de pasaje” se volvieron “de paso”. Ejércitos fluctuantes de trabajadoras sexuales comenzaron a “pararse” en las cercanías.

En el último tercio del siglo XX las calles más próximas al Monumento a la Madre —en especial, Río Pánuco y Río Nazas— se habían convertido en referencia topográfica de la prostitución urbana. Las quejas continuas de los vecinos lograron arrojar la oferta sexual a una zona de oficinas que por la noche quedaba solitaria: la calle Sullivan: vendedores de café, autos con el radio a todo volumen, vestidos minúsculos y chillantes, puestos de tacos iluminados por un foco, torretas de patrullas rasgando la oscuridad y los ojos vigilantes de las madrotas que registran en libretas los ires y venires de sus pupilas.

Una noche, en el ambiente sórdido de un cuarto cualquiera —en el Marín hay una cómoda con espejo, un buró, una alfombra y una colcha rala—, el cliente aquel le dijo a Mónica:

—Yo no puedo meterme en esto, te va a tocar a ti hacerlo. Denuncia a tu padrote. Todavía estás a tiempo de salir de aquí.

Le entregó un número telefónico anotado en un papelito, que Mónica hizo bolita y dejó caer en el bolso de pedrería falsa en el que guardaba los condones. Cuando volvió a su esquina, pensó: “Si lo denuncio, voy a valer madres, pero hace mucho que yo ya valí madres”.

Esa noche visitó el Hotel Marín cuatro veces más. Como era viernes, casi todos los clientes iban “drogados, alcoholizados o simplemente oliendo feo”. Los fines de semana todo era peor. Eso fue lo que la decidió. “Tal vez me muera —se dijo—, pero no vuelvo a poner un pie en este infierno”.

Esclavas de la calle Sullivan

Los padrotes que operan en Sullivan no secuestran a punta de pistola a las mujeres que deciden explotar. Lo que hacen es seducirlas, enamorarlas, entregarles falsas promesas de matrimonio, y convencerlas de que huyan con ellos a otra ciudad. Realizan verdaderas cacerías humanas en zonas marginadas del país: recorren colonias apartadas y rondan los mercados, las tiendas, las escuelas, los paraderos de autobuses, a la caza de jóvenes y adolescentes en estado de vulnerabilidad o de pobreza extrema. Según la ex diputada federal Rosi Orozco, presidenta de la Comisión Unidos contra la Trata A.C., “son psicólogos empíricos que olfatean las carencias como perros, y saben cortar el hilo por lo más delgado”.

—El método de enganche lo aprenden de sus padres, de sus madres, de amigos y familiares que por generaciones se han dedicado a la trata de personas —explica Orozco.

En Sullivan, cada tramo de la calle se encuentra bajo el control de un “representante”. La madrota más antigua se llama Tania. Es una ex prostituta de 70 años de edad que “administra” los servicios de cerca de 40 mujeres, y que en la actualidad ha delegado el negocio a sus dos hijos. Un documento de la Comisión Unidos contra la Trata los identifica como “Germán y Beto Rojas”. El mismo documento menciona a Brenda, Alicia, El Bombacho, El Negro, Margarita, Lorena, América, Esther, Rosa y El Lucas como los lenones más visibles.

Mónica conoció a su verdugo hace tres años en Acayucan, Veracruz. Mientras esperaba a su cuñada a las puertas de una tienda de abarrotes, un muchacho moreno, con un mechón rubio pintado en el cabello, le preguntó si sabía dónde iba a realizarse cierto baile. Se presentó como Jorge. Le dijo que tenía 26 años, que era originario de Puebla, que estudiaba “psicopedagogía educativa”. Platicaron un buen rato. Ella le contó que estaba por cumplir 20, que vivía con una tía, que cursaba la preparatoria bajo el sistema abierto y trabajaba con un ingeniero como empleada doméstica. Cambiaron teléfonos. Jorge le llamó ocho días después, “sólo para saludarte”. No hizo intento alguno de invitarla a salir. A lo largo de varias semanas sólo mantuvieron comunicación por teléfono y, cuando ella tenía saldo, a través de mensajes de texto.

“Me gustaste desde que te vi, eres bonita”, le escribió Jorge una noche.

—Todo fue rápido —recuerda Mónica—. Él era hábil para convencer.

En la primera cita le propuso que fuera su novia. “Yo creí en sus palabras y me dejé llevar”. Fue un noviazgo a distancia, porque Jorge alegaba constantes viajes de trabajo; sin embargo, siempre se mostraba al pendiente de ella, dispuesto a escucharla y ofrecerle consejos. Reapareció una tarde, y la invitó a tomar un refresco.

—Ya tengo casa, voy a tener carro, quiero casarme contigo —le dijo.

Mónica le había contado que tenía problemas con su tía y algunas presiones en el trabajo: su patrón la obligaba a salir cada vez más tarde, no le quedaba tiempo para hacer la tarea. De ese modo la enganchó:

—Olvídate de tu patrón. Vámonos juntos a México. Allá podemos trabajar, formar una familia.

“No supe cómo me enredó. Me pareció emocionante iniciar otra vida. Fuimos a que me comprara una muda de ropa y tomamos el autobús”.

Apareció, tras las ventanillas, la ciudad de México. Un taxi los condujo a la calle Mariano Arista, en la colonia Guerrero. En esa calle hay un hotel, un estacionamiento, una tienda naturista, una clínica de “nariz y garganta”, un consultorio para enfermedades de los ojos, un comedor llamado “Aída” y una casa de huéspedes pintada de verde, a cuyas puertas cuelga un letrero: “Amueblado, cómodo, barato, matrimonio o persona sola. Aquí informan”.

Jorge la instaló en uno de los cuartos, y no volvió a aparecer hasta el día siguiente. “No me dijo a dónde iba. No me dijo nada. No me dejó dinero ni para comer”, recuerda Mónica.

Las historias de las mujeres de Sullivan convergen. La fiscal de investigación de delitos sexuales de la PGJDF, Juana Camila Bautista, afirma que en los días posteriores a la captura los padrotes someten a sus víctimas a un periodo de hambre:

—De ese modo las van debilitando, comienzan a ablandarles la voluntad.

Cuando él regresó, más que por haberla dejado sola, más que por las veintitantas horas que llevaba sin comer, Mónica le reclamó que la hubiera llevado a una pensión en la que vivían “puras putas”.

Él le respondió:

—Así vas a trabajar como ellas.

“Creí que estaba jugando, que había tenido algún problema y que por eso se veía tan cambiado. Parecía furioso, de muy mal humor. No me dijo nada. Se volvió a salir y me dejó encerrada. Regresó en la noche con un vestido corto y unos zapatos, y me los tiró en la cama. ‘Esta misma noche empiezas a trabajar’. Yo le dije: ‘Estás pendejo. Ni loca voy a hacer yo eso’. Me contestó: ‘Pues qué otra cosa vas a hacer, si ni papeles traes. ¿De dónde crees que vamos a sacar dinero? Tú sólo sirves para trabajar de criada y de eso no se vive. Así que mejor apúrate a vestirte, si no vas a valer madre ahorita mismo’”.

Mónica dice que se le quiso enfrentar. Jorge reaccionó brutalmente. “Me comenzó a pegar, me comenzó a pegar muy fuerte. Yo nunca había estado en una situación así. Me pegó hasta que el miedo me hizo decirle que iba a hacer lo que él quisiera. Esa noche, ya vestida con esa ropa, Jorge me llevó en un taxi al Hotel Marín. En un cuarto me estaban esperando dos personas, una prostituta joven y una señora más grande, que era la madrota. La muchacha joven me enseñó cómo se ponía el condón. La madrota me dijo cómo pararme, qué le iba a decir a los clientes, cuánto les iba a cobrar: ‘Te paras derecha, coqueteándoles, y les dices: 500 pesos mi amor, desnudo completo, una sola relación y posiciones’”.

Interrumpo para preguntarle:

—¿Cómo vivías ese momento? ¿Qué estabas pensando mientras sucedía todo eso?

Mónica da un sorbo a su café.

—No pensaba en nada. Sentía mucha confusión. Cada cosa que pasaba era peor que la otra. Por ejemplo, yo estaba reglando y me metieron una esponja empapada en vinagre para detener la sangre. Sentí que acababan de hacerme una cosa denigrante, pero no les dije nada. Cuando me llevaron a la esquina en la que iba a estar “parada”, Jorge me dijo: “Acuérdate que sé dónde viven tu tía y tu hermano. A la primera chingadera, los mato”. La madrota era la que nos vigilaba: teníamos prohibido hablar entre nosotras. “Si te pones a pendejear o a perder el tiempo, ya sabes”, me dijo Jorge. “Ya sabes” eran patadas a la altura de las costillas. En la calle había otras muchachas. Algunas de ellas eran mis “carnalas”, o sea, trabajaban para el mismo padrote. La mayoría eran crueles, se habían vuelto malas. Se dedicaban a vigilarse, a acusarse, a inventarse chismes. Siempre andaban golpeadas, con el ojo cerrado o las costillas llenas de moretones. Me paré en la esquina y dije: “Ay, Dios mío, y ahora qué”. Luego luego llegó el primer cliente: un hombre feo, de cuarenta y tantos años. Yo estaba llorando. Se me subió sin preguntarme por qué lloraba. Lo ensucié de sangre y cuando terminó me miró con asco y se limpió con una toalla. Cada cosa era peor. Esa noche estuve con 14 clientes. Terminé con la vagina inflamada, lastimada, con un dolor horrible en el vientre. Jorge estaba muy contento porque había ganado siete mil pesos. “Si sigues así, no va a haber problema entre nosotros”.

Le pido que me cuente qué pasó cuando regresó a la pensión de la calle Arista. Ella afirma con la cabeza. Siempre afirma con la cabeza antes de empezar a hablar.

—Eran ya las seis de la mañana. Yo iba llorando, le rogué que me dejara ir. Me dio una cachetada y luego quiso tener relaciones conmigo. Como lo rechacé, me volvió a pegar. “Aquí se hace lo que quiere el rey”. No puedo decirte lo sucia que una se siente. Al otro día volvió a pasar lo mismo, y al otro también. De martes a sábado, de 10 de la noche a seis de la mañana; los otros días, como había menos clientes, “nomás” estaba de nueve a tres. Cuando me iba bien, atendía 20 clientes. Si me iba mal, sólo a cinco o seis.

—¿Qué hacía Jorge mientras trabajabas? ¿Vigilarte siempre?

—Los primeros días se paraba en su camioneta al otro lado de la calle. Después me dejó encargada con Alicia, la madrota, y sólo iba a verme dos veces por semana, para que le diera el dinero. Ella le pasaba el reporte: si me portaba bien, si me portaba mal, si había hablado con las otras chicas, si le había negado el servicio a alguien. Llevaba una libreta con la cuenta de los clientes que había atendido. Si la suma no cuadraba, me decía que le había robado y me daba otra golpiza. Algunas veces, cuando teníamos dificultades, Alicia hacía mal la suma a propósito. Era su forma de desquitarse.

La fiscal de investigación de delitos sexuales, Juana Camila Bautista, explica que los padrotes consiguen la sujeción total de sus víctimas mediante el uso de la brutalidad física y verbal:

—Mientras más despiadados son, más dóciles las vuelven. Más fácil les resulta explotarlas. Los experimentos de terror les hacen entender que ya no son dueñas de sí mismas, que su cuerpo y su integridad le pertenecen al otro. Muchas de ellas terminan por ir y volver al punto donde trabajan sin necesidad de vigilancia.

Mónica entró rápidamente en esa dinámica. Pasaba las mañanas encerrada en la pensión. Sólo salía de ahí para volver a Sullivan.

Esclavas de la calle Sullivan

Al principio de su cautiverio, cuenta, no hacía más que llorar. Luego, se pasaba el día durmiendo o viendo tele. El padrote le daba 200 pesos diarios para que comiera en la fonda “Aída”, pagara la lavandería y comprara las cosas necesarias para su aseo personal.

—No recibía nada del dinero que producía —afirma.

Le pregunto si alguna vez tuvo oportunidad de escapar o de pedir ayuda a su familia:

—¿No lo pensaste alguna vez? ¿Salir del hotel, tomar un taxi, aprovechar que la calle estaba sola y oscura. O ir a la fonda y perderte entre la gente?

—En el hotel siempre hay padrotes y taxistas vigilando. Y en el día Alicia no se me despegaba, siempre iba conmigo a todas partes. Me atosigaba tanto que muchas veces prefería comer en mi cuarto, en vez de ir a la fonda. Tenía una caja de cereal y un poco de leche, y eso comía casi siempre. Me dejaban hablar a mi casa de vez en cuando, para que no se preocuparan y empezaran a buscarme, pero Jorge estaba siempre a mi lado para que no dijera nada. No podía contarles la verdad. Primero, porque me daba miedo; y luego, porque me daba pena. Él siempre me amenazaba con eso: “Te traigo a tus familiares para que vean dónde estás parada”. Con el tiempo todo se vuelve normal. Al final ya me iba sola al trabajo y hasta tenía un celular para que Jorge me estuviera checando. “El teléfono sólo es para que hables conmigo, no para que estés puteando”, me dijo. Una vez pasó en su coche, me vio con el celular en la mano y me puso una golpiza. Pero para entonces ya ni las golpizas me importaban. Muchas veces fingí mandar mensajes sólo para que se disgustara. “¿Quién es ese cabrón con el que te estás mensajeando?”. Yo me le reía en la cara. Me costaba una madriza, pero el gusto de meterle un coraje nadie me lo quitaba.

—¿Qué sentías por Jorge?

—Odio, coraje. Cada día teníamos menos comunicación. Entre 2011 y 2012 sólo tuvimos relaciones tres veces. Yo no quería saber nada de hombres, nada de sexo, nada. Sentía asco. Todas las noches llegaban drogados, alcoholizados, casi cayéndose de borrachos. Y luego, en el cuarto, se ponían pesados. Te insultan, te quieren obligar a beber, a drogarte, a hacer cosas que no quieres, a tener sexo sin protección. A veces te sacan navajas, pistolas. A Sullivan llegan gringos, canadienses, venezolanos, chilenos, chinos, coreanos, italianos, haitianos, todos te tratan igual. Todos ellos son lo mismo.

Bajo el puente del Circuito Interior, en el tramo donde Mónica se situaba, había otras 15 mujeres enganchadas del mismo modo.

—Ninguna está ahí por gusto o por dinero o por una decisión personal. A todas nos tienen a fuerzas. Por lo menos al principio porque, como te digo, con el tiempo una se va acostumbrando.

Lo que los padrotes no pueden evitar es que todas ellas terminen por conocerse. Entre servicio y servicio se ponen a conversar, a gastarse bromas, a contarse cosas. Mónica hablaba algunas veces con una muchacha norteña, de 23 años, que por seguridad me pide que la llame Matilde.

A diferencia de Mónica, extrovertida como buena veracruzana, Matilde habla poco, se muestra desconfiada, casi nunca se suaviza. Su rostro de facciones gruesas no deja traslucir las emociones. Es como una olla de vapor que lo aprisiona todo.

El 21 de abril de 2008 Matilde fue detectada por Noé Quetzal Méndez Guzmán en una zapatería del centro de Escuinapa, Sinaloa. Los Méndez Guzmán son una familia conocida de lenones del estado de Tlaxcala. Se dedican a la explotación sexual desde hace más de 50 años y su base de operaciones es el pueblo de Tenancingo, que según la fiscalía central para la atención de delitos sexuales de la PGJDF es considerado por el FBI “la capital de la trata de personas” y “la mayor fuente de trata sexual que existe en América Latina”. De 100 averiguaciones que la PGJDF ha abierto en los últimos años por este delito, más de una cuarta parte corresponde a sujetos que radican en Tenancingo, o en municipios cercanos. Relata la presidenta de la Comisión Unidos contra la Trata, Rosi Orozco:

—Tenancingo es un pueblo de brechas y calles sin pavimento, en el que sin embargo existen mansiones ostentosas; palacetes y castillos de aire medieval. Todos saben quiénes son los dueños de esos caserones, todos saben a qué se dedican y todos se callan la boca porque en ese pueblo ser padrote es una aspiración: ellos son los ricos, los influyentes, los poderosos. Es un pueblo muy cerrado, en donde los extraños no son bien vistos. Se avisan con chiflidos, linternas y espejitos cuando un forastero anda rondando las brechas de la localidad.

Noé Quetzal Méndez Guzmán era la pieza clave de una red de tratantes de personas que, con fines de explotación, había introducido en territorio estadunidense a unas 150 mujeres menores de edad. Era también “uno de los padrotes más pesados” de la calle Sullivan.

—No se parece en nada a los galanes que vemos en las películas de ficheras —explica la fiscal especial—. Es bajo, moreno, rechoncho y muy inculto, pero tiene una facilidad de palabra tremenda.

Matilde lo vio pasar varias veces frente a la zapatería en donde trabajaba. Un día se bajó del coche y entró a probarse unas sandalias.

En un solo envión, le hizo plática, la invitó a comer, la hizo su novia, le propuso que viviera con él y se la llevó en un largo viaje por carretera hasta el pueblo de Tenancingo. La primera noche, la violó. Aunque a partir de entonces los malos tratos se hicieron cotidianos, durante los primeros días Noé mantuvo con ella una especie de vida matrimonial. La presentó incluso con sus padres, Fortina y Crescenciano, “pero los señores rara vez me dirigían la palabra”. Al poco tiempo le dijo que iba a llevarla a conocer San Luis Potosí. Allá, le anunció:

—Te conseguí un trabajo. Lo vas a conocer luego.

La metió a un hotel, le entregó “una faldita, unas zapatillototas y una blusita con la que enseñaba hasta la panza”, y la presentó con una muchacha a la que, dijo, a partir de ahora tendría que obedecer.

—El trabajo es de puta. No traigo dinero ni para comer, así que tienes que chingarle tú.

Vino la escena consabida —negativas, golpes, amenazas, el cañón de una pistola apuntándole a la cabeza—. Pasado el trámite, Méndez Guzmán la paró en el Callejón del Codo, bajo la vigilancia de la mujer que acababa de presentarle.

Cuenta Matilde:

—Esa mujer era “vieja” de un sobrino suyo, que también andaba de padrote. Ellos se hacen padrotitos desde los 17 años. Toda la familia y todos sus amigos se dedican a lo mismo. “Aquí se cobra la cogida a 200 pesos”, me dijo. El primer día llegaron 20 clientes. Me tuvieron en el callejón 12 horas, de nueve a nueve. No había cómo pedir ayuda porque los mismos policías entraban al hotel conmigo. Cuando salí, Noé me preguntó: “¿Cómo nos fue en el trabajo, mi amor?”. Me encerré en el baño a llorar. Él se esperó hasta que salí y quiso abrazarme: “No llores, te va a ir muy bien, son sólo unos mesesitos”.

Medio año más tarde le anunció que iba a llevarla a la ciudad de México:

—Hay que cambiar porque aquí es pura chinga y nada de dinero.

En el rumbo de San Pablo, en el viejo centro histórico, una placa de la Dirección de Monumentos Históricos indica a los caminantes: “En esta calle se establecieron en el siglo XVI las primeras casas de tolerancia en la ciudad”. Por ahí corría la célebre calle de las Gayas, famosa por sus prostitutas recién desembarcadas. Cinco siglos después, de día y de noche, sin respiro, cientos de mujeres con vestidos brillantes y “exóticos” caminan en círculo, revueltas entre los puestos ambulantes, las fondas, las ostionerías, los restaurantes de caldos de gallina, las tiendas de colchas y los locales de venta de bicicletas. En lo general, en todas ellas hay una mezcla de indiferencia y fastidio.

Matilde iba a descubrir ahí que el Callejón del Codo era un juego de niños. En San Pablo se alquilaba 25 veces cada día (precio del servicio: 160 pesos). La clientela estaba compuesta por bodegueros, cargadores, choferes, dependientes de tiendas y adultos mayores que “se daban su vuelta” el día en que cobraban la pensión. La mayor parte de los hoteles son como patios de vecindad, sin baño, en los que sólo hay un rollo de papel sobre un buró que tiene quemaduras de cigarro.

Su jornada terminaba a las 10 de la noche. Entonces, Matilde era trasladada a Sullivan, en donde la ocupaba, hasta las seis de la mañana, un público “de mejor nivel económico”. Profesionistas, maestros, burócratas, niños de clase media “y hasta empleados de la delegación”. Durante cuatro años Matilde cumplió 18 horas diarias de esclavitud sexual. Algunos días atendía hasta 40 clientes.

—Tenía que reunir una cuota. Según la época del año, él me decía: “Necesito cuatro mil, necesito cinco mil pesos”. Si no los juntaba, eran golpes. En ese tiempo tuve cuatro abortos. Él dejaba que me recuperara unos días, y luego volvía a pararme.

Según mis cuentas, le quedaban menos de cinco horas para dormir. Comía de pie, en un puesto de San Pablo, y cenaba del mismo modo en alguno de los puestos de tacos de la calle Sullivan. Dormía en un cuarto de pensión de la calle Aldama —también en la colonia Guerrero— “en donde viven casi todos los padrotes de Sullivan”.

—Aunque esa pensión está a una cuadra de la delegación Cuauhtémoc, y ahí estacionan los padrotes sus Mustangs, sus Jettas, sus camionetas de lujo, nadie los molesta porque “están arreglados”. Cada una de nosotras tenía que darle 100 pesos diarios a un señor llamado don Enrique. Eso costaba el derecho de piso.

—¿Cómo era tu relación con Noé Méndez Guzmán?

—Algunas veces me llevaba a sus fiestas familiares en Tenancingo y me presentaba a todos como su esposa. De hecho, me embaracé de él y tuve unas gemelas. Durante el embarazo me tuvo trabajando hasta los seis meses. Cuando nacieron las niñas, me dejó estar con ellas tres meses más y luego me las quitó, me echó de vuelta a la calle. A las niñas se las llevó a Tenancingo, para que las criara una hermana suya. Esto fue motivo de nuevas amenazas: me decía que si no cubría la cuota no iba a volver a ver a mis hijas jamás. Yo no se lo demostraba, pero cada día le guardaba más rencor.

—Si te pido que me hables de Noé, ¿cómo lo describirías?

—Como un hombre capaz de cualquier cosa. Él no se tentaba el corazón. Una vez vi cómo él y otro padrote mataron a una de las muchachas. Noé le dio un balazo en una pierna y luego en la cabeza y se la llevaron para tirarla.

En mi grabadora hay un lapso de silencio. Pido detalles de aquel crimen. Matilde contesta a regañadientes:

—La mataron porque se había metido con otro padrote. Le iban pegando en el carro, que porque se había metido con un culero, y luego la mataron.

Se queda callada, mirando hacia otro lado.Ya no quiere estar aquí. Creo que no dirá nada más, pero entonces suelta esta frase:

—Las personas que van a la calle a comprarnos no se imaginan lo que hay detrás. No se imaginan lo que es ese mundo.

—¿Cómo fue que escapaste? —le pregunto.

Vuelve a la conversación como quien se mete a una ducha fría.

—Noé se había ido a Tlaxcala a atender otros negocios. “Te quedas a chingarle para mantener a las niñas, si quieres volver a verlas”, me dijo. Yo le depositaba la cuota y guardaba los comprobantes bancarios. Pensé que me podían servir para probarle algo. Pero no sabía qué hacer con ellos. A quién podemos acudir. A nosotras quién nos va a creer si somos de la calle.

Lo dice sin autocompasión. Y entonces sonríe por primera vez, por única vez, durante la charla. Hace este relato: una noche, Noé Méndez Guzmán comenzó a pegarle. No recuerda por qué. El encargado de alguno de los hoteles que ella frecuentaba la defendió:

—Aquí no se golpea a la gente —dijo.

Noé se acobardó, pero a Matilde le armó un escándalo —“que si me acostaba con él, que por qué me defendía”—. Ella lo convenció de que nunca había cruzado palabra con el encargado. Y era cierto. Pero después de aquella noche se fueron haciendo amigos.

—Amigos con derechos —dice Matilde, con esa sonrisa.

Una vez, el encargado del hotel le quitó a Matilde el celular y se puso a revisarlo:

—Yo no sabía qué estaba buscando. Pensé que estaba celoso. Que quería saber si me escribía con alguien.

Lo que el empleado hacía, en realidad, era buscar el número telefónico de Méndez Guzmán. Lo copió y le dijo:

—En menos de una semana sales de esto.

La rescataron en Puebla, el 12 de julio de 2012. Méndez Guzmán la había llevado a una fiesta “en la que fui madrina del hijo de un padrote que salía de la primaria”. Al día siguiente fueron a pasear al Africam Safari. Ahí los detuvo la policía judicial del Distrito.

“Habían recibido una denuncia anónima y traían una orden de aprehensión contra él. Ya lo habían checado todo, llevaban varios días siguiéndome. Ahí supe su verdadero nombre, porque yo había creído siempre que se llamaba José Antonio”.

El día que la interrogaron, uno de los agentes le preguntó si sabía de otras muchachas que se hallaran en la misma situación. Matilde le dio el nombre de Nancy, la “sexoservidora” más joven de Sullivan. Había sido enganchada en San Luis Potosí, a la edad de 14 años.

—Era una de las más solicitadas. Allá en Sullivan, todas las noches, los coches se le amontonaban —dice.

Con los datos proporcionados por Matilde, la fiscalía central preparó un operativo. Agentes encubiertos comenzaron a buscar a una joven alta, delgada, de botas blancas y gorra negra. “No les va a costar trabajo —les dijo Matilde—. Busquen una que todavía tiene cara de niña”.

El día en que quedamos de reunirnos para que Nancy me dé una entrevista, veo llegar a una muchacha esbelta que camina como haciendo equilibrio entre la niñez y el modo de ser de los adultos. Unas veces, Nancy aparece de un lado de esa línea; al instante siguiente, la veo reaparecer del otro. También su sonrisa se encuentra en el punto intermedio.

El padrote que se la llevó de un mercado de San Luis Potosí se llamaba Leo, era de Tenancingo y manejaba un Mustang flamante. Era un padrote joven, de 22 años, que aún estaba haciendo sus pininos. El cortejo duró tres meses —“pasaba a verme al mercado, me invitaba a comer, algunas veces me llevaba fruta”—. La convenció de que huyera con él a Tenancingo.

—Una noche oí que platicaba con un primo suyo. “¿Por qué no la pones a trabajar?”. “No, todavía está muy chica”. “Sí, pero ya hay papeles falsos. Piénsalo, te puede dar a ganar como no te imaginas”. Yo me disgusté de que estuvieran hablando de eso, y Leo no volvió a decirme nada. Un mes después fuimos a una fiesta en Oaxaca, y al pasar por el callejón de Galeana, me dijo: “Mira, ahí estuvieras tú”.

Pasaron unos días y él volvió a la carga:

—Se nos acabó el dinero. No tenemos para el cuarto. Ponte a trabajar unos días nada más.

—Yo no voy a hacer eso.

—Cómo madres no.

Con una credencial falsa del IFE, y un acta de nacimiento a nombre de Nancy Rodríguez, ella pasó los tres meses siguientes en el callejón de Galeana, hasta que un operativo obligó a Leo a cambiar de aires. Sus contactos familiares le habían abierto las puertas del barrio de San Pablo, en la ciudad de México.

A Nancy le tocó una esquina en Circunvalación, a unas cuadras del Hotel Veracruz. La encargada de cuidarla se llamaba Candelaria.

—Si platicaba o me reía, golpe seguro. Leo agarró la manía de pegarme, a veces a patadas, a veces con el cable del cargador y otras veces con un palo. Yo me encerraba en el baño hasta que se le pasaba el coraje.

En diciembre de 2011 ganó tres mil pesos diarios. Leo le dijo:

—Sigue así como vas y te llevo con tu familia en Navidad.

En realidad, la llevó a una banqueta de la calle Sullivan:

—En “Sulli” nos vamos a hinchar —le dijo—. Allá se cobra el servicio a 500 pesos.

Le tocó pararse junto a Matilde. Ya se habían encontrado varias veces en la recepción de la calle Aldama, y se cayeron bien. Leo le prohibía platicar con ella:

—Me vas a traer problemas si te acercas a esa “vieja”. Su “viejo” es de peligro.

Una mañana en la que salía del hotel Veracruz, dos judiciales la abordaron:

—Tu amiga Matilde nos mandó por ti. Venimos a rescatarte.

Caminó con ellos, la subieron a un auto. Primero, por miedo de que fueran a encarcelarla, lo negó todo. Pero acabó por rendir una larga declaración. Al terminar, un agente le propuso que llamara a su padrote para decirle que todo era un malentendido. “Dile que venga por ti, dile que ya te liberaron”. Ella accedió. Quedaron de verse en una esquina, pero Leo ya no se presentó. Hasta la fecha sigue prófugo.

La madrugada en que decidió seguir los consejos de su cliente, Mónica llegó a la pensión de la calle Arista a las seis y media de la mañana. Alistó su ropa y se tendió en la cama hasta que afuera se apagaron los ruidos. Era la hora en que los padrotes de Sullivan y sus esclavas sexuales llegaban a dormir. Se oían pasos, risas, ruido de puertas. De pronto, todo cesó. Mónica llevaba en la bolsa de pedrería falsa las ganancias del día. Poco más de dos mil pesos. Tomó su maleta y salió del cuarto. Temblaba de miedo. Tuvo suerte: no había nadie en la recepción. En la calle, detuvo un taxi.

—Lléveme a un hotel.

—¿A qué hotel?

—Al que sea.

El chofer la condujo a uno en las cercanías del Monumento a la Revolución. Ella pagó 500 pesos por el cuarto y pidió que le subieran unos huevos. No se atrevió a salir de la habitación. Al día siguiente buscó un hotel más barato, en calles del centro. No conocía la ciudad. No se había apartado nunca de la misma ruta. Acababa de cerrar la puerta de la nueva habitación cuando Jorge le llamó:

—¿Dónde estás? ¿Dónde te fuiste? Si no regresas te va a ir peor.

Ella colgó. El domingo se le hizo eterno. Pasó la noche en vela. Muy temprano se bañó, se vistió, llamó al número que su cliente le había dado y preguntó a la mujer que le contestó dónde podía presentar una denuncia.

—Me dieron la dirección de una fiscalía. Llegué en taxi. No me atrevía a entrar, estuve dando vueltas a la manzana. Casi estuve a punto de llamarle a Jorge para decirle que iba a regresar. Pero entré. Tomaron mi declaración, me llevaron a ubicar los lugares donde todo había pasado, y al día siguiente me avisaron que acababan de detenerlo en un gimnasio de la colonia Santa María la Ribera. Fue la primera vez que oí su verdadero nombre: Saúl Herrera Soriano. Hace poco lo sentenciaron a 20 años de cárcel.

Las tres mujeres fueron alojadas en una fundación que intenta reintegrarlas al mundo. Mónica logró entrar a la universidad, Noé Méndez Guzmán fue sentenciado a 40 años de cárcel, pero en Sullivan nada ha cambiado. Conduzco a vuelta de rueda entre una hilera de coches que pasan revista a los ofrecimientos de la calle. Cuento: 56, 57, 58 mujeres. Algunas no despegan la vista del pavimento cuando me detengo ante ellas.

—620 pesos. Desnudo, “francés” y posiciones —me dicen, como si no hablaran con nadie.

Ahora es más fácil leerlas.

Algunas otras, en cambio, se ríen, enseñan los pechos, se llevan las manos a la cintura. Coquetean y chacotean con los conductores:

—Anímate, güerejo, vas a quedar bien tratadito, bien cogidito, bien mamadito.

Juana Camila Bautista dice que el primer muro de protección de los lenones son sus propias víctimas.

—El terror las alecciona. Están entrenadas para decir que están ahí por gusto, que trabajan en libertad, que son libres de escoger el oficio que prefieran, que no tienen padrote, y que nadie las obliga a pagar cuotas. Una denuncia es la única forma de romper ese círculo, pero sin una denuncia estamos atados de manos, no podemos hacer nada frente a eso.

Manejo despacio. Sullivan está en penumbra. Ellas ríen, o miran el piso, o fuman. Como en la célebre crónica, “aguardan el momento de oficiar”.

Escrito por Héctor de Mauleón para Nexos.