Era una tarde lluviosa, estaba sola en casa y sentí unas inmensas ganas de ser acariciada, tocada, besada. Estaba yo, conmigo, recostada en mi cama cuando me atreví a tocar, me atreví a imaginar, me atreví a entregarme el placer más grande que en ese momento estaba necesitando.

Pero sentí miedo de tocarme, de pensar que eso que estaba haciendo era prohibido, era pecado, estaba mal visto por la religión y la sociedad, me sentía ya condenada y observada como la loca desquiciada que se atrevía a darse placer.

Mas no me importó, dejé de escuchar esos pensamientos que entristecían mi ser y dejé que mis manos llenaran de satisfacción la necesidad de mi cuerpo. Y aún sintiendo una gran culpa mientras más placer me entregaba, comencé a vivir nuevas experiencias en mi cuerpo, nuevas sensaciones me invadían, y más miedo sentía. Miedo a sentir tanto placer. Pero era algo tan rico, que no quería que terminara, y en una lucha de pensamientos llenos de culpabilidad contra sentimientos atascados de gozo, de pronto, mi respiración agitada se contuvo, mi cuerpo se estremeció y tembló, apreté fuerte todos mis músculos, quería gritar y lo único que pude pronunciar fue: OH DIOS!!!! Y como si un rayo me iluminara y recorriera todo mi cuerpo, un orgasmo se apoderó de mi por primera vez. Sentí pavor! Nunca tanto placer me había hecho estremecer. Estaba empapada, la piel de todo mi cuerpo estaba erizada, húmeda, temblorosa. Fue un momento mágico, espiritual.

Creo que nunca había sentido tanta libertad como en ese momento, ese orgasmo rompió las cadenas que me ataban a las creencias mutilantes de la religión, de la sociedad, de la familia, de mi educación. Me sentí completamente libre, pero solo por ese instante.

Mi cuerpo me pedía más placer, estaba en verdad muy caliente, la sangre hervía por mis venas y mi corazón galopaba en mi pecho. Me dejé llevar una vez más por el deseo de sentir placer, de comprobar que en verdad no tenía nada de malo ni de pecaminoso sentirme deseosa de eso que tanto bien me había hecho. Seguí tocándome, acariciándome, estimulándome hasta que esas cosquillitas burbujeaban en mi vientre y sabía que algo muy rico iba a pasar, y en vez de detenerme, como siempre lo hacía, por miedo a sentir placer, por miedo a no saber hasta dónde iba a llegar, me dejé llevar, me di permiso de sentir más y más, y no solo uno, sino varios orgasmos estremecieron mi cuerpo y nuevas y maravillosas sensaciones conocí ese día. Sin quererlo, con cada orgasmo invoqué a Dios, sentí que una luz purísima invadía y recorría mi cuerpo, me hacía brillar intensamente. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Estaba conmigo, con mi diosa, creando la mágica conexión entre mi sexualidad y mi espiritualidad. Me sentí poderosa, grandiosa, descubrí a mi guerrera interior, a la salvaje que habita en mí, a la niña que goza haciendo lo que le gusta.

Fue entonces cuando valoré y admiré mi cuerpo tal y como es, aprendía a amarme incondicionalmente, aprendí a no buscar fuera lo que llevo dentro. Aprendí a vivir mi sexualidad desde la espiritualidad.

Y ese día comprendí, que el orgasmo es un encuentro con Dios en la cama.

Escrito por Shiva.

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