Al despertar me di cuenta que mi regalo no se había despegado de mí, estaba aún dentro de mi cuerpo, el muy hábil había logrado irse abriendo paso y ahora estaba metido hasta el fondo

Cuando terminé de quitar la envoltura, abrí la caja y me sorprendí al encontrar aquel objeto que nunca me imaginé que fuera el regalo que mi amiga Alejandra me regalaría. A ella la había conocido en la tienda de mi padrino, donde estaba trabajando mientras duraban mis vacaciones de verano. Alejandra es sobrina de mi tía Amelia, y tenía 21 años, tres más que yo, y a pesar de la diferencia de edad nos frecuentábamos mucho.

La caja contenía un objeto alargado, color semejante a la piel, de un material suave y un tanto flexible, y su forma era lo más cercano a un miembro masculino, con unas finas venas y poros. Incluso tenía una parte que era como una base, que tenía la forma de un escroto muy bien logrado, con pliegues y todo.

Lo tomé con mis manos. Debería medir unos veinte centímetros.

No entendí por qué Alejandra me había mandado eso, y pensé qué bueno que había abierto el regalo en mi recámara. Si lo hubiera abierto delante de mis invitados me hubiera muerto de vergüenza. Una comida para celebrar mi cumpleaños. Se había terminado hacía algunos minutos. No hubiera sabido qué hacer, pero sí habría sabido qué hubieran pensado de mí.

Entonces, en mi mente apareció la idea de una broma. Sí, ella tenía un carácter tan jovial que seguramente lo había hecho para ponerme en ridículo delante de toda la gente cuando abriera la caja. Lo que no contaba es que yo no estoy acostumbrada a abrir mis regalos delante de todos. Así que le había estropeado la trampa. Seguramente lo había conseguido en un sex shop, donde venden ese tipo de artículos como para bromas de despedidas de soltera.

El llamado de mi madre en el pasillo me hizo guardar rápidamente el objeto en la caja, y cuando entró ella solo le dije que estaba viendo mis regalos. Bajé a cenar, y mi regalo se quedó encima de mi cama, junto a una ropa. La cena transcurrió sin novedad alguna. Pero en la noche, me retiré a mi habitación, y recogí las dos blusas que me habían obsequiado mis familiares, el estuche con los aretes que me había regalado mi papá, el un CD y junto estaban con los boletos para ver a mi cantante favorito en concierto.

Y también estaba la caja con el regalo de Alejandra. Entonces empecé a pensar ¿qué diablos iba a hacer con eso? ¿Dónde lo iba a esconder? Si lo veía mi madre ya sabía el lío que iba a armar. Tomé el teléfono y marqué el número de Alejandra, sin embargo no estaba. Seguramente se había ido con su novio a algún lado después de mi fiesta.

Estaba cansada, así que me quité el pantalón de mezclilla, los tenis, y me acosté en la cama, con mi camiseta que tenía al personaje de Alf estampado. Saqué nuevamente el objeto de su caja, y ésta cayó sobre la alfombra. A la suave luz de la lámpara, los detalles del consolador se volvían más dramáticos. Los bordes y formas producían penumbras que contrastaban con las brillantes venas y pliegues. Viéndolo bien, era casi una obra de arte. No creo que le hubieran sacado un molde a un pene real, pero quién sabe. Se veía con tantos detalles. Comencé a imaginar cómo sería tener en mis manos uno real. Nunca había visto más que el de mi hermano menor, eso había sido cuando era yo una niña, y él un bebé, por eso no contaba.

Con las yemas de mis dedos dibujé sus contornos. Si Alejandra supiera que su regalo no había funcionado ¿qué pensaría? Seguro no se imaginaba que ahora lo tuviera tranquilamente junto a mí. Continué acariciando la suave textura. Se sentía rico. Comencé a sentirme húmeda, y esa sensación era placentera. El pene flexible tenía un olor peculiar, de goma, pero con un aromatizante. Era algo delicioso, y así se sentía. Así, que lo dirigí hacia mi labio superior, que es tan sensible. Lo pasé varias veces en mi piel, y sentí sus caricias, como si él también me correspondiera.

Entonces me llegó ese pensamiento contra el que no ejercí ninguna fuerza para oponerme. Lo dirigí hacia mi pubis. Lo pasé suavemente sobre mi vulva, sobre mi mojada pantaleta, acariciándome como nunca antes lo había sentido. El objeto se deslizaba fácilmente sobre la humedad de la tela, y hacía aparecer la forma de mi excitada vagina. Mi respiración se había agitado. Toqué mis mejillas que estaban calientes. Simplemente me bajé las pantaletas y abrí las piernas. Dirigí mi regalo especial hacia mi vagina, y comencé a acariciar mis labios menores con su cabeza. Se sentía delicioso. Con los dedos de mi otra mano comencé a acariciar mi clítoris.

El consolador se movía en diferentes direcciones, y cada roce sobre mis partes íntimas me ponía más caliente aún. Entonces sucedió. Fue como si cobrara vida, y por tanto tuvo personalidad. El objeto de goma se convirtió en un amante imaginario, la materialización de los amores que no se habían realizado. Mi primer pensamiento fue pensar que era Eduardo, mi profesor de computación. Imaginé que el pene artificial no terminaba en las bolas, sino que tenía cuerpo, manos, brazos, boca, que era Eduardo quien estaba conmigo en mi cama y quien tocaba mis secretos.

-¿Quieres entrar papacito? Le dije, mientras abría con dos dedos mi vagina, y vi cómo comenzaba a introducirse buscando paso entre mis labios vaginales.

Sentí cómo el suave material se comprimía un poco y cómo se doblaba para acomodarse a la dirección de mi interior. Me resultó bastante excitante ver el alargado miembro introducirse lentamente, y no pude evitar sonreír, aunque mi sonrisa era como una mueca debido a que los músculos de mi cara se tensaban de forma irregular. Lo seguí metiendo aunque comencé a sentir un dolor que me obligó a detenerme. Volví a las caricias que mis dedos proporcionaban a mi clítoris.

Debo confesar que no tuve el valor de metérmelo completamente esa noche, y creo que mi umbral de dolor no hubiera estado preparado para soportarlo tampoco. Sin embargo, aquel objeto se movía insistentemente entrando y saliendo de mi cuerpo. Recuerdo que lo levanté y besé los falsos testículos, sometiéndome a los deseos de mi amante imaginario. Fantaseaba con que Eduardo estaba conmigo y me hacía suya esa noche, y casi podía ver sus amplios pectorales que rozaban los erectos pezones de mis senos, que también eran acariciados por el artículo erótico, gracias a la humedad que estaba impregnada en su superficie.

En un momento, pareció dirigirse hacia mi ano. -¿Quieres ahí también, mi amor? Claro que sí – le dije, mientras lo dirigía hacia aquél virginal rincón. Y pude sentir cómo iba penetrando por ese otro orificio, gracias a la lubricación de mi vagina, que ahora tenía mojada toda la región. Me pareció que aunque al principio también tenía dolor, era alguna manera diferente al que había sentido por adelante. Digamos que este dolor sí lo podía soportar. Me sentí avergonzada por lo que estaba sintiendo, sin embargo mis dedos se enfocaron en continuar con las caricias del área clitóreal, y comenzaron a tomar un ritmo frenético. Saqué el vigoroso pene de mi trasero y lo empapé en mis fluidos que eran abundantes.

Restregaba sus contornos en mis ingles, el interior de mis piernas, y contra mis labios vaginales, que los sentía rozados. Pero mi cuerpo temblaba, podía sentir el sudor que mojaba mi almohada. Mis dedos se movieron cada vez más rápido, dirigí a mi amiguito hacia mi boca y comencé a mamarlo. En mi boca entraba completamente, aquí no había dolor que me limitara, y pude sentirlo hasta mi garganta. Lo saqué para lamerle la cabeza, y luego volví a chuparlo.

Mis propios dedos me volvían loca, y en momentos eran ineficientes substitutos de mi amante de plástico al introducirse entre mis labios vaginales, pero nuevamente volvieron a mi clítoris para darme uno de los orgasmos más exquisitos de mi vida mientras yo mamaba y gemía. Finalmente lo extraje de mi boca para llevarlo a su nuevo hogar: mi vagina. Lentamente me fui relajando, mientras mi inquilino continuaba moviéndose lentamente sin ningún cansancio, proporcionándome más minutos de sensaciones placenteras. De esta forma, poco a poco fui consiguiendo el sueño, aquel consolador compartió conmigo mi lecho, como un fiel compañero.

A la mañana siguiente, la voz de mi madre me despertó, pues íbamos a salir a La Marquesa, un parque nacional a unos kilómetros de la ciudad. Al abrir las cortinas mi madre, la luz iluminó las sábanas y una inseguridad se apoderó de mí al mirar mis pantaletas tiradas junto a la cama y la caja del regalo sobre la alfombra. Una vez que mi madre salió de la habitación, levanté las sábanas, buscando a mi nuevo amante, y una angustia me invadió al no encontrarlo. De repente me di cuenta que mi regalo no se había despegado de mí, estaba aún dentro de mi cuerpo, el muy hábil había logrado irse abriendo paso y ahora estaba metido hasta el fondo.

Todavía conservo aquel regalo como uno de mis más preciados tesoros. Y aún sigue acompañándome algunas noches. Su aspecto no ha cambiado, ni tampoco su vitalidad. Aún sigue teniendo las mismas ganas de hacerme suya como aquella noche inolvidable.

Autor: Susy

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