Mi nombre es Víctor, y después de leer varias historias me he animado en escribir la mía.

Esto me pasó hace varios meses, finales de septiembre; Mi esposa, Lara, y yo vivimos en un piso en las afueras de Madrid. En nuestra escalera hay 2 pisos por planta, tenemos 32 años tanto ella como yo, y los vecinos que tenemos en nuestra misma planta, son una pareja que, calculo yo, tendrán 2 ó 3 años menos que nosotros. Las paredes de las 2 habitaciones de matrimonio coinciden y muchas noches podíamos oír como lo hacían (y supongo que ellos también nos oirían a nosotros).

En esos momentos, Lara y yo hacíamos comentarios sobre lo excitante que resultaba saber que seguramente los vecinos nos estarían oyendo.

Una noche de sábado, coincido con la vecina, Celia, en el ascensor, venía de tirar la basura y estaba en bata y pijama de esos juveniles de 2 piezas, pantalón y parte superior, de la cual asomaba el cuello por encima de la bata.

Empezamos a hablar y le pregunté si, dado que era sábado, iban a salir de copas, me contestó que no, que últimamente pasaban unos fines de semana bastante aburridos; le dije que si querían venir a cenar a casa (no era la primera vez que cenábamos todos juntos). Me contestó que no a la cena, ya que ya tenía la suya en la mesa, entonces le dije, que después de cenar podrían pasar por casa a tomar una copa y jugar a algún juego de mesa; me contestó que le apetecía y que a lo mejor se pasaban.

Después de decírselo a Lara, le pareció bien, nos pusimos a cenar y después nos acomodamos en el sofá, una vez nos habíamos puesto el pijama, ya pensábamos que no vendrían cuando sonó el timbre.

Llevaban pijama y bata, traían una botella de JB y una película. Nos sentamos en el sofá los cuatro, y empezamos a hablar animadamente

Después de llevar más de una hora hablando y bebiendo, – ¿Queréis que ponga esta peli?- dijo Miguel levantándose y acercándose al video. – me la han dejado, me han dicho que es bastante buena.

– ¿Es subidita de tono? – pregunté – Un poco – sonrió.

En la pantalla empezaron a aparecer imágenes pornográficas, y los cuatro empezamos a hacer comentarios jocosos sobre las posturas y sobre los gemidos entre risas y bromas. Entonces Celia hizo el comentario que cambió el resto de la velada. – Hacen los mismos gemidos que vosotros- Primero se hizo un silencio, pero rápidamente Lara preguntó -¿cómo nosotros?- Yo ya sabía a que se refería, – Es que a veces os oímos a través de la pared; supongo que a vosotros también os pasará- dijo Miguel en un tonillo conciliador. – Si, es que estas paredes son de papel- zanjó el asunto Celia, en un tono ya bastante distendido. –

¡Joder! Si es que Celia se pone como una perra cada vez que os oye!- disparó Miguel – ¡Qué animal que eres! Contestó Celia mientras le daba un cachete.

Y así seguimos entre comentarios y bromas, pero cada vez menos, hasta que llegó un momento que sólo se oía la película; en ese momento estábamos todos bastante a tono. Ya casi tenía ganas de que se fueran para poder tirarme a Lara, mi mujer.

Un codazo cómplice de mi mujer hizo que dejara de mirar a la pantalla y la atendiera. – Mira a estos- me susurró al oído; me asomé con cierto disimulo y pude ver como ella tenía la mano dentro del abultado pantalón de él, masajeándosela lentamente. Estábamos los cuatro sentados en el mismo sofá, de izquierda a derecha Miguel, Celia, Lara y yo. Me volví a asomar y ahora él también tenía la mano dentro del pantalón de ella. Llegados a ese punto, Lara y yo empezamos a tirarnos mano, así como quien no quiere la cosa. Había un silencio total.

– ¿Hay más hielo? – preguntó Celia. -En el congelador- dije -¿Quieres que te traiga? – No, ya voy yo, no quiero interrumpir nada.

Se fue a la cocina, sólo con el pijama, sin la bata. Mientras nosotros, seguíamos con nuestros mimos, sin siquiera mirar a Miguel.

– No lo encuentro. – se oye desde la cocina.

Me levanté en dirección a la cocina, intentando disimular la terrible erección que tenía; pero no lo conseguí. Celia estaba con la nevera abierta, y agachada.

– Está ahí, en la primera bandeja… – le dije, ella se tiró un poco para atrás y mi polla entró en contacto con su precioso culo redondo, a los dos nos entró un escalofrío, me aparté un poco instintivamente y ella cogió el hielo, cerró la nevera, se incorporó, y giró hacia mí; las tetas parecía que iban a romper la parte superior del pijama de la cual sobresalían los pezones como si fueran dos botones.

Se acercó a mí, y me dijo al oído- No pasa nada, un tropezón lo tiene cualquiera- Luego se acercó a mi boca y me dio un beso, corto, eléctrico y húmedo. Me quedé parado, hipnotizado, mientras ella caminaba risueña, movimiento el culito respingón dentro de pijama y con el hielo en la mano.

Al salir al salón, Lara y Miguel estaban sentados aún mirando la película que ya acababa, Miguel seguía teniendo una erección considerable, lo que me hizo pensar si quizás sería a causa de mi mujer.

La película acabó, pusimos música y continuamos la fiesta bailando, cambiando de pareja constantemente.

– ¿Habéis hecho algo?- le pregunté a Lara mientras bailaba con ella. – No – me respondió en un tono sospechoso.- ¿Y tú? – Me ha pegado su culo a la polla, sin querer, cuando estábamos en la cocina.

– Ya, ya, sin querer…- Que mal pensada que eres. – ¿Ya os habéis cansado de bailar? dijo Lara dirigiéndose a nuestros vecinos, que estaban besándose y metiéndose mano descaradamente.

– No venga, que no decaiga la fiesta. – Dijo Miguel, cogiendo a mi mujer por la cintura y empezando a bailar salsa. Los roces eran inevitables, y con el pijama, la polla de él iba tropezando todo el rato con el culo de Lara, mi mujer.

En eso que empezó una canción lenta, nos pusimos a bailar cogidos, cada uno seguíamos con la mujer del otro, yo ya tenía intención de cambiar, y recuperar a mi mujer, que estaba recibiendo un magreo que quizás rozaba lo permitido, pero no querida quedar como el típico celoso y pensé que esperaría que otro propusiera volver cada uno con su pareja.

Celia, mi vecina, se apretaba cada vez más contra mí, mi erección provocaba que la punta de mi polla, estuviera en contacto permanente con su monte de venus. En ese momento y cuando más a gusto estaba con Celia, oí una risa corta y excitada de mi mujer, un pequeño “jaja” nervioso e inconfundible para mí, y que me indicaba que ella, estaba totalmente excitada, era una risa que siempre se le escapaba, por ejemplo cuando estoy rozándole con la nariz los pelillos del pubis antes de comerle él chochete.

Miré hacia donde estaban y no podía creerlo, mi vecino estaba bailando con ella y tenía las manos cogiéndole el culo por dentro del pantalón del pijama. Mi corazón se puso a latir muy deprisa, no podía creer lo que había visto, seguí bailando con mi vecina Celia y volví a dar la vuelta de prisa para volver a mirar y confirmar lo que había visto.

Cuando volví a mirar, acababan de dejar de bailar y se dirigían hacia el sofá, no sabía si ir a aclarar lo que pasaba, o dejarme hacer por mi vecina, que en estos momentos me estaba regalando algunos besos en el cuello. Me debatía en la duda sobre que hacer.

Seguí con Celia, mi dulce vecinita. Ya no podía más, le metí las manos dentro del pijama a mi vecina y le cogí el culo, y empecé a apretarlo contra mí, ¡qué culo, más duro y redondo que tenía la condenada!, ella se acercó a mi boca y nos empezamos a besar frenéticamente, le bajé los pantalones todo lo que puede y ella se los terminó de quitar con las piernas sin dejar de besarme, hicimos lo propio con los míos, nuestra respiración era entrecortada, e íbamos acelerados.

Rápidamente, ella empezó a pajearme y se puso de rodillas y se la introdujo en la boca, primero con ansia metiéndosela toda hasta dentro, luego solo la punta, jugando con la lengua y lamiéndome hasta los huevos, yo respiraba profundo intentando evitar una eyaculación demasiado pronto. En ese momento oía la respiración excitada de mi mujer que poco a poco se convertía en gemidos, ya no me acordaba de ella, los gemidos se hicieron cada vez más fuertes, miré hacia allí y estaba sentada en el sofá, totalmente desnuda, con los pies apoyados en la mesa de centro, mi vecino estaba entre sus piernas comiéndole el clítoris, (lo que más le gusta).

Ella gemía con la cabeza hacia atrás, mientras ponía sus manos debajo de su culo para facilitarle a mi vecino la entrada de la lengua en el coño, y movía las caderas rítmicamente a los lametones de Miguel. El se incorporó, ella le cogió la polla, puso la punta en la entrada a su cuevecita, y Miguel empezó a bombear, los gemidos aumentaron de tono, se puso como nunca la había visto, decía cosas como “joder que bueno, metémela, más adentro”, “no quiero que esto se acabe en toda la noche”.

Volví a mirar a mi vecina, que seguía haciéndome una mamada excelente en mi polla, y no pude más, le descargué toda la leche en su boca, ella tragaba todo lo que podía, y aún así le resbalaba por la boca, la cogí en brazos, y la tumbé en la mesa del comedor, empecé a comerle el coño, ella aún seguía tragando semen que tenía en la boca, y empezó a gemir, levantaba el culo para que llegara lo más posible con la lengua dentro del coño, desde donde yo estaba, veía perfectamente a mi mujer, que seguía recibiendo embestidas de Miguel, mi polla seguía durísima…

Le pregunté a mi vecina, – ¿Quieres que te la meta? – Celia, que no paraba de gemir, dijo, que si, que le rompiera el coño…

Esas palabras me pusieron como un toro, dejé de comerle el coño, me incorporé y se la metí de un golpe, un adorno que había en la mesa cayó al suelo y se rompió, daba igual, empecé a follarme a mi vecina de forma salvaje, las gotas de flujo que caían de su coño mojado, me resbalaban por la pierna y se mezclaban con mi sudor.

Desde donde estaba, tenía de cara a mi mujer, que seguía recibiendo embestidas y gemía como una posesa, me miró con los ojos entornados por el placer, y me sonrió, estábamos follando con personas diferentes y estábamos mirándonos a los ojos como cuando follamos nosotros.

En ese momento Miguel estaba a punto de correrse, el tono de sus gemidos así lo indicaban, Lara se subió a él cogiéndose del cuello, como si quisiera que le entrara más adentro aún. Tuvieron una corrida con unos gemidos que parecían gritos.

Nosotros también estábamos a punto de acabar, mi vecina estaba como loca, se movía encima de la mesa, gemía, gritaba, se pellizcaba los pezones, y al final acabé corriéndome otra vez, dentro de su coño, cogiéndola por la cintura, apretándola contra mí para que estuviera lo más dentro posible, los espasmos eran bestiales.

Nos quedamos rendidos.

Autor: Víctor

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