NO SIEMPRE CON CANES

Los chicos lo tenemos más difícil para realizar nuestras fantasías zoofilas. Los que bo querenos ser montados por un perro experimentanos hacerlo con una perra en celo, lo que resulta agradable si es dócil, pero yo he experimentado con otros animales domésticos y no me ha ido nada mal.
En las largas vacaciones estivales voy a mi pueblo, a casa de los abuelos, que tienen muchos animales. Cuando quiero variar un poco y no estar continuamente pajeándome, voy al corral y, sin que nadie me vea, le meto los dedos en el coño de la vaca, sintiendo su calorcito y a veces la masturbo con un navo y veo como le salen jugos y las tetas empiezan a soltar gotitas de leche.
Lo mismo hago con la burra que utiliza mi primo para arar la huerta, y que me da la impresión que se la folla por lo bien que la cuida. Nada nás tocar la vulva de la burra, ésta empieza a abrirse y cerrarse lo que me pone a cien. La masturbo o le meto mi polla, llegándome a correr dentro pues me han dicho que aseneja el coño de una mujer. Ella también se corre, pues relincha de placer y levanta el rabo y las orejas.
De mis zoofilias no se salvan ni las gallinas, que tienen una cloaca como una vagina femenina. Le desplumo un poco el culo y !adwntro! hasta casi reventarla. En una ocasión noté como le rompí eñ huevo que ya tenía formado. En una ocasión, el gallo de corral me vino a picotear en la pierna mientras follaba con una hermosa gallina blanca. Solté a la gallina, lo agarré por el cuello, apretándole lo justo para no hacerle daño y le metí mi pollón en su ano calentido, soltándole dentro la leche. A los pocos días, cuando las fiestas del pueblo, el pobre gallo se fue a la cazuela: mi abuela lo sacrificó porque decía que desde hacía días había perdido interés por las gallinas y ya no las galeaba.
Si queréis, os puedo contar más historias de mis especiales y queridos amigos del verano.
RICARDO

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