Una pareja lo hace por última vez mientras ella le describe su infidelidad

“No, Lorena, yo todavía te sigo amando, no podemos separarnos… Llevamos 5 años de casados y han sido las más maravillosos de mi vida. Tienes razón en que en la cama las cosas no han salido bien, pero todo puede cambiar… Te quiero mucho, Lorena”, me dijo Adrián, mi esposo, casi con lágrimas en los ojos. Pero yo ya no aguantaba con la culpa y sabía que debíamos divorciarnos. Además, me sentía en la obligación moral de contarle, de confesarle todo. “Mira Adrián, lo nuestro se acabó por muchas razones, pero la principal es que…” “Es que qué, Lorena”. “Tengo que decírtelo… Me acosté con Felipe, tu primo. En la sala de la casa se hizo un silencio tan grande como el mar. Adrián se mezaba los cabellos, hacía gestos, movía la cabeza como no creyéndolo. Pasaríamos así en silencio como quince minutos. Pero luego él empezó a llorar. No sé cuánto tiempo lo hizo hasta que salió de la casa en aquella noche fría. Yo me fui a acostar sintiéndome chinche. Ya de madrugada, oí la cerradura de la puerta y luego lo sentí entrar a la recamára para después meterse a la cama. Se acercó a mí. “Por qué lo hiciste” “Son muchas las razones, Adrián: por tu abandono, porque nunca me haces caso, porque te da flojera hablar conmigo y porque… porque no me haces bien el amor. “¿Y Felipe si? “¿La verdad, quieres la verdad?… Sí, me lo hizo muy rico. Tú te vienes muy rápido, casi nunca juegas, entras en mí cuando apenas me voy mojando y siempre en la misma postura. Perdoname, Adrián, pero esa es la verdad… “Pero Felipe es mi primo y además es casado, Lorena, y…” “Yo resití todo lo que pude no haciéndole caso. Me invitaba a salir, me daba regalos sin que tú te dieras cuenta, me mandaba mails muy lindos. Hasta que una tarde acepté ir a tomar la copa con él. Me platicó sus cosas y puso mucha atención en lo que yo le contaba. Así empezamos a salir, una que otra vez. Una vez, en un bar, me dio un beso y yo me dejé. Me sentía tan abandonada por ti, tan falta de cariño. A él le pasaba lo mismo con su mujer. Así que la noche que te fuiste de viaje a Oaxaca, Felipe vino a verme a la casa.” “¡En mi propia casa, no puede ser¡” “Sí, Adrián. Pero ya no quiero hablar de esto, Adrián. Sólo sé que debemos divorciarnos” “Qué pasó esa noche”, insistió mi marido pegándose más a mí. “No quiero dar más detalles, lo que pasó ya pasó y me siento arrepentida, pero sé también que tengo que separme de ti y de tu primo también pues es casado”. “Qué pasó esa noche, Lorena. Si quires que nos separemos, primero me tienes que decir lo que ocurrió”, aseguró y sentí su mano ponerse en mi vientre sobre mi camiseta. “¿Estas loco, Adrián o qué te pasa? ¿Cómo crees que te voy a contar los detalles?”. Mi esposo insitió varias veces con su boca pegada a mi oído. Me aseguró que si yo accedía a contarle todo, al día siguiente preparaba sus cosas y se mudaba. Me dijo que necesitaba saberlo todo para acabar de disilucionarse de mí y así poder largarse tranquilamente sin querer ya saber nada de mí en el futuro. Así los dos emprenderíamos cada uno una nueva vida. Tanto insitió hablándome suave al oído que no me quedó más remedio que relatar lo ocurrido aquella noche: “Eran como las nueve de la noche aquella vez que te fusite de viaje. Yo acababa de llegar de la oficina. Hablé contigo por teléfono y nos despedimos. Me sentía sola. En eso sonó el timbre. Me asomé por la ventana. “Sorpresa”, me dijo Felipe mostrándome tres botellas de vino que traía en la mano. No me quedó más que bajar y abrirle. “Sé que mi querido primo anda por Oaxaca y pensé que sería un buen momento para visitarte y para tomar un poco de vino y oír música”. No dijo más, se pasó a la sala y se sentó. “No me digas nada, sólo déjame tomar unas copas contigo y me voy”. Yo le dijé que sólo una copa y que después se fuera porque no era correcto que él estuviera aquí si tu estabas fuera de la ciudad. Aceptó y yo fui a la cocina por dos copas y el sacacorchos. Mientras tanto, él puso música muy suave en el aparato de sonido.” “Cómo ibas vestida”, me preguntó Adrián. “Con el vestido blanco de una pieza, el que me regalaste para el día de mi cumple”. “Y luego qué pasó”, me preguntó mi marido, pero ahora moviendo su mano suavemente sobre mi abdomen. “Bueno, empezamos a platicar de su trabajo, del mio. De cosas sin importancia. Pero él me oía, me escuchaba, me preguntaba, me hacía sentir bien. Me contaba sus cosas con mucha gracia, intercalando chistes aquí y allá. Así nos terminamos la primera botella, y abrimos la segunda. Yo me sentía muy bien, acompañada y admirada a juzgar por lo que Felipe me decía y por cómo me miraba. Me hacía sentir una mujer guapa y atractiva. Yo estaba sentada en el sillón individual y él en el grande frente a mí. Pero luego, a la mitad de la segunda botella, se puso de pie y me sacó a bailar moviendo antes la mesita de centro. No supe negarme, Adrián, salí a bailar esa pieza calmadita a la que siguió otra y otra. Me conducía con mucha suavidad y yo recargué mi cabeza en su pecho. “¿Se pegaba mucho a ti?”. “Sí, Adrián, y me decía cosas lindas de mí, de cómo soy, pero también de mi cuerpo”. Mi marido había movido su mano y ahora me acariciaba los muslos. “¿Sentías su bulto allá abajo?”. “No me preguntes esas cosas, Adrián”. “Contestame: ¿lo tenía parado?” “Pues sí, sí lo tenía así… Pero como yo sabía que después no podría detener las cosas, mejor dejé de bailar y le pedí que ya se fuera porque yo jamás te engañaría a ti. Por tanto, muy caballeroso, no insitió y ya sólo me pidió que tomaramos una copa más y sentó en el mismo sillón. Yo volví al mío, pero tengo que confesarte que me sentía mareada y…” “¿Caliente?” “Mareda y excitada. Confundida también, por un lado quería que se fuera y por otra empezaba a desear con toda mi alma que se quedara.” “¿Qué hiciste entonces? De seguro ya estabas bien cachonda”, afirmó mi marido con ese lenguaje que jamás lo había oido usar y moviendo sus dedos cada vez mas cerca de mi cosita, sin duda ya mojada de sólo recordar aquella noche con Felipe. “Bueno pues yo también me tomé lo que creía que iba a ser la última copa. Él me seguía mirando las piernas que yo cruzaba y descruzaba hasta que me dijo: “No me dejarás ir a mi casa así, con tanto alcohol en la sangre. Podría estrellarme en cualquier esquina… Yo le dije a mi mujer que también saldría de viaje, así que mejor me quedo toda la noche. Puedo dormirme aquí en el sillón y así no pasa nada que no quieras. Tú te subes a la recamara y yo me voy mañana muy temprano. Pero antes, escuchemos un poco más de música”. Felipe procedió a recostarse en el sillón luego de servir dos copas más, además de apagar las luces y dejar encendidada sólo la lampara de mesa. Yo subí por el cobertor y una almohada. Iba medio borracha. Bajé y se las entregué, pero él me pidió que me quedará unos minutos más. Me senté en el mismo lugar y él, sin pedirme permiso, como si de verdad ya se fuera a dormir, se descalzó, se quitó la camisa y luego el pantalón. Yo no supe cómo reaccionar, me gustabaverlo medio encuerado pero respetando mi decisión de no hacer nada. “Mi primo es muy fuerte, hace mucho ejercicio. ¿Te calentaba verlo en la sala de nuestra casa en calzones?”, me preguntó Adrián mordisqueando mi oído y pegándose más a mí. Se mano rozaba ya mi tanga, moviendo sus dedos en pequeños circulos. “Creo que sí, Adrián, me gustaba un hombre tan guapo y tan respetuso. Se cubrió con la manta y se acomodó acostado boca arriba. Yo seguía sintiendo ese calorcito derivado del vino y de la situación. Por eso me quedé ahí sentada en mi sillón. Pero luego él metió las manos bajo el cobertor blanco, el delgadito y me dijo: “Mira cómo me tienes, Lorena”. Yo ví su pene levantando el cobertor. “La tengo así desde que te conozco, eres tan guapa y tienes un cuerpo divino”, me dijo. “¿Qué hiciste tú?”, me preguntó Adrián haciendo mi tanga a un lado para acariciar mi sexo muy mojado. “Me puse de pie dispuesta a ya retirarme a la recamara y dejarlo a él sólo en la sala, pero Felipe me dijo: “¿No quisieras al menos verlo?. Te imaginarás que me voy a mastubar, pero tal vez te guste ver cómo lo hago y ya luego te vas.” Yo me quedé de pie, quieta, mirando cómo el iba bajando el cobertor poco a poco. Intenté irme pero las piernas parecían no responderme…” En ese momento, sintiendo que mi marido sacaba su pene de su calzón y lo pegaba a mi pierna, en ese momento en que me acariciaba el clitoris, en ese momento que recordaba aquella noche con Felipe, en ese momento que me daba cuenta de la perversión que era estar contándeselo a mi propio esposo, en ese momento en que los dos estábamos más excitados que nunca, decidí detener la confesión, pero Adrián me metió dos dedos en mi vagina empapada y yo solté un gemido y ya no pude detenerme. “¿La tenía grande?”, me preguntó mi esposo. “Sí, Adrián, la tenía muy grande y se la acariciba delicios, se masturbaba para que a mí se me antojara”. “¿Más grande que la mía?”, preguntó moviéndo sus dedos dentro de mí y llevando mi mano a su pene erecto como nunca antes. “¿Más grande que esta, más grande que la mía, mi amor?” “Sí, más que la tuya, mi cielo, mucha más grande y más gruesa, más rica”. “¿Y estabas tan cachonda como ahora, tan caliente como una putita infiel viendo cómo un macho se hacía una chaqueta para ti?” “Más caliente que ahora, mi amor, como nunca. Por eso ya no pude aguantar más y en cosa de segundos, ayyyy, así mi cielo, me encueré todita”. Adrián quitó la mano de mi sexo, me bajó la tanga y así de lado, acomodó su pene en la entrada de mi cuevita. “¿Querías acariciar su verga, mi amor? ¿La deseabas tanto cómo la mía que te voy a meter bien rico si me sigues contando?” “La deseaba más que la tuya, Adrián, porque la tuya es muy pequeña y la de él es una verga de verdad, mi cielo, una vergota…” Adrián gimió, creo que le excitaba saber que la de Felipe era mucho más grande. “Metémela ya, Adrián, y te sigo contando”. Mi marido fue introduciendo su instrumento en aquel lago que era mi vagina. “Ya desnuda, mi amor, me hinqué y le quité a Felipe la mano de su herramienta diciéndole que yo podía ayudarlo. Empecé dándole unos lenguetazos bien ricos en la punta, mi cielo. Pero luego metí la cabeza de su verga en mi boca y después me la fui metiendo más y más…, rico, rico” “A mí nunca me la has mamado, Lorena…”, me reclamó metiendo y sacando su pene de mí. “No, mi amor, pero a él sí se la mamé toda y me volvió tan loca hacerlo que no pude durar mucho tiempo ayyyyy porque me subí a él, me la metí en mi cuevita poco a poco y luego comencé a cabalgalro como una desquiciada. Me movía arriba y abajo, ayyy, de adelante para atrás, a los lados, ayyy, durante mucho tiempo, muchísimos minutos de calentura, ayyyy, así dejando que entrara a saliera, ayyyy tan rico, sin que él se viniera tan rapido como tú, así, así me cogía todita, mi amor…” “Como una puta engañando a su marido con el propio primo del marido…”. “Sí, Adrián, como una puta engañándote con un hombre que sí sabe uuuuummmm, que sí sabe cogerme, con tu primo, en tu propia casa, así, así, así, me movía y gritaba pidiéndole más de esa verga, así, Adrián.” Mi marido sin poder aguantar más, se vino y yo también comencé a venirme diciéndole: “Y me vime en tu primo montando su vergota, Adrián, ummmmm, me vine así, así, más rico que contigo, así, ummmmm.” Los dos terminamos y sin decir más nos quedamos dormidos. Al día siguiente, Adrián se fue de la casa. Yo no volví a salir con Felipe. Ahora tengo una nueva relación. Para acabar con esta experiencia que les cuento, les debo decir que decir que la única vez que de verdad hize el amor con mi marido fue esa noche en la que le conté mi infidelidad. Lorena

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