Aquel día al consultar mi agenda, vi que tenia que cobrar el alquiler
de la casa antigua. Era una gran casona, a las afueras de la ciudad que
heredé de mis padres, y que hacía dos años había alquilado a un
matrimonio. Hasta ahora no había tenido problemas para cobrar, pero
desde hacía tres meses el ingreso en mi cuenta no se había producido.
Sin embargo esta vez estaba dispuesto a presentarme en la casona para
cobrar, y de paso enterarme qué clase de dificultades económicas
atravesaban mis inquilinos.

En coche apenas tardé 40 minutos, de modo que me detuve en el bar del
pueblo para tomar un café y saludar. Aquello no había cambiado en
absoluto con el tiempo. En seguida reconocí al viejo amigo Salvador,
con su puro apagado en la boca como siempre. Después de los saludos de
costumbre, se intereso por el motivo de mi visita. Se lo expliqué
brevemente, pero lo sorprendente fue su respuesta.

– Sí, esa mujer tiene dificultades económicas, pero se las ha buscado.
Juega continuamente a las maquinas de apuestas, y se gasta todo el
dinero que le manda su marido desde Francia. Yo aquí, le prohibí la
entrada para que no jugara más.-

Todo eran sorpresas. Cuando salí de aquel bar estaba preocupado de
verdad. Si su marido pasaba prácticamente todo el año en Francia, y
ella era una ludópata, lo que realmente estaba bastante claro es que me
marcharía sin mi dinero.

Absorto en mis pensamientos llegué hasta la entrada de la casona. Llamé
al timbre y después de esperar un rato me abrió aquella mujer. Era
morena de unos 38 o 40 años, bien proporcionada. Me preguntó quién era
y qué quería. Cuando se lo expuse, su aparente seguridad inicial se
quebró varios enteros. Fui muy directo. Le dije que yo no estaba
dispuesto a consentir más retrasos en los pagos, y le relaté lo que me
habían contado en el pueblo, sobre su adicción al juego. Las cosas
terminaron de ponerse feas cuando le dije que quería hablar lo antes
posible con su marido.

-Escuche.- Me dijo. -Le pagaré muy pronto, le doy mi palabra, pero no
quiero que mi marido sepa lo de las máquinas.-

-Señora, usted me pide que yo sea paciente, pero usted tiene un
problema serio de adicción al juego y yo una deuda que cobrar, y estoy
aquí en medio del campo achicharrándome de calor. Así es que págueme.
Quiero cobrar inmediatamente.-

Su cara dejaba ver claramente lo asustada que se encontraba, de modo
que decidí morbosamente aumentar la presión.

-Vayamos dentro y seguiremos hablando.- Mi entonación no dejaba lugar a
una negativa. Ella se apartó un poco mientras yo entraba.
Inmediatamente detrás de mí entró ella, seguimos andando hasta el salón
y al llegar me ofreció algo de beber, a lo que yo le di las gracias
aceptando. Regresó a los pocos minutos mi refresco en una mano y espero
a que bebiera un sorbo.

-Dentro de dos semanas, tendré su dinero, no se preocupe.- Me dijo
desde el centro de la habitación. -Siéntese, por favor.- Me invitó.

-Señora, no ha entendido aún nada. Esto no es una visita de cortesía-.
Me acerqué hacia ella. -.He venido porque usted no me ha pagado.- Ahora
estaba bastante más cerca de ella. Esto no le pasó inadvertido y noté
como su respiración se hacía más intensa. Decidí presionar más, hasta
ver donde llegaba.

-Verá señora, yo no estoy acostumbrado a que me tomen el pelo de esta
forma.-

Trató de interrumpirme, pero no la dejé alzando un poco mas la voz. -Si
usted, por un momento se cree que yo voy a permitir que se gaste mi
dinero en máquinas, y que me voy a marchar por esa puerta sólo con una
promesa, esta muy equivocada.- La cogí por la pechera y acerque su cara
casi hasta la mía.

-Quiero el teléfono de su marido en Francia.- -Si se lo dice a mi
marido, me pedirá el divorcio. Le juro que en una o dos semanas mandará
más dinero y le pagaré todo.- Ahora estaba casi llorando. -¿Que me vas
a pagar en dos semanas?, bien te voy a decir algo muy clarito.-

Mientras decía esto, solté la pechera de su camisa y bajé esa misma
mano hasta su entrepierna. Se quedó como paralizada y su respiración
ahora sí que era fuerte. –

Dentro de unos días volveré y si no tienes mi dinero, te voy a follar,
pero no como te folla el gilipollas de tu marido, sino bien folladita.
Te voy a hacer de todo y esta polla que tengo aquí te las vas a comer
entera. Me estas oyendo.- Asintió lentamente con la cabeza de modo que
frote tres o cuatro veces más mi mano contra su coño, para que viera
que hablaba en serio. La dejé allí en medio del salón sin darle tiempo
a reaccionar, arranqué mi coche y me marché de nuevo a mi casa.

Aquellos días se me antojaban eternos. No podía pensar en otra cosa que
no fuera aquella mujer. En mi vida había hecho una cosa así y esto me
creaba algún conflicto. Realmente recuerdo aquellos días de forma un
tanto extraña, pasando de unos profundos sentimientos de culpa a otros
en los que la excitación me invadía, me dominaba y no me permitía ni
dormir ni trabajar.

Finalmente una tarde decidí volver. Me arreglé un poco y cogí el coche.
Cuando llegué a la puerta de la casona, estuve a punto de dar media
vuelta, pero finalmente toqué el timbre de la entrada.

Cuando abrió la puerta, al verme pareció un poco sorprendida, pero en
seguida reaccionó y me saludó con el clásico "Buenas tardes". Su tono
era de una fingida cordialidad.

-Entremos.- Le dije.

Al igual que la primera vez entramos sin que ella protestara.

-Tiene mi dinero.- Le pregunté. -Verá, D. Jaime, tengo el dinero que me
mandó mi marido anteayer, pero falta un poco para pagarle todo lo que
le debo. De todas formas ya ha visto que voy a pagarle. Seguramente el
próximo mes me pongo al corriente.- -Señora deme el dinero que tenga.-
De un pequeño cajón sacó un sobre que me entregó inmediatamente. Lo
abrí y conté el dinero. -Aquí falta dinero.- Le dije. -Pero ya le he
explicado…- -Ya sé lo que me ha explicado, pero eso no quiere decir
que yo lo acepte.- Me acerqué a ella más. Sólo este movimiento hizo que
empezara a respirar nuevamente de forma acelerada.

-Levántese la falda.- Ordené. -Escuche. La próxima semana tendré…..-
No deje que terminara. Lentamente dejé que surgieran las palabras. Sin
gritar. Fríamente le ordené. -¡Que se levante la falda!.- Agarró
tímidamente la falda con sus dos manos y comenzó a levantarla muy
despacio y sin decir nada. Sólo respirando tan fuerte que sus tetas no
hacían más subir y bajar. -¡Hasta arriba!.- Le dije cuando parecía que
se paraba un poco. -.Por favor, le voy a pagar, se lo juro.- -¡¡¡Hasta
arriba, le digo!!!.- Se terminó de levantar la falda, dejando ver sus
bragas blancas de algodón. Me acerqué a ella y le puse mi mano en el
coño. Empezó a protestar, e incluso gimoteó un poco. Pero no lloró, por
lo que yo intensifiqué mi manoseo. Me pareció que empezaba a excitarse
un poco ya que sus bragas estaban más calientes y húmedas cada vez. Aún
así seguía protestando, de modo que decidí ser más imperativo aún.

-¡¡¡Deja de protestar de una vez!!!. Si hubieras pagado yo no tendría
que estar perdiendo el tiempo en viajes hasta este pueblo para
recuperar mi dinero..- Le espeté. -Debería de haber hablado con tu
marido desde el primer momento, y no tratar este asunto contigo.- Esto
último fue un autentico latigazo a su moral.

-Le pedí que no le dijera nada a mi marido, que yo le pagaría.- Ahora
sí gimoteaba. Sus manos habían dejado caer la falda y yo solté su
coño. -Yo no he comentado nada a tu marido, pero yo voy a cobrar,
¡entendido!.-

Asintió lentamente con la cabeza. Ahora sí que vi su rendición en los
ojos.

-Vuelve a levantarte la falda.- Volví a exigirle. Esta vez lo hizo sin
tantos titubeos y elevó su falda hasta que nuevamente sus bragas
quedaron a la vista. -Bájate la bragas.- Cogió cada lado de sus bragas
con una mano y las deslizó hacia abajo por sus piernas, hasta las
rodillas, dejando que viera su coño. Entonces alargué la mano y la puse
sobre su coño desnudo y húmedo. Noté su estremecimiento al sentir mi
contacto e inmediatamente empecé a introducir lentamente dos dedos en
su vagina. Esta vez el estremecimiento de ella fue más intenso, incluso
dejó escapar un pequeño gemido. Le acaricie el clítoris hasta que mojó
por completo mi mano. Cuando me pareció que estaba suficientemente
caliente le di la vuelta, y la obligué a poner las rodillas en el suelo
sobre la alfombra, le doblé la cintura poniéndola a cuatro patas y le
levanté la falda, dejando su culo blanco delante de mí. Me saqué la
polla y se la pase por la entrada de su coño, pero sin penetrarla.
Agarré su pelo negro obligándola a echar la cabeza hacia atrás y le
ordené: -Levanta el culo.- Lo levantó dejando su coño listo para
penetrarla. Acerqué nuevamente mi polla y la puse en la entrada. Repetí
la operación de pasársela por la entrada varias veces y después se la
metí lentamente toda entera. Volvió a repetir un gemido como el que le
había escuchado antes y entonces comencé a follármela lentamente,
dejando que mi polla fuera despacio, muy despacio, desde los testículos
hasta la punta, dejando que mi capullo saliera un poco cada vez y
volviendo a introducírselo entero. Después de unos minutos follándomela
de este modo, intensifiqué mis embestidas, con lo que ahora sus gemidos
se escapaban con alguna frecuencia. Le di la vuelta y la puse boca
arriba, tomé ambas piernas y las coloqué con los tobillos en mis
hombros. Ella no dijo nada. Me dejaba hacer. Coloqué mi polla en la
entrada de su coño y apreté hacía su interior. Ahora entró con mucha
más facilidad, y en su cara que estaba a pocos centímetros de la mía,
vi el placer que estaba sintiendo. Ya la tenía completamente vencida.
Se retorcía un poco de gusto y ya no intentaba disimular como al
principio, sus gemidos eran tan descarados como intensos y así en esa
postura me la follé a modo, hasta que noté cómo ella empezaba a tener
una buena corrida. Seguí follandola con fuerza un poco más y luego
saqué mi polla y se la acerqué a la boca. Me hizo un amago de
rechazarla pero con una pequeña presión abrió la boca para que yo se la
metiera. Me la chupó como sólo una hembra recién corrida sabe hacerlo,
y cuando ya no pude aguantar más me corrí en su boca. Después se la
saqué y se la volví a meter en el coño, para dejar que aquí se me fuera
lentamente la erección.

Desde entonces me la sigo follando de vez en cuando, aunque ya no me
debe dinero.

Saludos.

Autor: EL TRÁMITES
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