Me llamaste aquella noche
desesperada, asustada. Mi móvil sonó a las tres de la madrugada
y me produjo temor y extrañeza ver tu nombre en la pantalla del aparato.
Hacía sólo unas horas que habíamos tomado café y
unas copas. Te llevé a tu casa y ahora me despertabas -¿Eva?.-



-¡Dime!.-

-Soy Sonia.- Tu voz parecía temblorosa, dubitativa.

-¿Te pasa algo?.-

-Lo siento, no he debido llamarte…es que ….-

Sonia estaba angustiada. Como buena psicóloga intenté
calmarla.- ¡Anda! ¡Cuéntame!.-

– Es para ver si nos podemos ver… te tengo que contar un sueño que
acabo de tener.-

– Espero que merezca la pena, si no …¡Te mato!.-


Te llamé al día siguiente, imaginé tu
carita redonda de labios sensuales, estremecidos soñando, sufriendo por
una pesadilla. Quedamos para el sábado siguiente.


Tu y yo somos muy amigas. Nos conocemos desde los diecisiete
y ahora tenemos veintitrés. Yo estudié psicología, tu te
metiste a azafata. No te hacía falta tipo, desde luego. Nos veíamos
cuando podíamos, porque viajas mucho. Pero desde luego ambas hemos tenido
siempre claro que somos las mejores amigas del mundo. Eres una muñequita,
educada, simpática, siempre muy arreglada. Yo he abierto un gabinete.
Mi profesión me obliga casi a lo mismo pero es diferente. Mi elegancia
es distinta a la de tu uniforme. Mi trato con el cliente me obliga a mantener
un tipo de distancia que no es la tuya. Lo hemos hablado muchas veces.


Tu admiras mi pelo rubio, lacio, mis rasgos alargados, que
me dan esa seriedad, ese aspecto de intelectual que tanto, me has dicho, asusta
a los hombres, mis labios delgados y discretos, mis pómulos suaves. Las
dos somos altas. A mi siempre me ha admirado de ti esa mata de pelo negro, fuerte,
esos rasgos morenos, sensuales, latinos, la armonía de tus curvas, tu
vitalismo. Tal vez por eso me llamó tanto la atención que te encontraras
angustiada….por un sueño. No comprendía lo tuyo. A mi nunca
me ha gustado que me controlen, que me atosiguen, que me protejan. En cambio
tú, con aquel tipo y esa forma tan femenina de ser hubieras sido la princesa
de cualquier hombre, del albañil y del arquitecto.


A mi me gusta mi falda pantalón, me la pongo en el trabajo
y fuera de él. Tú estas harta de las faldas de tu uniforme, y
cuando terminas tu trabajo te pones unos vaqueros, una camiseta y ¡A bailar!.


Ese día, como ya te conozco, y para no desentonar contigo,
más aún sabiendo que tenía que preguntarte por tu pesadilla
y que debía establecer un ambiente relajado, me puse unos vaqueros y
una camiseta yo también. Hablamos durante un rato, siguiendo el procedimiento
de lo que era una terapia un poco especial pero terapia al fin y al cabo. Cuando
ya habíamos establecido un clima de confianza, fui a coger al toro por
los cuernos. -¿Y bien?.-


Comenzaste a ponerse nerviosa de primeras pero al final te
decidiste a hablar, apartando el pelo que te tapaba media cara.


-Verás. No comprendo por que me impresionó tanto
el sueño…Es una tontería, la verdad.-

-Bueno, quizás no lo sea, Lo que estoy segura es que si me lo cunetas
te quedarás más a gusto-


Y saqué una libreta que llevaba en el bolso para tomar
nota y animarla de esta forma a contarme su pesadilla.


-Estaba en la playa, con un traje de color rojo, imagínate.
Era un traje largo, de fiesta. Era de día, hacía un sol delicioso.
La playa estaba desierta. De pronto, desde el mar, en esa zona que te tapa el
cuerpo pero no te cubre, vi que una chica a la que conocía que me llamaba.
Era una llamada dulce, armoniosa.-

-Me has dicho que conocías a la chica.-

-¡Si!.-

-¿Cómo era?.-

– En ese momento.- Dijo Sonia después de meditarlo un rato – Sólo
te podría decir que era rubia.-

– Siempre te han llamado la atención las chicas rubias.-


Te pusiste colorada. No sabía por que. No creí
que mi comentario fuera para ponerse así. Seguiste contándome
tu sueño.


– El sol empezó a perder fuerza. Se me pusieron los
vellos de los brazos de punta. El caso es que así, con traje y todo,
fui hacia ti. El agua me parecía cristalina y cálida. El traje
rojo se me volvía cada vez más pesado conforme me adentraba en
el agua y parecía que te alejabas.-


Se te había escapado por dos veces, o me habías
relacionado por dos veces, tal vez inconscientemente, o tal vez por que yo fuera
en sueños aquella chica que te llamaba. A una psicóloga no se
le escapan estos detalles.


– Llegué finalmente hasta la muchacha. Ya no hacía
pié. El traje me hundía y me ayudaste… me ayudó a quitarme
el vestido rojo que flotó en el agua con un aspecto rojo oscuro, casi
negro. Sentí una enorme liberación al nadar desnuda, libre del
traje. Entonces …-

-¿Si?-

– La chica me hundió con ella. Ella estaba desnuda como yo, con unos
pechos hermosos y con la particularidad de que era una sirena. Sí, debajo
de su ombligo, donde debía de aparecer su monte de venus empezaban unas
escamas y tras ellas, una gran cola. Era un ser hermoso. Realmente era un ser
muy hermoso. La seguí por todo el fondo del mar. Me agarraba a su cola
suave y resbaladiza y dura como la de un pez. El sitio por donde cruzábamos
estaba lleno de peces en bancos que realizaban extraños y sugestivos
movimientos. Los suelos de coral dieron paso a un claro de arena, a donde el
sol llegaba tímido y que tenía una iluminación especial.-


Callé para que siguieras contándome lo que hasta
ahora no parecía una pesadilla.


– Nos besamos, Eva. Me besó en la boca. Imagínate.
Sentí como una bocanada de aire mentolado introducirse en mis pulmones.
Fue para mí como una nueva liberación. El beso era continuado.
Respiraba por ella. –


Te ponías colorada. Te sonreí y te pregunté
si deseabas que lo dejáramos, pero tú parecía que ya no
estabas dispuesta a guardarlo.


– La sirena metió su cola entre mis piernas. Me podía
sentar en su cola y me producía una sensación muy agradable aquello
en… bueno, ya sabes. Ella comenzó a mover la cola y yo… me desperté
en medio de un…-

– ¿Orgasmo?.-

– ¡Eso mismo! ¿No te parece terrible?.-

– ¿Eso es todo?.-

-¿Te parece poco?.-

-Sonia, las mujeres tenemos ese tipo de sueños, incluso con mujeres.
Cuando es con ellas significa, en la pubertad, un rechazo hacia el sexo. Eso
es todo.-

– Sí, pero yo ya no estoy en la pubertad. Y a mi me gustó.-

-¿Te gustó?.- ¡Qué bueno!- Me quedé pensando
.- ¡Mira! Voy a estudiar el significado del sueño detenidamente
y te digo lo que sea. ¿Vale?.-


Luego te pregunté para ver que me contestabas -¿Conocías
a la sirena?.- Guardaste silencio y volviste a enrojecerse, para decir al fin.-
¡En el sueño, sí!-. Mentías, me di cuenta.


Sospechaba que aquella sirena que te amargaba era yo. Fuimos
a bailar. Nunca te había visto como paciente, así, impersonalmente,
fríamente. Tenías un tipo perfecto para cualquier hombre y sin
embargo tú rechazabas unos pretendientes perfectos poniendo excusas muy
ñoñas.


Interiormente le daba vueltas a la cabeza.. Un sueño
lésbico no debía de tener mayor importancia, si no torturaba de
aquella manera a la que lo sufría. ¿Eras una reprimida? ¿Educacionalmente
te habían enseñado a rechazar una parte de ti que ahora se manifestaba?
No sabía que pensar. ¿Y por qué me lo habías contado
a mí, precisamente a mí? ¡Y me habías llamado justo
después de tenerlo!.


Así que al llegar a casa, lo primero que hice fue precisamente
intentar desvelar el misterio de tu sueño. Leía en el libro de
sueños que el sol era el símbolo del padre, que se te desvanecía
y que el agua era el signo de la feminidad, de una feminidad clara y cristalina.
El traje era la posición social, los convencionalismos, roja, seguro
que relacionada con tu profesión femenina y unida al físico, al
deseo masculino. El desprenderte de ella te debía producir vergüenza,
pero sin embargo te liberaba. Era el rechazo hacia un prejuicio social que yo
sin duda relacionaba con el sexo. Te hundías en el agua, en un nuevo
ambiente marcado por la feminidad y te conducía por un ambiente que te
deslumbraba con las extrañas formas de las bandadas de peces, una imagen,
por lo demás de voluptuosidad muy sensual.


La sirena era una tentación. El que te llamara para
sumergirte era igual que la situación que Ulises sufrió en su
periplo por el Mediterráneo.


Y finalmente la cola de la chica. Un símbolo fálico
que para colmo utilizaba como tal. No cabía duda. Todo apuntaba hacia
una dirección de marcadas tendencias lésbicas. Pero ¿Yo
como te iba a decir esto a ti?


Si me hubieras pedido que hiciéramos el amor lo hubieras
podido decir de una manera más directa. Era lo que pensaba,, Claro, siempre
que aquella sirena fuera yo. Pero entonces no te hubiera llamado más
en la vida. Pero aquel sueño me hacía mella.


Me imaginaba a las dos plácidamente en el agua templada,
liberándote de la ropa, convertida en sirena. Aquella imagen de mí
misma me agradaba. Te imaginaba sumergiéndote agarrada a mis caderas,
llevándote por hermosos lugares y luego a ese claro donde metería
mi escamosa cola entre tus muslos y te proporcionaría aquel placer. Aquel
placer se me grababa en la mente. Me obsesionaba.


Aquella cola de sirena entre las piernas hacía que se
humedeciera, sin yo ser consciente al principio, la única parte de mi
cuerpo que tiene algo que ver con el mar. Mi almeja. Desde ese día me
senté nerviosa, irascible. Deseaba hacer algo que no me gustaba hacer
y lo relacionaba directamente con el relato de tu sueño y era masturbarme.
Y tengo que confesarte que me masturbé pensando en aquella cola escamosa
que tanto placer te proporcionaba.


Insististe muchas veces en que te contara el significado de
tu sueño y yo le iba dando largas. A ti te atormentaba, pero a mí
no menos el tenértelo que interpretar. No te servía el que te
dijera que no tenía importancia. Te convencía momentáneamente.
Luego bailábamos y tu proximidad comenzaba a volverme loca, a ponerme
los vellos de punta. Y al acompañarte al servicio te miraba de reojo
y miraba tus muslos y tu sexo y decía para mí “¡Ah!
¡Ahí fue donde puso la colita la sirena!”. Y al llegar a
casa te imaginaba en mi cama y pensaba que recorría tu piel y te tomaba
tu sexo cuando en realidad era el mío el que acariciaba, y acababa inmersa
en el oleaje tremendo que la tormenta del relato de tu pesadilla había
despertado en mí.


Llegaron las cálidas noches de mayo. Salíamos
juntas y adivinaba el color de tu piel más allá de tu escote.
Me suplicabas una y otra vez, angustiada, que te explicara el significado de
tu sueño, del que tú ya sospechabas su significado. Aquella noche
habíamos bebido demasiado. Te pregunté directamente.


-¿Era yo la chica que te llamaba desde el mar?-

No me podías mentir – Pues…no estoy segura.-

-Era yo ¿Verdad?-

-Si.-


Casi deseaba que no me llamaras para salir. Te rehuí
algunas semanas pero éramos amigas, amigas de verdad. Volví a
salir contigo. Me lo volviste a preguntar. La que pregunta es por que quiere
saber.


– Mira, Sonia. Lo que pasa es que quieres hacer el amor con
una amiga.-


Te pusiste pálida, miraste hacia abajo y levantaste
tu cara ahora colorada. He de reconocer que podía haber sido más
delicada al contártelo, peor en un momento decidí hacerte daño.
Luego me arrepentí sobre la marca.


– No es tan grave. Quieres tener una relación sexual
y por lo que sea ya no te atreves con los hombres. No es extraño. Has
sufrido muchos desengaños.-


Unas lágrimas asomaban en tus ojos y yo me sentía
muy culpable. Sólo me ocurrió calmarte haciéndote una oferta.-
¿Sabes? ¿Por qué no te vienes a la playa este fín
de semana?.-


-¿A la playa?.-

-¡Siii!. ¡Será una terapia de choque! ¡Ya verás
como al estar frente al mar y no ver ninguna sirena se te pasa la obsesión!.-


Yo bien sabía que aquella invitación no sólo
era una prueba para ti sino que para mí también lo era. No pude
resistir tu tristeza. Te despedías cabizbaja. Bajé el cristal
de la ventanilla. Te acercaste cruzando la estrecha y despoblada calle.


– No seas tonta. No te pongas triste.- Te dí un beso
en la cara. Era un beso sin contenido sexual, pero tampoco era un beso de amistad.
Era un beso de amor, puro y duro.- ¿Vendrás?-

– No se. Ya veré.-


Un “No se. Ya veré” tuyo es un “Si
me lo pides dos veces seguro que sí”. Te lo volví a pedir
el miércoles y luego el jueves y conseguí que te vinieras. Eres
tan femenina. Y desde que aceptaste, mi ansiedad se despertó, mis nervios
afloraron. Sentía un cosquilleo que me impedía reconciliarme con
el sueño. Seleccionaba la ropa que me llevaría para tal ocasión,
para esta otra. Hice y deshice la maleta unas cuantas veces.


Al día siguiente te recogí. Tu bolsa era tan
grande como la mía. Me besaste al subir al coche. Eso me gustó.
Me fijé en los pantaloncitos que llevabas puestos, en tus piernas depiladas,
en el brillo de tus muslos. Puse la música que tanto te gusta y en poco
más de dos horas estábamos en la playa, casi desierta. Y ambas
miramos al horizonte buscando en el atardecer la figura de una mística
sirena vocear tu nombre.


-¿Estás más tranquila?-

-Si, estoy mejor.-


Puse mi mano sobre tu muslo en señal de amistad. Nunca
lo había hecho, pero nunca me había sentido tan próxima
a ti. Por lo demás tengo que admitir que era un gesto que de espontáneo
no tenía nada. Tú no apartaste mi mano, pero yo aún no
quería forzar la situación y aparté mi mano, arrepentida,
con la buena excusa de un cambio de marcha.


No necesitabas que te enseñara el apartamento. Tú
habías estado en él muchas veces. Un quinto piso con vistas al
mar. Unas terrazas amplias, propias de los pisos fabricados en los setenta,
de muebles viejos que fueron reemplazos por otros muebles en los lugares de
honor. Eran las siete de la tarde. Aún teníamos tiempo de darnos
un baño. Cambiaste tus zapatos por unas zapatillas playeras.


-¡Llevo debajo el bañador!.-


Yo tuve que cambiarme. No fui tan previsora como tú.
Saqué el traje de baño allí mismo, en el salón y
me desnudé, despojándome de la camisa y el sujetador. Me sentía
observada, como una novia por su marido en la noche de bodas, aunque al ver
como me mirabas de reojo, avergonzada, pensé más bien en un novio
delante de su cándida esposa.


Jamás nos habíamos sentido atraídas por
nuestros cuerpos. Me puse la parte superior de mi bañador. Un modelo
negro, sport, agresivo. Me quité los zapatos y la los vaqueros y finalmente
las bragas, para ponerme la parte de abajo del bañador, mientras tú
fingías leer una revista del corazón de hacía diez meses
que había sobre la mesa.


Nos fuimos a la playa. Te bajaste el pantalón y pude
contemplar tus nalgas desnudas asomar a ambos lados del minúsculo bañador.
Uno de esos bañadores que una se imagina en las playas de Brasil, que
tienen una tira detrás y en la cintura. Era un bañador blanco
que combinaría a las mis maravillas cuando tu cuerpo se pusiera moreno.
La parte de arriba del bañador eran dos minúsculos triángulos,
uno de color amarillo y el otro de color verde plátano.


-¡Este sol quema lo suyo!.- Te dije mientras esparcía
crema protectora sobre mis brazos

-¿Si?.-

-Sí.-

-¡Ah! ¡Pues entonces déjame la crema


La playa estaba desierta y decidí ahorrarte el trabajo
de que te untaras la crema. Yo la extendía por aquellas partes de tu
reverso que no estaban cubiertas por la tela, que eran pocas, primero las zonas
menos comprometidas y luego, cada vez las más “delicadas”.
Gozaba sintiendo la piel,, tu carne bajo mis manos, la suavidad de tus pantorrillas,
la de tus muslos, la de tus nalgas. Me puse tan caliente que me fui al agua.


No tardaste en venir. A fín de cuentas la sirena no
hizo falta que te llamara, tu fuiste hacia ella. Yo me desplazaba hacia un lado,
divertida viéndote venir detrás mía. Me seguías
y entonces te diste cuenta de mi juego y comencé a nadar. Tú me
seguías a ver si me alcanzabas. Habíamos jugado a ello muchas
veces antes.


Me agarraste de la parte de abajo del bañador y me la
bajaste. Chillé y me lo puse bien mientras tu nadabas ahora en dirección
contraria. Te perseguí y cuando estabas a mi alcance dí un tirón
de las correitas de tu cinturón. Se soltó el gancho. Aproveché
tu desconcierto y lo atrapé para salir nadando de nuevo, alejándote
de ti, buscando que me persiguieras. Estabas tan bella con el pelo mojado, pegado
a la cabeza, brillante. Tus pechos flotaban desnudos en el agua. Los veía
a través de ella. Pretendiste quitarme tu sostén pero eché
mi brazo hacia atrás. Tu te echaste sobre mí, nuestras caras se
rozaron. Besé tu boca en un instante y volví a nadar dejando el
sostén a tu alcance. Saliste a la arena. ¿Te habrías enfadado?
Esperé en el agua unos minutos por si las moscas.


Estabas tendida sobre la arena, de cara a ese sol que te traicionó
en tu sueño. Tus pechos parecían desnudos las pirámides
más bellas de Egipto. ¡Qué tentación!


Me atreví a frotar tu cuerpo de nuevo al untarte la
crema, esta vez por tu delantera, volviendo como antes a empezar por las partes
más fáciles y luego pasar a las más comprometidas. Puse
la yema de los dedos sobre tus pezones. Deseaba que te lo tomaras como un juego.


-¡Estate quieta! ¡estate quieta! ¡Que me
haces cosquillas!.-


Pero dejabas que te tocara. Aquel pezón era como un
bombón que se e antojaba del más delicado chocolate, la guinda
oscura de un delicioso pastel. Bajé mis labios hasta uno de ellos poco
a poco y comencé a lamerlos tiernamente, perdiendo el sentido del tiempo
y recuperando el del momento. No me importaba si nos veían y no se si
me importaba lo que tu pensaras o si te gustaba. Sólo sabía que
tenía que intentarlo.


-¡Anda! ¡Déjame!.- Me decías, hasta
que por fin, te medio incorporaste y te justificaste.- ¡Anda, loca! ¡Vámonos
que nos vayan a ver!.-


El camino desde la playa a la casa se me hizo infinito y delicioso.
Te cogí de la mano. Te soltabas cuando alguien venía, pero luego
yo te volvía a atrapar la mano. Nos metimos en el ascensor. Eran cinco
pisos los que teníamos que subir. Te estreché entre mis brazos
y te besé, acercando mi boca a la tuya.


-¡Eva, que haces! ¡Esto no está bien!.-


Te volví a besar introduciendo esta vez mi lengua en
tu boca medio abierta, hasta que sentimos el ascensor frenar, antes de pararse
en el quinto piso.


Al abrir la puerta del apartamento, corriste hacia el cuarto
de baño, pero te olvidaste cerrar la puerta. Te seguí y mientras
tu recibías las primeras aguas de la ducha, yo me deshacía de
mi bañador, para sorprenderte al verme aparecer a tu lado, desnuda, bajo
aquellas aguas que en poco se parecían a las de tu sueño. Estaba
dispuesta a hacerte sentir sensaciones tan agradables y voluptuosas como las
de aquellos bancos de peces que en tu sueño se apartaban de ti para volver
a aparecer diez metros más adelante..


Tu cuerpo mojado era aún más hermoso. Tomé
la esponja y acaricié tu piel, en tu espalda, en tus nalgas, sobre tu
vientre, sobre tus hombros, y tus pechos, la de la parte interior de los muslos…
Te veía gozar, y con tu goce se producía el mío. Cogí
el mango de la ducha y proyecté el chorro de agua sobre tu piel. El jabón
desaparecía rápidamente, pero lo que yo buscaba era hacerte sentir
el goce del suave cosquilleo de las gotitas sobre las zonas más sensibles
de tu piel, tus orejas, tu cuello, tu pecho, tu ano, tu sexo, al fin.


Te saliste de la ducha.. tal vez ya no podías aguantar
más. No te lo pregunté. Yo terminé de ducharme. Al salir
te encontré vestida.- ¿Salimos?.-


-¡Tú pareces muy preparada ya!.- Le sonreí.


Conocíamos bien el ambiente. En los bares nos encontramos
a algunos conocidos de siempre. Charlamos con ellas. No era sorprendente vernos
juntas. Siempre lo habíamos estado, Nadie podría pensar el secreto
de nuestra incipiente relación.


Nos recogimos tarde. Tu te fuiste a la cama de invitados. Yo
me acosté en la cama de matrimonio. No estando mis padres, me gustaba
acostarme yo. Te esperé impaciente, buscando en el pasillo una sombra,
una luz que se encendía. Estaba casi desnuda. Llevaba solamente puestas
una de las braguitas que tanto me había costado elegir para la ocasión.


No lo aguanté más y me levanté para cruzar
el pasillo decididamente. Fui a buscarte. No pudiste engañarme fingiendo
que dormías, aunque fingieras sobresaltarte al verme.


-¿Pasa algo?-

-¡Qué vengas!.-

-¿A dónde?.-

– A la cama de matrimonio.-

– Pero ¿Por qué? .- Te hacías la remolona.

– No tienes ventilador.-

– Allí tampoco hay.-

– Pero la habitación es más fresca.-


Te cogí, del brazo, te arranqué de la cama. Llevabas
un pijamita verde que te conocía desde hacía años, de pantalón
corto y chaquetita de manga corta. Debajo de él no llevabas más
que las bragas. Yo me sentí ridículamente desnuda e impulsiva.
Me intenté justificar. – Es que he oído un ruido en la cerradura
y me ha dado miedo.-


Te tumbaste en la cama. Me pareció que pretendías
cortar cualquier posible iniciativa mía. Te diste la media vuelta después
de decir -¡Ay! ¡Que cansada estoy!.-


Dormías mientras percibía el aroma fresco de
tu piel, el perfume de tu pelo. Te miraba bajo la tenue luz del rayo de luna.
Me atreví a abrazarte, a acurrucarte, a clavar tus nalgas en mi vientre
y mis pechos en tu espalda. A poner mis muslos detrás de los tuyos y
mis brazos sobre los tuyos.


¿Seguías dormida o te habías despertado
ya cuando mi mano se introdujo debajo de la chaquetita del pijama? Rozaba la
piel de tus costillas primero, y luego la parte baja de tus senos. Y más
adelante tus senos enteros. Y luego metí la otra mano debajo del pantalón
del pijama, sobre las bragas, percibiendo la suavidad de tus muslos y la calidez
de tu sexo.


Te agitabas en un estado de semi inconsciencia, de despertar
de un sueño para volverte a dormir. No hablabas, susurrabas, gemías
en voz baja frases incoherentes mientras tus flujos de amor impregnaban ahora
mi mano, que había decidido hacer un allanamiento en tu morada.


Comencé a sentirte como un jinete siente bajo su cuerpo,
la agitación, el trote de su montura, bajo los sabios influjos de la
mano que la dirige. Te sentí moverte como un pegaso, un caballo alado
de movimientos mitad animales mitad angelicales, buscando el placer que mis
dedos te proporcionaban y que tú misma, tus prejuicios se negaban a aceptar.
Venció finalmente el soma sobre los condicionantes de la psique y tu
ahogo explotó en forma de un orgasmo cálido, sensual, lento y
excitante, en el que el movimiento de tu cuerpo parecía bailar al ritmo
de tu respiración profunda y acelerada.


Y así quedaste dormida entre mis brazos.


Un agradable olor a pan tostado fue lo que me despertó.
Me trajiste hasta la cama el café y unas tostadas untadas en mantequilla
como tantas veces me las había desayunado a tu lado. Desayuné
. Te llevaste la bandeja y te dí las gracias.


-¿Estás satisfecha?.-

-No.-


Me miraste sorprendida.- ¿Te pongo más café?
¿O tostadas?.-


Te miré a los ojos después de tomarte por los
bordes de la chaquetita del pijama .- Yo lo que quiero es comerme lo más
rico que hay en esta habitación.- Y te traje hacia mí, mientras
en tu cara se esbozaba una sonrisa de satisfacción. Y comencé
a desabrochar tu chaquetita mientras nos besábamos. Y palpé tu
pecho que latía acelerado, como el mío mientras tu te deshacías
de la prenda superior de tu pijama y quedabas desnuda de cintura hacia arriba.


Te eché sobre la cama y yo sobre ti, lamí tus
pechos, intentando con el sabor dulce de tu piel, mitigar el sabor amargo del
café. Lamí uno y otro, mientras ponía mi mano sobre tu
vientre tierno y plano. Tu misma te quitaste los pantalones del pijama y me
descubriste el resto de cuerpo, que tan sólo se tapaba con unas bragas
que eran tan minúsculas como el bañador que te habías puesto
el día antes para ir a la playa. Sólo la fina tela de aquellas
delicias me impedía el contacto con el tesoro más secreto de tu
cuerpo, aquel que la sirena osó rozar con su cola de pescado exótico


Toqué tu sexo cubierto por las braguitas, palpé
intentando descubrir tus interioridades mientras gozaba sintiéndote excitada,
sintiendo vibrar de placer por los besos y lametones que te daba con mi lengua
en tus endurecidos y puntiagudos pezones.


Introduje finalmente mi mano en el interior de tus bragas y
mis dedos se apoderaron de la tierna cresta colorada guardada por unos labios
que ya no podían ocultar por más tiempo la excitación de
tu cuerpo. Te mordías los labios y cerrabas los ojos mientras movías
lentamente el cuello a un lado y a otro.


Metí mis dedos entre los labios de tu sexo, un poco
profundamente en tu interior, sintiendo una humedad que me resultaba excitante,
deliciosa. Me embriagué con el aroma fresco de tu piel, el suave balanceo
de tu cintura, la textura firme y suave de tus pechos, de tus nalgas, de tu
vientre. Tus piernas se abrían y cerraban como si fueran el batir de
las alas de una bella mariposa que de un momento a otro tenía que echarse
a volar.


Fuimos de nuevo a la playa. Nos perdimos buscando la soledad
de los enamorados, siguiendo la orilla a un lugar donde pocas veces habíamos
estado antes, para hablar sobre asuntos que teniéndonos la una para la
otra nos parecían ridículos ahora.


Decidiste hacer top-less para ofrecerme la visión de
tus pechos desnudos, delicados. Para tentarme. Para provocar un nuevo estallido
de pasión. Protegí tu piel embadurnándote de crema una
y otra vez, recorriendo con mis dedos cada rincón de ti, hasta provocar
que los pelitos diminutos de tus brazos se pusieran de punta. Presentía
que si volvíamos a la ciudad sin haberte conquistado te perdería
para siempre, mientras que si te hacía mía de nuevo, te tendría
para siempre. Y tú me tendrías a mí.


Probé el sabor de la crema extendida sobre tu piel con
mi lengua varias veces a lo largo de la mañana. Untaba tus nalgas una
y otra vez casi rozando tu sexo y tu ano. Deseando conocer todos tus secretos
desde el primer día. Te sentía dócil, dulce, sensual.


Fuimos a bañarnos y a brincar al paso de cada hola que
nos levantaba haciéndonos perder pié, para luego bajarnos de nuevo.
Me acerqué a ti. Te agarraste a mí, poniendo tus piernas agarrada
a mi cintura, sintiendo tu vientre, tal vez tu sexo junto a mi propio vientre.
Me sentía posesiva, apasionada.


-¡Eres mía! ¡Mía! ¿Comprendes?.-


Vino una hola y su fuerza nos separó de nuevo. Te alejaste
hacia la orilla y te volviste a tender en la arena. Te debatías aún
entre mi amor y el traje rojo, que mojado te impedía nadar en el agua
con libertad.


Pasaba el día. Bien sabes que si aguanté estar
todo el día en la playa, bajo el sol era por lo mucho que te gusta a
ti tumbarte al sol, como si fueras una lagartija, sobre la toalla. El sol se
debatía en el ocaso y decidimos volver a casa antes de que se ocultara.
Ibas en top-less por la playa. No importaba, por que nadie te veía. Te
pusiste sobre tu cuerpo la toalla debajo de la cuál tus pechos estaban
desnudos. Lo hacías por mí. Seguías intentando provocarme,
excitar mi imaginación.


Íbamos de la mano cogidas, como dos adolescentes que
demuestran su amistad, nosotras pretendíamos demostrar algo más.
Y al montarte en el ascensor, te cogí la toalla de los hombros y la puse
en tu cintura y te traje contra mí y te besé de nuevo hasta llegar
al quinto. Te insinué que no te daría la toalla.


-Bueno, allá tú. Este es tu bloque.-


Y saliste del ascensor y cogió el pasillo delante de
mí, avanzando hacia la puerta del piso, vestida sólo con la parte
de abajo, diminuta del bañador. A unos metros de mi podía apreciar
tu cuerpo espléndido, tu magnífica figura, la deliciosa redondez
de tus nalgas desnudas.


Te llevé al baño. Me acompañaste dócilmente.
Te bajé el bañador y te metí conmigo de nuevo en la ducha.
Te puse contra la pared, con las piernas abiertas. Deseaba ser tu dueño,
poseerte incondicionalmente. Tomé el mango de la ducha como el día
antes, pero ahora sentía la necesidad de hacerte sentir, de consumar
de nuevo el ciclo del amor. Enfoqué la manguera sobre tu espalda, sobre
tus nalgas, sobre la parte trasera de tu sexo y esperé a que el agua
saliera con toda la fuerza que pudiera para proporcionarte una deliciosa tortura
que limpiara tu sexo de cualquier rastro de arena. Te diste la vuelta y probaste
la fuerza del agua sobre tu pecho.


Te sequé sentándote sobre mis piernas en la taza
del retrete y cubriéndote con una toalla. Y luego te cubrí cada
trozo de tu cuerpo con crema, esta vez hidratante. Olías a coco, aunque
la crema era absorbida por tu cuerpo una y otra vez.


Estaba decidida a hacerte mía. Te besé. Respondiste
a mi beso participando activamente, entregándote y buscando tú
misma mis labios y mi lengua. Esa noche no teníamos pensado salir. No
te pusiste ni siquiera las bragas. Me ofreciste tu cuerpo, poniendo tu pecho
sobre mi mejilla Lo lamí pero esta noche deseaba más.


Nos fuimos a la cama de matrimonio. Te tumbaste y yo me desnudé
con parsimonia, ceremoniosamente, como deseando que cada momento fuera eterno.
Me puse a tu lado, reclinándote sobre ti y te besé y lamí
tus pechos y lamí tu vientre, y alrededor del ombligo y luego los muslos
de las piernas que separabas y luego, busqué tu clítoris y lo
encontré. Te escuché estremecerte y preguntarme.


-¿Qué haces?.-

-Ya lo ves, rozo tu sexo con mi colita de pez.- Y estuve lamiendo su clítoris
y luego introduciendo me lengua en tu sexo, abierto, cálido, húmedo,
como una fruta tropical madura, dulce, aromática, sintiendo la piel de
tus muslos en mis mejillas, en mis orejas cuando el deseo te inundaba y cerrabas
tus piernas una y otra vez.



Metí mi dedo dentro de tu sexo, buscando la miel de tu vagina, buscando
el resorte mágico que te hiciera nadar, volar sumergida en el agua marina,
gozar del placer del amor. Tomaste mi cabeza, estiraste de mis pelos y entonces
te sentiste inmersa en la placentera sensación del orgasmo.


Esta noche no paró ahí. Pronto te convertiste
en una sirena que también descubría que tenía una colita
con la que podía proporcionar mucho placer. Las dos nos quedamos despiertas,
nadando en la cama hasta altas horas de la madrugada. Ensayando todas las caricias,
todos los mimos, todas las posturas.


Desde esa noche, hemos vuelto muy a menudo a mi apartamento
en la playa. Es nuestro nido de amor favorito. Es donde nos sentimos libres
para expresarnos nuestro amor. Y muchas veces hemos divisado la línea
del horizonte marítimo, buscando ilusionadas la figura de una sirena
de torso desnudo y cola de pez a la que agradecerle que se apareciera en aquel
sueño tan extraño.

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