En mi unida familia, tomamos por costumbre ir de vacaciones
juntos todos los veranos.

Al principio, no había problemas, mis padres y mis tíos se
divertían por las noches, mientras mis primas y yo dormíamos. Pero "las niñas"

crecimos. Y ese verano la vigilancia sobre nosotras (pobres adolescentes
repletas de hormonas) aumentó considerablemente.

En la playa nos dedicábamos a ligar con los más sexys en
bañador, hasta que mi padre y mis tíos los ahuyentaban.

Así estábamos: con nuestros sensuales cuerpos semidesnudos,
intentando apagar la curiosidad que producía en nosotras el sexo opuesto.

Yo, que soy la mayor (entonces tenía 16 años) ya había
practricado el sexo (alguna mamada, alguna paja, algún polvo rápido y no muy
satisfactorio…) con algún afortunado chico de mi edad.

Pero los que me interesaban, en realidad, eran los hombres
maduros. Con su experiencia, su voz ya cambiada y sus pocas eyaculaciones
precoces.

Y, de entre los maduros, mi tío Juan. El marido de mi tía
Susana (la hermana menor de mi madre).

No era para menos. Bombero de profesión, tenía el cuerpo
duro, fuerte, tan moreno… Y un paquete que no pasaba desapercibido.

Así que me tocaba otro verano de tortura, verle y no poder
tocarle, chuparle,… ¿o no?

La verdad es que no tenía demasiadas oportunidades de estar
con él a solas. Mi tía no era tonta, y aunque pensaba que sólo era un capricho
inocente, no le dejaba ni a sol ni a sombra.

Pero la casa era grande, nuestras habitaciones estaban cerca,
y compartíamos el baño, los tres.

Así me llegó la primera oportunidad. Juan ya se había dado
cuenta de que el cariño de su "sobrinita" no era precisamente fraternal.

Las miradas que le echaba mientras me untaba el bronceador,
los roces que propiciaba cada vez que pasaba a su lado, fueron calentándole,
hasta estar listo para lo que siguió.

Una mañana, como las demás, todo el mundo se levantó
temprano, y se fue preparando para bajar a la playa.

Yo, sabiendo que Juan dormía hasta tarde, me hice la dormida
para tardar más que ellos, y poder estar un rato a solas con él.

Me levanté un poco antes de que ellos se fueran, y desayuné
mientras imaginaba la escena que podría desarrollarse poco después en nuestro
baño compartido.

Preparé mis cosas, y me metí en la ducha, desnuda, esperando.
Cuando oí que se levantaba, abrí los grifos y empecé a enjabonarme lentamente el
cuerpo. Oí sus pasos que se acercaban. Llamó, pidiendo permiso para entrar.

-"Entra, -le dije- estoy acabando".

Él entró, y se acercó a la taza para mear, al tiempo que se
sacaba del pantalón su enorme miembro. Gracias al espejo del baño, le vi mear, y
él me vio enjabonarme los pechos, el culo, el pubis…

Su mirada era de extremo deseo, y…

¡Mierda, alguien había llegado! Salió a toda prisa, no sin
antes hacerme más de una promesa con su mirada, y yo acabé de ducharme.

Era mi padre que venía a por una botella de agua y a meternos
prisa. Les escuché hablar mientras me secaba y salía, ya preparada. Me fui con
él, dejando atrás a un sorprendido y excitado Juan.

Ese fue un día largísimo, yo sólo deseaba estar un momento a
solas para descargar la excitación que me había provocado la escena del baño.

Por fin llegó la noche. Empecé a masturbarme despacio,
saboreándolo, hasta que oí como mis tíos follaban en la habitación de al lado.

Mi mano se movió frenética, hasta que mis gemidos se
mezclaron con los suyos.

Y llegó el día siguiente, me levanté temprano, para no
levantar sospechas, y me fui con mis padres a la playa. El resto aún tardaría.

Mientras ellos daban su paseo matutino, yo decidí bañarme un
rato, a ver si por fin calmaba el fuego que tenía entre las piernas, desde la
mañana anterior.

No surtió efecto, así que nadé hasta un banco de arena, y
allí me hice una paja, mientras imaginaba que era Juan quién me la hacía, y
susurraba su nombre.

Mientras, llegaron los demás. Nadé hasta la orilla, y salí
muy derecha (porque pensaba que se me notaría la excitación, aún reciente). Juan
me miraba con un brillo divertido en sus ojos, y oí las risas de mis primas.

Cosa bastante normal, puesto que la braguita del bikini se
había retorcido, y dejaba mi sexo al aire.

Me lo coloqué, y me tumbé al sol, muerta de vergüenza, pues
pensaba que Juan se estaba riendo de mí. No imaginé la excitación que le produjo
verme salir del agua, cual sirena con piernas, con mi coño abierto y húmedo,
como si fuera un fruto del mar. Se metió en el agua, y tardó más de una hora en
salir.

Pero yo de eso no me di cuenta, porque me quedé dormida. Y
pasó lo que pasa cuando te quedas dormida al sol, sin protección. Me quemé la
espalda y las piernas. No era demasiado grave, pero dolía bastante.

Así que al día siguiente no podría acompañar a mi familia en
su excursión a Formentera. Me quedaría todo el día sola. Bueno, aprovecharía
para leer, escuchar música, y cuidarme bien las quemaduras (no quería que me
dejaran marcas).

Mi madre fue la última en venir a mi cuarto a despedirse. Me
extrañó que no hubiera pasado Juan, pero pensando en el día anterior, lo
entendí.

Cuando oí cómo se cerraba la puerta, me acordé: no le había
dicho a nadie que me diese la crema para las quemaduras.

Bueno, después de darme una ducha, intentaría dármela yo
sola.

Me di una ducha fría, que calmó mi espalda, y mis piernas,
pero no lo que había entre ellas.

Y me fui a mi cuarto, desnuda, para intentar darme la crema
por toda la zona quemada. No iba demasiado bien, cuando oí esa voz (su voz) a mi
espalda:

– "¿Te ayudo?"

Mi tío Juan, aparentando preocupación por mí, y pocas ganas
de ir de excursión, se había vuelto a casa mientras los demás cogían el barco.

– "Por favor"- respondí yo.

Ya no hubo más palabras. Me tumbé boca abajo en mi cama,
pasándole la crema a Juan, que se sentó a mi lado. Sus manos grandes y
fresquitas (por la crema) fueron acariciando suavemente mi cuello, mis hombros,
mi espalda. Mientras yo admiraba su muslo duro y velludo, tan cerca de mis
labios…

Las manos de Juan, ya calientes, se demoraban más de lo
necesario en mis costados, rozando con la punta de los dedos, mis pechos. Yo
suspiraba.

Se sentó después a los pies de mi cama, para darme la crema
en las piernas. Sus hábiles dedos, ya calientes por el roce con mi cuerpo,
masajeaban mis tobillos y pantorrillas con mucha sensualidad.

Mi cuerpo se excitaba cada vez más. Y eso se traducía en
pequeños gemidos que salían de mi boca, y humedades que salían de mi coño, del
que él ahora tenía una vista magnífica.

– "¿Te gusta? – preguntó Juan con voz ronca – ¿lo estoy
haciendo bien?"

No tuve que decir nada, porque un jadeo profundo salió de mi
boca al intentar responderle.

Él rió, y su risa ronca de deseo hizo que se me pusiera la
carne de gallina.

Siguió subiendo, con sus manos, por la parte de atrás de mis
rodillas hasta mis muslos, en los que se entretuvo palpándolos por todas partes.
Y cada vez más arriba, más arriba. Hasta que llegó a mi coño.

– "¡Juan, que ahí no me quemé!"- dije jadeante.

– "Yo creo que sí, preciosa. A juzgar por lo caliente que lo
tienes -respondió él.- Te propongo un tratamiento alternativo, es lo mejor para
ese fuego que tienes en tu coñito…"

Y sin decir más, sustituyó sus dedos por su lengua (no menos
hábil), y lamió mis labios, me penetró con ella, mientras me acariciaba el
clítoris. Yo gemía, y gritaba su nombre cuando puso su lengua sobre él, y la
movió describiendo pequeños círculos hasta que me corrí, con violentos espasmos.

Me dejó tranquilizarme, sin sacar sus dedos de mi coño, para
que siguiera excitada. Aunque no hubiera hecho falta…

– "Ahora, cariño, te toca a ti apagar ese fuego que has
encendido en mí…"- me susurró al oído, mientras me mordía el lóbulo.

Yo me levanté de la cama, aún me temblaban las piernas,
mientras él se quitaba los pantalones. Cuando fue a quitarse los calzoncillos,
le paré. Quería hacerlo yo.

Despacio, acerqué mi mano a su sexo, que no podía estar más
duro, y masajeé suavemente (arriba y abajo) su enorme polla. Él gemía bajito
mientras sus ojos se entrecerraban.

Me arrodille y le senté en la cama, mientras acercaba mi boca
a su paquete, todavía enfundado en los slips. Abrí la boca todo lo que pude, y
eché mi aliento caliente sobre sus huevos, su polla, su glande.

Él empezó a gemir cada vez más alto. Le quité despacio los
calzoncillos y me dispuse a cumplir otra de mis fantasías con Juan: chuparle la
polla.

Mi lengua recorrió sus huevos mientras me los metía en la
boca. Primero uno, luego el otro, más tarde los dos. Y empecé a subir por el
tronco durísimo de su pene, chupando, lamiendo, absorbiendo,… Hasta que llegué
al glande. Metí la punta de mi lengua en el agujerito al tiempo que cubría con
mis labios todo su capullo hinchado y enrojecido, masajeándolo con la cavidad de
mi boca.

Y empecé a llenarme la boca, la garganta con aquel enorme
instrumento de mi placer. Aún era más grande de lo que me imaginaba.

Supe el momento exacto en el que saborearía su semen y le
acaricié los huevos mientras su corrida inundaba mi garganta. Juan gritó. Un
grito ronco que me puso aún más caliente.

Me levantó y se levantó, despacio. Y me besó. Por primera vez
supe lo que era un beso de verdad. Me tocaba los pechos, y susurraba todo lo que
íbamos a hacer juntos en ese día, nuestro día.

Yo no pude más, y le llevé de nuevo hasta la cama. Nos
tocamos, chupamos, mordimos y besamos como dos locos.

Hasta que me puse a cuatro patas, tocándome el clítoris,
abriéndome el coño, invitándole a follarme.

No se hizo de rogar. Me penetró, suave pero firme, y empezó a
moverse, con un meneo rítmico, que hacía a sus huevos golpearme en el culo en
cada embestida. Ese golpecito me hizo correrme unas cuantas veces, hasta que
Juan derramó su leche caliente en mis nalgas.

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