Hacía calor, hacía mucho calor. Aquel verano en el apartamento de la costa pasamos más calor que nunca antes. Yo salía muy de mañana para la playa y mi madre se reunía con las demás mujeres del edificio para bajar a la piscina y, alguna que otra vez, también a la playa. A la hora del almuerzo charlábamos animosos de las cosas del día y después de recoger echábamos, invariablemente, la siesta. En plena canícula con la habitación en penumbras levemente iluminada por los destellos de la tele y la suave salmodia del sonido bastante atenuado de los cansinos programas estivales era todo un placer amodorrarse y echar una cabezadita. El aparato de aire acondicionado portátil estaba, como no, en la habitación de mis padres; el otro minúsculo cuarto en el que yo pasaba las noches daba a la fachada sur y el sol pegaba todo el día de manera que su atmósfera era tan densa y cálida como el aliento de una bestia. Mi madre y yo nos recostábamos en la cama de matrimonio en busca del reparador sueñecito matinal. La suave caricia del aire refrigerado sobre nuestros cuerpos convertía aquella habitación en el único espacio amable del apartamento. Estabamos a mediados de julio. Mi padre tendría su mes de vacaciones en agosto y sólo se pegaba el atracón de kilómetros hasta Alicante uno o dos fines de semana durante el resto de la temporada veraniega en la que, sin embargo, mi madre y yo, hijo único y mimado de 17 años, adorábamos abandonar Madrid.

Mi madre, con el mismo bikini con el que había bajado a la piscina, se recostó sobre la cama y yo, a su lado, también en bañador, como tantas veces había hecho me disponía también aquel día a dormir un rato. El muslo de mi madre tocó mi muslo. Estábamos los dos boca arriba y la quietud era absoluta. El muslo de mi madre seguía en contacto con el mío como otras tantas veces en el pasado pero el calor de ese muslo femenino, en aquel momento, despertó una sensación que nunca antes se me había hecho consciente. La miré. Miré a la mujer que dormitaba a mi lado. Miré a mi madre y de repente su cuerpo cobro relieve, se me hizo presente. De repente se me revelaron aspectos de su cuerpo en los que nunca hasta entonces había reparado. Mi madre se hizo carne en la canícula de aquel día estival. Miré su pecho. Escuché su respiración y me deleité con la vista de su busto al inhalar y expulsar el aire. Miré su vientre levemente hinchado y me detuve en la contemplación de sus abiertos muslos, en la braga del estampado bikini. Comprendí que allí, bajo la tela, había lo que suponía un frondoso monte de Venus y una rozagante vagina y tuve, era inevitable, una erección. Sentí vergüenza, sentí pudor y me giré para ocultar la tensión de mi bañador. De espaldas a mi madre intenté calmar esa inesperada agitación que me sobrevino pero apenas la pude controlar y el deseo de seguir ahondando en el recién descubierto placer de mirar el cuerpo femenino me llevó a girarme para contemplar a gusto el de la mujer que tenía a mi lado. De nuevo reparé en sus pechos y otra vez mis ojos se clavaron en su pubis. Fue entonces cuando mi madre, a su vez, se giró, y fue entonces también cuando su culo tocó mi polla. Quedó pegada a mi. Ahora no podía ver de su cuerpo sino su perfil. El hombro izquierdo, su oreja levemente tapada por su corta melena y un ojo negro que me pareció se abría. Traté de separar mi pene del contacto del culo de mi madre pero mi erección era cada vez mayor y tampoco quería renunciar del todo a aquella deliciosa sensación que se concentraba en mi perineo así que me abandoné, irresponsable y ausente, al placer de sentir en mi sexo la presión voluptuosa de unas nalgas. Oía su respiración y sentía, casi incontrolada, la mía. El resto era silencio y una luminosa penumbra. Permanecimos así, al menos, media hora. Era hora de levantarse pero ni yo ni mi madre dábamos muestras de querer hacerlo. Fue ella la que al fin se incorporó. Abrió un poco más las persianas y abandonó la habitación. Esperé un poco para levantarme. Mi madre estaba en la cocina. Como siempre o, quizás, de aún mejor humor. Me preguntó si iba a volver a la piscina.

Estuve toda la noche y todo el día siguiente anhelando y a la vez temiendo que llegara la hora de la siesta. Como no pude contener del todo el nerviosismo me adelanté a mi madre y fui el primero en acostarme en la amplia cama de la habitación de mis padres. Cuando llegó mi madre y se recostó a mi lado ya pensaba que no vendría. Me puse de lado para observarla pero tan solo unos minutos más tarde mi madre se giró para quedar muy cerca de mi cuerpo. Al cabo de unos movimientos y de un breve espacio de tiempo ya estábamos apoyados el uno contra el otro. Su culo embutido en la braga del bikini tocaba mi polla replegada, pero alerta, en el interior del amplio bañador. Había sido ella, me repetía, la de la iniciativa. Había sido ella la que había propiciado, esta vez sí, el contacto. Me sentía orgulloso y satisfecho. Reía por la suerte que tenía y la oportunidad que se me brindaba. ¡Que suerte la mía¡. Al rato, sin embargo, y procurando moverme lo mínimo para prolongar aquel momento, mi mente albergaba la duda de si todo aquello que mi imaginación suponía no era sino fruto, injustificado, de esa misma desbocada e ingenua imaginación mía. Quizás mi madre solo procurara el arrimo a mi cuerpo como resultado instintivo de buscar la postura más cómoda. Quizás ni reparara en la dureza de mi miembro sobre su culo. Pero a la vez me decía que algo sí que tenía que notar, aunque tal vez para ella no tuviera la menor importancia. Era sólo yo, adolescente salido, el que otorgaba un sentido a aquel acto natural e intrascendente de dormir la siesta pegado al cuerpo de mi progenitora. De cualquier manera, superando mi incipiente y débil culpabilidad, iba a disfrutar de aquel oasis de sensualidad que se me presentaba todo lo que pudiera y al tercer día se produjo un hecho que alimentó mis deseos hasta cotas insospechadas. Cuando me recosté la sobremesa de ese tercer día junto a mi madre esperando el momento de dejar sentir sobre sus glúteos toda la longitud de mi cada vez más excitado pene reparé casi temblando de emoción en que mi madre no llevaba su habitual bikini sino que se había echado en sujetador y bragas. Cuantitativamente era exactamente lo mismo que verla en bikini pero, por lo menos para mi, existía una sutil diferencia. Una diferencia conceptual si se quiere pero el matiz de saberla en ropa interior introducía un nuevo elemento en aquel juego; subía un grado, o dos, en la intensidad de lo que yo ya reconocía como algo no meramente casual. Era un discreto conjunto color salmón de braga con banda elástica ancha y un sostén que, eso sí, le subía el pecho más que las prendas de baño. Me pareció que su monte de venus abultaba bajo la tela de la braga más de lo que abultaba bajo el bikini.

Clavé mis ojos en su entrepierna y tuve, ¡Oh dioses!, la recompensa merecida a mi celosa vigilancia porque, aunque fue tan rápido como intenso, los dedos de mi madre ahuecaron para ajustársela la parte superior de la prenda y pude atisbar, aún en la semipenumbra de la habitación, el inicio de un rizado y compacto bucle de vellos. Acto seguido me di la vuelta y con la polla a punto de reventar adopté, expectante, la posición que días anteriores tan buenos momentos me había procurado. Esperé, esperé, y esperé remirando el cuerpo de mi madre que boca arriba parecía dormitar y, ¡Oh dioses!, también ese día se giró y decúbito lateral su culo vino a reposar sobre mi torturada polla. La instantánea de los vellos de su coño apareciendo insistente en mi mente no me abandonó durante la casi hora y media que duro aquella siesta adorable y lasciva. No era gran cosa lo que me había puesto tan caliente; lo se. Sin embargo, que yo recordara, esos vellones de pelo púbico eran lo más íntimo que le hubiera visto jamás a mi madre. No es que fuera tan recatada como para hurtarse a las más mínimas miradas o que sintiera por su cuerpo un celo desmedido sino que, muy probablemente, yo no había reparado antes en que su cuerpo guardara encanto alguno y, también muy probablemente, las veces en que la había visto ligera de ropa pasara por ella como quien pasa por el paisaje más anodino y conocido. Por lo regular mi madre subía de la piscina con la parte superior del bikini al aire y un leve pareo cubriendo sus caderas del que se desprendía al entrar en nuestro apartamento. Ayer no me di cuenta del momento en que se cambió pero hoy, ya excitado, estuve muy atento a sus movimientos. La observé cuando entró a su dormitorio y también cuando inmediatamente después se introdujo en el baño. Salió de allí cubierta con una camisola de un color entre naranja y amarillo. Cuando trasteaba en la cocina preparando el almuerzo mis ojos escrutaron con tenacidad el atuendo y descubrieron que debajo no estaba ya el bikini de estampados azules sino, de nuevo, unas bragas. Lo deduje porque el color era liso y porque las costuras que se marcaban en torno a su culo eran tenues, menos gruesas que las que deja, normalmente, un bikini. Hoy, si todo marchaba con arreglo a la rutina de los últimos días, iba a disfrutar de otra magnífica y enervante siesta. Me dirigí no bien hube deglutido el postre y después de pasar por el baño para cepillarme los dientes, me dirigí, digo, derecho a la cama de mis padres. Tuve la precaución de abrir un poquito más las persianas para que la luz entrara menos tamizada y me acosté boca arriba a la espera de la entrada de mi madre.

Cuando lo hizo se desprendió de la camisola y pude confirmar que, en efecto, llevaba unas bragas. La prenda, azul celeste, tenía un lacito en la parte superior. Parecían de algodón y eran, eso si, más breves que las del día anterior. Cuando me dio la espalda para ajustar el volumen del televisor pude comprobar que dejaban al aire parte de sus glúteos, la parte no bronceada. Se tumbó, finalmente, a mi lado; también boca arriba. Algunos vellos de su pubis se escapaban por la parte superior de las bragas y asomaban uno o dos rizos por los laterales. Cuando se giro 180 grados para situarse boca abajo con la cabeza girada hacía el lado contrario en el que yo me encontraba ahuecando la almohada y asiéndola con sus dos manos, el espectáculo que me brindó fue, quizás por lo novedoso, aún más excitante. Eran tales mis deseos de contemplar en toda su plenitud lo que ahora sólo podía imaginar que cometí lo que entonces no sabía si era la mayor de las torpezas, el mayor de los errores. No lo pude resistir y me levanté de la cama para dirigirme, eso iba a pretextar si me interrogaba, hacia la cocina; que tenía sed, le diría, pero mi intención era deleitarme con la visión de la entrepierna de mi madre vista desde atrás. Quería saber donde se perdían los lados de sus bragas y retratar en mi retina los ribetes de su chocho levemente ocultos por la tela y salpicados, aquí y allá, de delicados y suaves pelillos. Cuando volví de mi ficticia excursión a la cocina mi madre seguía tal y como la había dejado: boca abajo. ¡Si, si, si, si¡ allí estaba, ante mi vista, allí estaba tal como imaginaba el hueco promisorio de la entrepierna de mi madre orlado de hirsutos y furtivos pelillos que escapaban, rebeldes y osados, de los laterales de sus braguitas azules. No quise levantar la liebre y cuando creí que sería imprudente seguir allí apostado mirando su culo me tumbé muy cerca de ella, lateralmente y mirándola. También aquella tarde el cuerpo menudo y voluptuoso de mi madre vino a acomodarse en el hueco de mi vientre. También aquella tarde sus bragas contactaron con mi bañador. También aquella tarde un hinchado pene reposó en sus nalgas la tensión de un volcánico deseo. Me lamenté al cabo de mi propia estupidez, de mi escasa perspicacia. ¿cómo es que yo, si ella lo había hecho, no me había desprendido de mi bañador? ¿cómo era que no estuviera, yo también, tapando mi desnudez con unos calzoncillos? ¡Qué imbécil había sido¡ ¡Qué torpe¡. Si tenía otra oportunidad, si mañana se me daba la ocasión y no había razón alguna para suponer lo contrario, de la piel de mi madre solo me separarían sus bragas y unos tenues slips. Pasó el tiempo delicioso de aquella siesta. Mi madre se levantó y se colocó de nuevo la camisola. Cuando yo me decidí a hacer lo propio, ella estaba en la cocina bebiendo agua. Me comunicó que iba a bajar de nuevo; que todas las amigas habían decidido ir un rato a la playa y me preguntó si iba a bajar también yo a la piscina. No, quizás más tarde, le dije. Prefiero ver la tele un rato. Se marchó. Mi mente, sin embargo, no paraba de traer a mi memoria las últimas imágenes de su cuerpo y unas ganas locas de hacerme una paja hicieron que me percatara de que mi madre se había cambiado de nuevo para bajar a la playa. Allí estaban, en efecto. Sobre un lateral de la cama perfectamente doblado aparecía el sujetador y debajo, plegadas también, las bragas. Las prendas con las que hacía escasos minutos dormitaba mi madre se ofrecían inertes a mi curiosidad de adolescente salido. Memoricé la secuencia de los pliegues y me llevé las bragas al baño. Cerré el pestillo y las desplegué sobre el mueble del lavabo. Estaban aún tibias. El chocho de mi madre había dejado la huella de su humedad en la felpa y también el rastro de unos cuantos pelos que me llevé a los labios. Yo diría que podía hasta perfilarse la silueta de su sonrisa vertical. Abracé mi polla con la prenda; el glande rozó una y otra vez el lugar donde intuía que unas decenas de minutos antes había reposado el agujero vaginal de mi madre. Para cuando decidí llevármelas a la nariz mi excitación era tal que una leve sacudida de mi mano bastó para disparar abrupta y torrencialmente toda la carga de mis hinchados y doloridos huevos. Al cabo de tan rotunda eyaculación me sentí abatido, casi arrepentido de lo que había hecho. Doblé las bragas con sumo cuidado y las deposité tal como las había encontrado en el lateral de la cama. Me sentía desolado. Tanta energía contenida se había disipado en un vacío tremendo que se adueño de mi organismo. Mi mente quería ponerse en otra cosa y decidí bajar a la calle. Cuando me cansé de deambular ya mi madre había regresado. Vestía la camisola semitransparente de andar por casa y pude comprobar que no llevaba sujetador y que las bragas eran las mismas de antes. Las mismas en las que yo había dejado el rastro de mi polla y que, seguramente, su chocho estaría tocando el mismo trozo de tejido que antes había estado en contacto con mi erecta y babeante polla. Eso bastó para volver a encenderme el deseo; para diluir el vacío que asalta a todos los mamíferos tras una corrida. Fue breve, sin embargo, el momento de júbilo. Mi madre me anunció que esa misma noche llegaría mi padre para pasar el fin de semana con nosotros.

Esa noche no dormí. ¿Por qué puta razón mi padre se había decidido a venir precisamente ahora? ¿Por qué no lo había hecho antes? ¿Por qué, por qué ahora?. Mierda. Sentí celos. Cuando al filo de las once de la noche llegó pretexté estar cansado y apenas si lo saludé. No iba a ser fácil soportar que otro hombre durmiera abrazando a mi madre por mucho que fuera su marido y mi progenitor. Me imaginaba a mi madre ofreciéndole su cuerpo y de repente me entraban ganas de irrumpir en su habitación para detener tal profanación .Estuve de mal humor durante todo el sábado, incluso desagradable, y sólo cuando fui consciente de que el momento de su partida se acercaba, a eso de la hora del almuerzo del domingo, cambié de actitud. Al fin y al cabo unas horas más tarde estaría de nuevo a solas con mi madre. Albergaba, no obstante, serías dudas acerca del futuro de mi aventura. A lo peor la presencia de su marido despertaba en el ánimo de mi madre alguna reticencia; era probable que el secreto mecanismo que había posibilitado hasta ahora mi acercamiento ya no funcionara. La incertidumbre tampoco me dejó dormir la noche del domingo.

La mañana del día siguiente me levanté tarde a posta. Deseaba que lo que restaba de día hasta la hora de la siesta pasara en un suspiro. Las horas hasta ese momento carecían del menor significado para mí; eran un lastre, un mal trago, la peor de las penitencias. Regresé de la piscina junto con mi madre. En el ascensor hasta nuestro piso no paré de hacer bromas; imité los comportamientos más notoriamente peculiares de nuestros vecinos de hamacas y mi madre no paró de reír y, al tiempo, de recriminarme tan grotescas burlas. Se acercaba la hora. Mi madre se dirigió al baño. Oí correr el agua de la ducha. Cuando salió tenía el pelo mojado y olía delicadamente a aloe, me pareció que efectivamente ya no llevaba el bikini. ¡Y tanto que no¡. Los pezones de sus pechos se marcaban claramente en la sutil camisola. Terminamos de almorzar y fue ella quien ésta vez se encaminó antes a la habitación no sin antes ordenarme que fregara los platos. Cuando intentando disimular mi precipitación y nerviosismo entré en el cuarto donde mi madre dormía su siesta, la penumbra existente me desconcertó. Era evidente que había disminuido la abertura que yo había dejado entre las lamas de las persianas. Supuse que un asomo de pudor la llevó a disminuir la claridad con la que podría verla sobre la cama. Me situé de pie frente a la cama y procedí a quitarme las bermudas para quedar, yo también, en ropa interior. Mi madre estaba tumbada boca arriba. Podía distinguir sus blanquísimas bragas y, por primera vez, la mancha oscura de sus pechos. Me empalmé de inmediato y acudí presto a acostarme junto a ella; también boca arriba. Cuando mi vista fue haciéndose a la oscuridad aparecieron antes mis atónitos ojos las rotundas cimas de sus tetas coronadas por dos amplias aureolas de las que el pezón apenas si destacaba. Era la primera vez, como digo, que contemplaba las tetas de mi madre así que mi erección amenazaba con desbordar todas mis previsiones y más cuando, ahora reparaba en el detalle, bajo la leve curvatura adiposa de su vientre, el bulto de su enmarañado pubis amenazaba con romper el vaporoso tejido que a duras penas conseguía contenerlo. Estuve unos minutos absorto; atento tan solo a la respiración de aquella criatura que parecía dotada de vida propia. El abultamiento oscuro de la parte frontal de las bragas de mi madre obraba sobre mi atención una irresistible fuerza que supe vencer únicamente porque podía tener una recompensa mayor si las cosas sucedían como era previsible que sucedieran. Así que con un gran esfuerzo de la voluntad me puse de lado para poder seguir mirando y con la esperanza de que un movimiento de mi madre terminara de llenar mis expectativas. Si así era, sus nalgas contenidas en la suavidad de la blanca lycra estarían rozando mi paquete en breves instantes.

Y así, ¡oh lujuriosos dioses!, así fue. Repegados, mi polla a su culo y su culo a mi polla, permanecimos largo rato. Había, de mi parte y de la suya, leves movimientos; delicados vaivenes para hacernos sentir la carnalidad de ambas texturas pero muy sutiles por miedo, al menos de mi parte, a romper el clima del momento. El calor que se desprendía del trasero de mi madre, la presión y los movimientos me estaban llevando a una situación crítica. Sentí con un sudor frío que la situación se me escapaba y entre un tumulto de pensamientos por las consecuencias inmediatas me corrí como creo que no lo había hecho nunca. Noté la densa erupción expandiéndose por mis cortos slips e igualmente, con horror, como la humedad se extendía por las bragas de mi madre. Como quiera que mi glande estaba prácticamente fuera del borde superior de los calzoncillos no hubiera sido extraño, pensé aterrado, que algún chorro percutiera directamente contra la tela de su delicada prenda íntima. Estaba a punto de iniciar una secuencia de peticiones de perdón, de súplicas y excusas dirigidas a mi madre cuando ésta, alargando su brazo por encima de mi muslo, lo acarició una y otra vez; su mano tibia supo hacerme comprender con aquel gesto que mis temores no eran fundados; ese gesto amable y dulce de mi madre venía a decirme que comprendía lo que me había ocurrido; que era natural y bastante probable que mis torturados testículos no soportaran tanta presión. De repente me sentí liberado. Lo que unos segundos antes viví como el peor momento de mi existencia se convirtió por obra de un simple gesto suyo en uno de los momentos de mayor comunión y complicidad que jamás hubiera podido soñar con mi madre. Al concluir la siesta mi madre me preguntó si estaba dormido y después de oír mi respuesta me participó su intención de bajar a la piscina. Yo iría un poco más tarde, le dije, y seguí tumbado en la cama. Sólo después de escuchar el cierre de la puerta de entrada decidí levantarme. De la cesta de la ropa sucia, era la última de las prendas, rescaté unas bragas blancas impregnadas de semen por su parte trasera e igualmente mojadas por su parte frontal. El olor de la humedad de mi madre me encabritó de nuevo y mi polla, flácida y cohibida después de tan inoportuna y traicionera corrida, volvió a cobrar rigidez, a tomar confianza. En efecto, a mi madre aquel lance, a juzgar por la profundidad y densidad de los rastros líquidos impresos en la felpa de sus bragas, tampoco la había dejado impasible.

Estaba claro que el juego que tácitamente se había iniciado entre nosotros iba quemando etapas con la incertidumbre añadida, además, de no conocer donde estaba la meta. No habíamos intercambiado ni una sola palabra sobre lo que estaba ocurriendo y sin embargo, en todo lo demás, nuestra vida y los comportamientos del uno respecto al otro transcurrían con la plena normalidad que siempre habían tenido. Hoy, suponía, mi madre actuaría en la siesta al menos como ayer. Cabría esperar, sin embargo, que yo no volviera a incurrir en el lance de prorrumpir en tan aparatosa incontinencia. Me propuse domeñar mis impulsos para no defraudar y “manchar” de nuevo a mi madre. Por la mañana estuvimos en la playa con su amiga Mercedes y la cuñada de ésta. Hicieron algunas bromas sobre las chicas que en topless tomaban el sol cerca de nosotros y sostuvieron alguna que otra controversia sobre la moda de ponerse tetas a toda costa. Fui preguntado por mis gustos y les dediqué unos cuantos piropos a las maduritas allí presentes ponderando su atractivo por encima de las chicas de mi edad y confesando, con medias palabras eso si, que elegiría antes a cualquiera de ellas que a las rutilantes jovencitas de alrededor. Miraba de soslayo a mi madre que sonreía abiertamente con mis ocurrencias. Llegamos de buen humor a casa y me metí directamente en la ducha mientras mi madre, como era costumbre, terminaba de preparar el almuerzo. Recuerdo que eran espaguetis. Salí de la ducha y mi madre me encargó poner la mesa mientras ella aprovechaba , a su vez, para “darse un agua”. Cuando concluyó y mientras escurría el agua sobrante de la pasta clavé mis ojos en su culo. Cuando, de espaldas a donde yo permanecía, preparaba la salsa, también igualmente, clavé mis ojos en su trasero. No había rastro de marcas en la tela de su camisola. Ninguna costura, por leve que fuera, aparecía debajo de la tela del ligero vestidito de algodón. ¿sería posible que mi madre no se hubiera puesto bragas? ¿existiría la posibilidad de que debajo de aquel breve y veraniego trajecillo mi madre estuviera completamente desnuda?. Mi pene cobró ante aquella elucubración una pujanza que me costó disimular tras la bermuda. Me encargué tras finalizar de almorzar de fregar los platos y recoger la cocina. Por su parte, mi madre, tan pronto como terminó de morder su última rodaja de melón, se cepilló los dientes y se introdujo en el ámbito semioscuro y fresco de su habitación. Terminé casi frenéticamente de recoger la cocina para luego, aparentando serenidad, ir a reunirme con mi madre. Estaba recostada de lado y, efectivamente, desnuda. La blancura de su culo destacaba del resto moreno de su piel. Me desnudé y me tumbé a su lado sin tocarla. Pasé unos minutos estudiando la mejor manera de acercarme a ella y deduje que convendría agarrarme el pene pegándolo a mi estómago al tiempo que acercaba mi cuerpo a su blanco y desnudo trasero. El primer contacto no tendría así, pensé, demasiada insolencia. No convenía esgrimir mis armas como ariete dispuesto a abrir a empellones una brecha en las defensas. Había que moverse con cautela, convenciendo al enemigo de la bondad de las intenciones. Cualquier otra estrategia acabaría en derrota. Al contacto de mi pene en su culo mi madre se estremeció; leve pero perceptiblemente. Era normal. Por muy familiar que le fuera, o precisamente a causa de ello, una polla en erección rozaba sus desnudos glúteos. Los minutos pasaban y con los movimientos de mi madre y los míos, menos sutiles, mi polla fue incursionando en la ranura de su entrepierna. Mi respiración se oía agitada y mi madre emitía leves jadeos, casi inaudibles sonidos. Sentía en mi glande el calor de aquel misterioso espacio cuando, de súbito, un cosquilleo de una naturaleza que no conocía me dejó unos segundos en suspenso: los hirsutos pelillos del coño de mi madre me daban la bienvenida. El roce de la delicada floresta que anunciaba la inminencia de la gorgoteante gruta fue tan exquisito que derramé unas gotas de semen. Al instante al menos un cuarto de mi polla se coló entre los resbaladizos labios mayores de mi madre que gimió más fuerte al tiempo que daba un ligero movimiento de escorzo a su pelvis. Estaba follando, sí; pero además estaba follando con mi madre.

Continuara….
josepablo

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