Allie tiene 64 años y vive en el sur de Inglaterra, muy cerca de su amiga Betham, siete años más joven. Juntas disfrutan, a miles de kilómetros de casa, de las infinitas playas de arena blanca que conectan el océano Índico con la costa de Kenia. Allie recuesta su melena blanca sobre el hombro de su nuevo amigo, un Masai de dos metros que acaba de cumplir 22 años y estrena unas gafas de sol, regalo de Allie. Bethan, mientras tanto, no aparta la vista de un chico con trenzas y zapatillas nuevas que juega al billar. Tiene 20 años y es su pareja estos días. Él se acerca y la besa.

La historia es real y se repite cada día en Kenia y en otros rincones del África subsahariana. Un estudio realizado en en la costa africana del Índico por voluntarios locales afirma que una de cada cinco mujeres solteras provenientes de países ricos acude allí en busca de sexo. Allie y Betham disfrutan de unas vacaciones de un mes y tienen muy claro lo que quieren. “Aquí todos conseguimos lo que queremos. ¿Qué hay de malo en ello?”, se pregunta la primera. “No es amor, obviamente. No he venido aquí a buscar marido. Es una especie de contrato social”, argumenta la segunda. “Yo le compro a él una camiseta y luego vamos a cenar. Mientras esté conmigo, sabe que no va a pagar nada y yo sé que me lo voy a pasar bien”.

Del otro lado habla Joseph, otro armario con pinta de campeón de la NBA. Asegura que se ha acostado con más de 100 mujeres blancas, la mayoría 30 años mayor que él. “Cuando llego a una discoteca, son las únicas mujeres que busco”, explica. “Así puedo vivir como la gente rica, en los mejores hoteles y pasándolo bien”. Como él, miles de jóvenes keniatas aguardan su oportunidad.

Hasta aquí, todo bien. “No es pecado”, comenta Jake Grieves-Cook, presidente de la Oficina de Turismo en Kenia. “Pero es un tema que vigilamos mucho”. Del tipo de relación que proponen Allie y Betham a una de las mayores lacras del país hay “una línea muy fina”. “Los responsables de los hoteles están tomando medidas como rechazar las peticiones de los huéspedes que desean cambiar su habitación individual por una doble”, añade Grieves-Cook. “Estamos totalmente en contra de la prostitución infantil”.

Joseph dice que tiene 20 años, pero podrían ser algunos menos. Podría ser menor de edad. Un informe de UNICEF, publicado en diciembre de 2006, estableció que al menos 15.000 chicas con edad comprendida entre los 12 y los 18 años había prestado su cuerpo a cambio de dinero en alguna ocasión. El estudio situaba en “más de 3.000″ la cifra de “niños y niñas que trabajan a tiempo completo en actividades sexuales ilegales, algunas veces realizando actos horribles y anormales”. De todos ellos, al menos el 10% se inició antes de los 12 años.
Italianos, alemanes y suizos, los mejores clientes

Los hombres kenianos son los primeros en fomentar la prostitución infantil dentro de su país. Ellos totalizan el 38% de la clientela. El resto son turistas, hombres y mujeres, con “italianos, alemanes y suizos” a la cabeza. Tras ellos, “los que vienen de Uganda y Tanzania”, además de “británicos y saudíes” conforman el mapa mundial del turismo sexual en África, aunque en el informe aparecen muchas otras nacionalidades.

A pocos les importa el riesgo, cada vez más elevado, de contraer el sida en un país donde se estima que el 6,9% de la población es víctima de la enfermedad, un registro insignificante si se compara, por ejemplo, con Lesotho, un diminuto reino rodeado por territorio sudafricano donde el VIH campa a sus anchas en el 56% de las mujeres de entre 25 y 29 años.
‘Me casaron con un comandante viejo que tenía siete esposas’

La explotación sexual de niños en Kenia está recogida en su código penal, pero las autoridades políticas no ponen remedio a un “vicio que continúa creciendo a un ritmo horrible, particularmente en la región costera”, según el vicepresidente del país, Moody Awori. En África nadie se sorprende al escuchar la historia de Alice: “Tenia 10 años cuando una noche llegaron los guerrilleros y me llevaron junto con otras niñas. Camino de Sudán mataron a algunas de ellas para asustarnos. Allí lavaba la ropa, hacía la comida y limpiaba las casas. Tuve un hijo con un soldado y luego me casaron con con un comandante viejo que tenía siete esposas. Un día, cogí a mis dos hijos y me escapé”.

En Zambia tienen por costumbre obligar a las niñas menores de edad a mantener relaciones sexuales con ‘hienas’, hombres mayores disfrazados para la ocasión. Lo llaman “ceremonia de limpieza”.

ÓSCAR FORNET | REUTERS

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