Como todos los miércoles, se acercaba la hora de dar clases particulares a una chica a la que llevaba dándole clases bastantes años. Cuando ella llegaba, nos íbamos a mi habitación donde tenía espacio suficiente para sentarnos los dos y explicarle las cosas que ella necesitara.

Normalmente no necesitaba que le explicase muchas cosas, pero venía ya más por costumbre, después de tantos años, cuando sí que necesitaba clases, ya que iba un poco retrasada respecto al resto de la clase, pero ahora ya era una buena estudiante.

Como siempre nos dedicamos a hacer ejercicios de alguna asignatura que llevase un poco más floja y yo mientras le ayudaba. Después de un rato de clase, de repente llamó su madre al portero automático, y dijo que la tenía que recoger ya, que tenía luego una reunión y no podría recogerla después. Su madre siempre venía a recogerla cuando acababa nuestra sesión de dos horas, pero hoy se tenía que ir antes por la reunión. Así tendría un rato libre para poder descansar. La chica recogió todo apresuradamente, ya que su madre esperaba en doble fila, y se fue corriendo.

Era agotador estar todo el día en clase y después dar clases a chavales, pero lo necesitaba para sacarme algún dinero. Yo vivía solo en un pisito pequeño, pero estaba muy bien para las necesidades de una persona. Después de ella ya no venía nadie más, así que me podía relajar en el sofá mientras veía alguna película.

Al día siguiente, cuando volví de clase, miré encima de la mesa donde estudiaba y daba clase y me encontré un cuaderno. Seguramente era de la chica del día anterior. Lo aparté y no le di importancia. Estuve estudiando toda la tarde, y cuando acabé, de repente me entró curiosidad por saber qué había en ese cuaderno. Normalmente las chicas siempre ponían notitas y cosas, y quería saber qué cosas pondría ella. Hacía mucho que la conocía, pero en el fondo no sabía nada de ella. En el cuaderno, esperaba encontrar cualquier asignatura, pero cuál fue mi sorpresa, que no era sólo un cuaderno de clase, parecía que era un diario. Al parecer ya había encontrado un entretenimiento para el resto del día.

Me puse a leer, y ponía lo típico de los diarios. Cosas sobre sus amigas, los chicos de clase, lo que hacía cada día… Seguí leyendo, y para mi sorpresa hablaba sobre mí. Decía que era un chico muy mono, pero era muy callado y que le gustaría conocerme mejor, porque nunca habíamos tenido ninguna conversación fuera de nuestro trato exclusivamente de dar clase. Seguí leyendo, y no sólo pensaba que era mono, incluso tenía fantasías conmigo. Había pensado incluso en besarme algún día, pero no lo hacía porque creía que yo pensaba que era una cría y por eso nunca hablábamos. Más adelante incluso fantaseaba con que yo la poseyera y acariciase todo su cuerpo desnudo. Quería que lo hiciese yo, ya que nunca había estado con ningún chico, y prefería a una persona madura en vez de algún niñato de su edad.

No me esperaba todo lo que estaba leyendo. Nunca había notado que yo le gustase y que pensase en mí hasta para perder su virginidad. Ella siempre venía, hacía sus ejercicios y se iba, no hablábamos de nada más, ni noté nunca ninguna mirada con interés hacia mí.

Yo tampoco había pensado nunca nada sobre ella. La conocía desde que era una niña, cuando empezamos a dar clase, y para mí siempre había sido esa chiquilla. Aunque pensándolo bien, en los últimos años su cuerpo se había desarrollado mucho. Tenía unos bonitos pechos y un bonito culo, y además era una chica muy guapa. Me estaba excitando todo lo que estaba leyendo, y me había despertado mucho interés pensar en esa chica. Siempre venía directa del colegio y vestía uniforme. Llevaba una camisa blanca, falda roja de cuadros, zapatos planos negros y calcetines blancos.

Era una vestimenta que me gustaba mucho, pero como ella siempre me había parecido la niña a la que empecé a dar clase, nunca me había fijado en el erotismo que eso tenía. Estaba deseando volverla a ver, pero ahora con otros ojos, ahora la vería como una chica con alto erotismo. En mi mente había dejado de ser una niña y se acababa de convertir en el objeto de mi deseo. Quería que llegase el próximo miércoles y poder satisfacer sus deseos, poseerla y hacer realidad su diario, y de paso satisfacer también mi deseo. Pero, ¿sería capaz de hacer eso con ella? Nunca había estado con ningún chico y por mucho que pusiese en su diario dudaba mucho que en realidad quisiese entregarse al sexo precipitadamente. Tenía que pensar la forma de que ella quisiese entregarse a mí.

Por fin llegó el miércoles, y ella volvió para dar su clase. Abrí la puerta de mi casa y ahí estaba ella, con su bonito uniforme de colegiala. La miré de arriba abajo con ojos de deseo. Entró hasta donde dábamos clase.

– Por cierto, ¿este cuaderno es tuyo? – Le pregunté. – Sí, me lo dejé la semana pasada, creía que lo había perdido. – Contestó ella. De repente se puso colorada y dijo: – No lo habrás leído. – No – le dije yo – ¿Había algo que no pudiese leer? – La verdad que sí, me moriría de vergüenza si lo hicieses. – Qué pena, si lo llego a saber lo hubiese leído. – Le contesté mientras sonreía con una sonrisa pillina, porque en realidad sí que lo había leído. Ahí quedó la conversación, ella sacó sus apuntes y empezó a hacer ejercicios de matemáticas. – Tengo que hacer una llamada, ahora vuelvo – le dije.

Ella no contestó y siguió en lo suyo. Cuando volví me quedé detrás de ella como hacía otras veces para mirar lo que iba haciendo. Pero esta vez no quería ver lo que escribía, quería ver por debajo de su camisa y el comienzo de esos bonitos pechos. De repente tuve un impulso y empecé a masajear sus hombros y su cuello. Se sorprendió, pero siguió con lo que estaba haciendo. Acto seguido aparté su bonita melena de su cuello y la besé allí. Lo hice con besitos dulces. Ahora ya se había sobresaltado, pero no decía nada, parecía que le gustaba. Me decidí dar un paso más, pasé mis brazos hasta su vientre rodeándola y la empecé a acariciar por el vientre y los costados.

Ya estaba muy excitado y esperaba que ella me siguiera y lo disfrutara. De repente subí las manos y acaricié sus pechos. Ella estaba impertérrita, no sé si de que le estaba gustando o de si no. Si ya no había dicho nada, no creía que ahora se fuese a echar atrás, así que decidí que ya no se escaparía y que acabaría teniendo su primera relación conmigo. Desabroché algunos botones de su camisa y metí las manos dentro, acariciando sus pechos por encima de su sujetador solamente. Mientras le seguía besando en el cuello, giré su cabeza suavemente y le empecé a besar en la boca. Ella siguió mis besos tímidamente y pensé que posiblemente tampoco había besado nunca a nadie.

Me levanté y me senté en la silla de al lado. Acto seguido saqué mi polla de mis pantalones, que ya estaba muy erecta con la excitación que llevaba. Ella se quedó con cara de sorprendida por lo que estaba pasando, pero no parecía disgustarle. Cogí sus manos y se las puse en mi miembro. Empezó a acariciarlo torpemente, pero de una manera muy dulce. Me gustó mucho la forma en que lo hacía, a pesar de ser su primera vez. La cogí de la cabeza suavemente y se la fui acercando a mi polla para que la chupara. No opuso ninguna resistencia y se la introdujo entera a la boca. Guié su cabeza hacia dentro y hacia fuera hasta que lo hizo sola sin mi ayuda. Mi excitación iba en aumento debido al placer que me estaba proporcionando, y el saber que estaba con una colegiala muy sexy que haría lo que yo quisiese sin oponer resistencia.

Cuando estaba ya muy excitado, y esperaba que ella también, me aparté de ella, hice que se levantase y la tumbé en la cama boca arriba. La chica seguía sin hacer nada y seguía sumisa a mi voluntad. Desabroché del todo su camisa y su sujetador y pude ver sus bonitos pechos. No eran ni muy grandes ni muy pequeños, y con unos pezones completamente erectos. Besé su cuello y bajé hasta sus pezones, donde los lamí hasta que estuvieron todavía más erectos. Ella tenía una cara de placer mezclada con una sensación rara, ya que nunca había experimentado algo así, pero le estaba gustando. Seguía besando sus pechos mientras se los acariciaba, y notaba cómo empezaba a respirar más rápido.

Me puse de rodillas y empecé a bajar mis manos acariciando su vientre y bajando por sus piernas. Tenía unas piernas delgadas muy bonitas. Después empecé a subir mis manos hasta que se metieron debajo de su falda. Se la levanté y vi sus braguitas con corazoncitos. Se apreciaba una mancha de humedad y eso me excitó aún más, se veía que la chica estaba disfrutando con aquello. Empecé a acariciarle por encima de sus braguitas y en sus alrededores. Acto seguido le bajé las bragas para poder ver su rajita y darle placer. Seguí acariciándole, ahora sin tela de por medio y me decidí a lamérselo. Tenía un buen sabor, y sus fluidos hacían que fuese aún más placentero.

Cuando ya estaba perfectamente lubricado decidí introducir un dedo. Lo fui metiendo poco a poco y no opuso ninguna resistencia. La chica tenía los ojos cerrados con fuerza y se estaba mordiendo el labio, posiblemente porque le daría vergüenza gemir de placer, pero se notaba que cada vez se le aceleraba más la respiración. Posteriormente me decidí a besar todo su cuerpo, desde las piernas hasta esa boquita dulce. Quería volver a sentir el sabor de sus labios. Ella estaba excitadísima, y yo también, tenía mi pene a reventar. Le puse la mano en mi pene mientras le besaba. Aún se me puso más dura. Pero de repente sonó el timbre del portero automático. No me podía creer que ya hubiesen pasado las dos horas, pero miré el reloj de la mesilla y así era. La chica asustada se levantó, se subió las bragas y salió corriendo a contestar.

– ¿Quién? – Se oyó que decía la chica. – Sí mamá, ahora bajo. – La chica entró corriendo en el cuarto, mientras se abrochaba el sujetador y la camisa. Cogió sus libros y su mochila. Mientras tanto ahí estaba yo con una erección descomunal y observando su bonito cuerpo. – La semana que viene seguiremos con tus clases. – Le dije, pero no obtuve respuesta. Mientras recogía no me volvió a mirar y se fue corriendo. Estaba excitadísimo, ya que me había quedado a medias, y no sabía si la chica volvería. Me tuve que ir al baño y aliviarme.

Había perdido la oportunidad de hacer el amor con esa chiquilla, ya que nos quedamos a medias, y posiblemente ya no volviera a mi casa después de lo ocurrido. Se veía que le había gustado, pero ni siquiera le había preguntado si quería hacerlo, directamente me había abalanzado sobre ella y la había obligado a hacerlo, aunque no se había resistido y lo había disfrutado.

Durante la siguiente semana no había vuelto a recibir noticias de ella. Supuse que estaba tan enfadada por lo que había pasado que ni siquiera llamaría para decir que no volvería a venir. La verdad que nunca habíamos hablado por teléfono, y no tenía por qué haber llamado.

Al miércoles siguiente, estaba sentado en el sofá sin esperar la visita de la chica, pero de repente sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba ella. Ya no tenía la cara de niña inocente de siempre, ahora tenía una cara de viciosa. Su camisa estaba abierta por el escote dejando ver un sujetador muy erótico. Se había acortado la falda dejando ver completamente sus piernas. Los calcetines blancos los había cambiado por unas medias blancas que terminaban encima de la rodilla en una puntilla muy sensual. Y por último, los zapatos negros planos, eran unos bonitos zapatos negros con un tacón vertiginoso.

Después de observarla y quedarme con la boca abierta, se abalanzó sobre mí y me besó. Cerró la puerta de mi casa y me agarró de la camisa. – La semana pasada hiciste lo que quisiste conmigo, hoy me toca a mí – Me dijo.

Me llevó hasta mi habitación y me sentó en la cama. Se sentó a mi lado y me empezó a besar. Sus besos ya no eran torpes e inexpertos, me besaba con pasión. La abracé y la apreté contra mí. Me quitó la camiseta y empezó a besarme en el cuello. Me tumbó en la cama y siguió besándome por mi pecho y vientre. Intenté quitarle la camisa, pero no me dejó, estaba sometido a su voluntad, ya no quedaba rastro de la chica inocente e inexperta. Me quitó las zapatillas y los pantalones de una forma que parecía que me los arrancaba. Se sentó sobre mi pene. Sentía el calor de su rajita encima de mí. Después se quitó la camisa y el sujetador, me agarró de las manos y me puso sus pechos en la cara para que se los lamiera.

Notaba cómo se endurecían sus pezones entre mis labios, y sentía que la chica se excitaba cada vez más. Yo no me podía mover, y sólo podía hacer lo que ella me dejaba. De pronto se dio la vuelta y me metió la cabeza dentro de su falda. No llevaba bragas y quería que le lamiese su rajita. Intenté acariciarle mientras le lamía, pero me agarró los brazos y me impidió usarlos. Se echó sobre mí y me quitó los calzoncillos. De repente sentí como se metía mi pene en la boca y me lo lamía entero. Así que nos encontrábamos los dos encima de mi cama haciendo un 69.

Luego se paró, se levantó y se puso de rodillas encima de mi pene, mientras yo seguía tumbado. Lo agarró y se lo puso en la entrada de su vagina. A esas alturas ya estábamos completamente calientes y no tuve ningún problema en penetrarla. Al principio se movía lentamente y poco a poco fue ganando velocidad. Se apoyó en mi pecho, y de vez en cuando me arañaba al agarrarme debido al placer que estaba sintiendo. Me cogió las manos y se las puso en sus pechos, por fin me dejaba tocarle. Se los agarré con fuerza y pellizqué sus pezones completamente erectos entre mis dedos. Estaba a punto de correrme, y notaba que ella gemía cada vez más de prisa mientras cabalgaba encima de mí.

Al momento, no aguantaba más y me corrí dentro de ella. Eso hizo que a ella le viniese un orgasmo, y mientras gritaba de placer se desplomó en mi pecho. Las convulsiones de su vagina hicieron exprimir mi pene dándome aún más placer mientras terminaba de eyacular. Se abrazó a mí mientras estaba en mi pecho disfrutando el momento y yo también la abracé, disfrutando de mi pene aún dentro de ella.

Cuando se recuperó se levantó. Estaba preciosa aún con la falda, las medias y los zapatos. Había sido una fantasía hecha realidad. Se fue al baño a asearse, y después volvió al cuarto a por sus cosas. – Ya es la hora de irme. – Me dijo – La semana que viene repetimos. Y allí me quedé yo, desnudo en mi cama disfrutando de lo que acababa de pasar, y pensando que el resto del año sería maravilloso con aquella chiquilla.

Autor: admirador enamorado

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