Hola, como están, soy Max de seguro me recuerdan de mis historias anteriores. Hace aprox. 2 meses me fui de vacaciones a la costa con una amiga de toda la vida. Ella tiene más o menos mi edad, se cuida como yo, le gusta mucho tirar y los palos gruesos como a mí, pero tiene algo que yo no: un marido que la adora y que dicho sea de paso está bien bueno…

Si, yo le he echado el ojo, pero más nada, pues respeto a mi amiga y nada que ver, su marido está prohibido. Bueno a ese viaje me invitaron con derecho a llevar un amigo, invité a Jeffrey el del cuento anterior, pero a última hora le salieron unos pedidos urgentes, estaba escaso de personal y no pudo acompañarme. Bueno, a veces a mi me gusta estar un poco sola y con mi amiga y su familia me esperaba un fin de semana de relax. Al menos eso creía yo.

El viernes llegué temprano al exclusivo conjunto residencial donde tienen su town house playero; al esposo de mi amiga le va súper bien y hace un par de años se compraron esa propiedad en la playa que realmente esta divina; yo los he visitado allí varias veces con distintos amigos y se pasan unos días muy buenos. En fin, mi primera sorpresa fue que el hijo de mi amiga, Roberto, a quien yo cargué, cambié pañales, con quien jugué a las escondidas etc. y hoy con sus hermosos 18 añitos nos acompañaba esta vez en el fin de semana. Hacía tiempo que no lo veía, pues ustedes saben bien que a los jóvenes les gusta perderse de vista, yo solo sabía de él por su madre quien me contaba sus correrías y como las niñas no lo dejaban en paz. Pensaba que eran exageraciones de madre súper protectora, pero al verlo me di cuenta de que no.

Alto, rubio casi platino como el padre, pero bronceado como la madre, de amplios hombros, estrecha cintura y brazos y piernas con músculos bien formados, se me antojaba como una de esas estatuas griegas (el padre tiene ascendencia griega), el chico había dado un vuelco toral y se perfilaba como un hombre muy apetecible. Con todas las prerrogativas de “tía” me acerqué y le estampé un beso en esa quijada fuerte y cuadrada, muy a lo Jean Claude Van Dame. “Hola, Tía” me dijo con voz roncota que me estremeció. Pero una campanita sonó en mi cabeza recordándome que era el hijo de mi mejor amiga y… bueno, era mejor evitar. Pasamos el resto de la mañana los cuatro en la piscina del conjunto y en la tarde fuimos a navegar; en un yate pequeño pero lujoso cortesía de un amigo de mi cuñado “el millonario”.

Como estábamos en familia mi amiga me propuso hacer “topless” para broncearnos sin marca y yo acepté, claro siempre evitando encarar a ambos hombres, quienes se tomaban tragos y reían fingiendo no prestarnos atención. Padre e hijo cuchicheaban y yo me sentía algo incomoda, pues me imaginaba que hablaban de mis senos muy bien repotenciados. Mi amiga lo notó y me dijo “tranquila” relájate que estamos en familia. “Sabes” me confesó, “Roberto solo aceptó venir con nosotros cuando supo que tu venías sola”. “Que caballero” contesté, mi amiga me miró raro y luego se rió atrayendo las miradas de ambos hombres. A esta altura Roberto vestía solo una pantaloneta verde militar, la cual contrastaba muy bien con su bronceado y dejaba ver su abdomen tenso y muy bien trabajado en el Gym. Ambos hombres decidieron ponerse sus trajes de buzo y bajar a ver los corales, lo hicieron solos pues sabían que ni a mi amiga ni a mí nos gusta ese tipo de buceo.

Cuando Roberto y su padre se quitaron los pantalones, quedaron con una “trusa” mínima, que marcaba sus paquetes y yo de reojo pude ver que el “niño” no se le quedaba atrás a su padre, quien por extensas referencias está muy bien dotado, y con mi exhibición y los tragos, él estaba medio empinado. Luego ambos vistieron sus trajes de buzo y se lanzaron al mar dando tiempo a recuperarme y recobrar el aplomo que me caracteriza. Me quedé semi dormida en la cubierta soñando con un ángel con grandes alas blancas, muy alto, rubio, musculoso que me raptaba y me llevaba a una cueva donde me hacía el amor una y otra vez, cuando estaba casi por hacerme acabar, disminuía el ritmo de las embestidas hasta casi detenerse; entonces yo podía sentir su miembro inmenso, grueso, rugoso, húmedo, vibrante en mi interior, para luego tomar nuevas fuerzas hasta llevarme casi a la cima del pacer; para de nuevo rebajar la marcha una y otra vez.

Estaba disfrutando como loca de esta increíble cogida, cuando abro los ojos y pude ver su rostro ¡Era el de Roberto! Me desperté jadeante, mi amiga estaba en el camarote preparando unos canapés, yo temblaba, jadeaba, estaba húmeda, sentía el rostro ardiendo, casi igual que cuando acababa de hacer el amor. De inmediato y para no ponerme en evidencia, me lancé al mar. El agua tibia y salada me recobró. Como estaba en topless, me acordé del placer de nadar desnuda y sin pensarlo bien me quité el biquini, como no hallaba que hacer con él lo lancé a la cubierta del yate. Así estuve nadando por unos cuantos minutos, cuando mi amiga sale y me dice: “que delicia, si no estuviese Roberto aquí te acompañaba”, iba a decirle qué había pasado con aquello de que estábamos en familia cuando para mi terror siento que van subiendo los buzos.

Yo estaba como a 10 metros del yate; primero emergió mi cuñado, chorreando agua. No se dio cuenta de mi desnudez y cuando mi amiga le preguntó por Roberto, pudimos ver que este emergía muy cerca de mí. Entonces ambos esposos se fueron al camarote y Roberto y yo quedamos solos en el mar. “Vaya tía, yo pensé que era una ninfa del mar al verla nadando desnuda”. Con esto me desarmó, pues no solo ya sabía que me bañaba desnuda, si no que me homenajeaba comparándome con una ninfa, cosa con la que yo soñaba ser cuando me bañaba desnuda en el Mar a los 18 años. “Voy a dejar mis cosas en el yate para acompañarte” me dijo tuteándome de pronto. Se subió al yate, se quitó el traje de buzo quedando solo con la trusa mínima (abultada en su entre pierna con una cosa inmensa que pugnaba por salir y de la cual solo tuve una visión momentánea).

“Bien” pensé, “si quiere jugar rudo, jugaremos rudo”. Nadó alrededor de mí y luego se acercó lentamente, hasta quedar a centímetros de mi cuerpo. “Y tus padres”, le dije, “¿no se van a bañar?”. “No, yo creo que por un rato se van a quedar en el camarote” me dijo con una media sonrisa. Para distraer sus miradas y mis impulsos le comencé a preguntar por las novias. “Puras chiquillas” me confesó, “que no saben lo que un hombre realmente quiere; yo ando buscando una mujer de verdad” Su mirada, sus gestos, lo bajo y ronco de su voz, el calor que irradiaba de su joven cuerpo me sedujo, pero aún hacían mella en mí los tabúes y decidí que no podía ir más allá. “Pues aquí tienes una mujer de verdad, pero primero vas a tener que alcanzarme”, lo reté. Y me lancé a nadar mar adentro, desnuda como una ninfa y sabiendo que mis habilidades de nadadora no iban a ser superadas fácilmente.

Él se lanzó detrás de mí, pero yo le llevaba ventaja y nadaba muy bien, me alejé mucho del bote, y poco a poco fui rodeándolo hasta volver rodee el yate y me pude subir por la otra parte del mismo sin que él se hubiese acercado, claro que pudo deleitarse con mi trasero desnudo y perfecto al aire y en un momento al subir la pierna por la escalera, mi coño afeitado y rozagante, hambriento de un palo grueso y largo como el del ángel del sueño. Rápidamente, sin voltear a verlo me puse el biquini y la parte superior. Roberto me miraba desde el mar como diciéndome “cobarde”. Realmente lamenté serlo, pero ya en el yate y con la proximidad de sus padres me controlé. Pude ver como Roberto se alejaba a su vez del yate, probablemente a mitigar sus ansias y su erección con los ejercicios. Al poco rato salieron sus padres muy sonrientes, y con una mirada interrogante me preguntaron por Roberto. “Está nadando como un delfín” le contesté señalándolo. Este los vio y se devolvió a la nave. Luego estuvimos un rato más charlando relajados, tomando tragos y comiendo canapés, hasta que llegó la hora de regresar al puerto.

Ya mis impulsos se habían controlado y yo me preguntaba si iba a permitir que mi calentura y mi abstinencia me trastornaran el fin de semana. Recuperada, decidí ofrecerme para preparar la cena de ese día, encontrándome con la sorpresa de que en el town house había una invitación para cenar de unos amigos, la cual no incluía a Roberto ni a mí. Mi amiga y su esposo de inmediato rechazaron la invitación, pero yo los insté a asistir, máxime sabiendo que importante son estas reuniones para el trabajo de mi cuñado. “Tranquilos”, le dije “yo cuido a Robertico, como cuando ustedes se iban de rumba en la ciudad”. Todos reímos y Roberto me comentó de una discoteca cercana que estaba muy bien y que de seguro me iba a gustar. Entonces ellos se fueron a preparar y Roberto y yo nos quedamos preparando la cena. Al rato salieron mi amiga y su esposo, quedando nosotros culminando, la preparación.

Era realmente un plato ligero con mariscos, quesos, frutas y un par de cócteles, de los cuales comenzamos a tomar antes y durante la preparación de la misma. Dejé a Roberto pendiente de algo en la cocina y fui a mi recámara a bañarme y a cambiarme para cenar y luego para ir a la disco. Me desvestí, sintiendo aun los ramalazos eróticos de aquel agitado día y me metí a la ducha. Esta tenía el pasador dañado así que confiándome de la puerta que había asegurado bien me comencé a duchar dejando la puerta del baño abierta. Cual sería mi sorpresa cuando al salir del baño me encontré a Roberto aguardándome frente al lavamanos. Estaba muy serio, pero se había quitado la camisa, estaba descalzo, vestía solo la pantaloneta verde; en donde se apreciaba un respetable bulto en la entre pierna. Una capa de sudor pelaba todo su cuerpo y su olor a macho en celo, me trastornó.

“No vuelvas a huir de mí” me pidió con esa voz ronca tan agradable. “Robertico” le dije preocupada por lo que veía, “no es correcto, yo soy como tu tía, te ayudé a criar, lo que me faltó fue darte de mamar”, “Si eres como mi tía, pero realmente no lo eres, eres una mujer increíble, estás requete buena y yo desde hace años no he pensado más que en cogerte” “Además” me dijo el muy ladino, “se que te gusta la historia de Roma y los clásicos, y en esa época era normal que los tíos y hasta los hermanos se acostasen juntos”. “Si” le contesté “pero no estamos en Roma”. “Míralo como una de tus obras de caridad que tanto te gustan” de dijo arreciando el ataque, “¿te contó mi mamá que aun soy virgen?” tómalo, esa si fue una verdadera sorpresota, ¡que aquel bombón aún estuviese virgen! Pero, ¿que le pasaba a las chicas de hoy? ¡Con tanta libertad, yo jamás hubiese permitido ese crimen! ¿No sería que los tiros se le iban por otro lado?

A juzgar por el creciente bulto de su entrepierna y su respiración entrecortada, no era así. Aun confusa, tomé una toalla y me cubrí con ella, saliendo del baño. “por favor no te cubras, no huyas de nuevo de mí” me dijo casi suplicante. “mira como me tienes” y desabrochando su pantaloneta, la dejó caer, debajo estaba solo la trusa mínima y de un tirón se la bajó hasta las rodillas. ¡Madre mía que espectáculo! Aquel súper bombón de tan solo 18 años, desnudo, con los calzones en las rodillas, alebrestado, excitado y virgen ¿solo para mí? ¡No lo podía creer!

La verga de Roberto era inmensa, al menos debía medir 25 cms, con el tronco más grueso en la base que en el cuello donde estaba adornada con una inmensa cabezota dividida en dos por una raja goteante… Dirigida hacia arriba de la excitación, surcada por gruesas venas, toda rosada pero con la cabezota roja de la hinchazón, era idéntica a los dibujos de vergas de las revistas porno. Aun así intenté controlarme aunque a la vista de aquel protomacho en desarrollo mi coño comenzó a rezumar líquidos lubricantes para prepararme a la penetración, mis pezones se erectaron como balas marcándose aun bajo la toalla. “Déjame verte desnuda” me suplicó y yo no tuve fuerzas para negarme. “Okey pero solo vas a verme un ratico” le dije con jadeos que contravenían mi negativa.

Suavemente y con coquetería inesperada en aquella situación, dejé caer la toalla mostrando toda mi gloriosa desnudez. “Ohhhhh, tal como te imaginaba” balbuceó. “Mentiroso, en la playa me viste y muy bien” le refuté. “Si, pero así de cerca y sequita te ves mucho mejor” Luego me dijo: “ya que no quieres que me acerque, voy a pajearme” comenzó a resbalar su mano sobre el tronco, retrayendo el prepucio y descubriendo aún más la cabezota, en una paja fenomenal, sería virgen, pero era un artista con la mano, terminó de quitarse los pantalones y desnudo y erecto se sentó en la poceta continuando con la fenomenal masturbación. “Tócate tú, enséñame que te gusta” me dijo entrecortadamente. Como yo estaba ya bien excitada, me recosté de la pared, monté una pierna sobre la bañera para exponer mi coño rasurado y hambriento y comencé a tocar mis pechos, suavemente, como me gusta que me lo hagan y con movimientos circulares, dándole temploncitos a mis pezones cada vez más fuertes, hasta hacerme gemir de pasión.

“Tócate, métete el dedo en el coño” me dijo mi enfebrecido sobrino y yo sonriendo pues en estas artes era una maestra le dije; “aun no, eso es para el final, a mi me gusta que me acaricien la pelvis así, suavemente, en forma circular hasta llegar a la pepa, allí deben detenerse y comenzar a tocarla suavemente” le decía mientras con mis dedos húmedos de mis jugos vaginales pinzaba mi clítoris alternando con los pezones. Ambos estábamos al límite, súper excitados, deseosos de brincar uno, sobre el otro y yo con el aliciente de que el era aparentemente virgen. “Hummm… ¡hacía tanto tiempo que no me cogía a un hombre virgen!” pensaba lujuriosamente dentro de mí. Y para darme una excusa me dije que era solo una lección más que estaba bien que una “tía” fuera la primera en darle a su “sobrino”. Acercándome a él decidida, coloqué una de mis piernas en su hombro y acerqué poco a poco mi coño a su boca. “Lame querido” le indiqué “ya sabes que debes comenzar lentamente”. Le amonesté cuando su boca se prendió hambrienta de sexo a mi coño.

Tomándolo por la cabeza dirigí sus lengüetazos a mi clítoris y él como buen alumno encontró el punto exacto y empezó a hacerlo lentamente, aumentando progresivamente sus lamidas, hasta prenderse de mi coño nuevamente. Me tomó por las nalgas y hundió su lengua en mi coño, al parecer tan anhelado por él. Como igual me gustaba lo que hacía lo dejé hacer. De vez en cuando una de sus manos bajaba a su verga a masajearla un rato y luego subía a mis pechos donde se extasiaba tocándolos, apretándolos y pinzando lo pezones como le había enseñado. Entonces, pensé que era tiempo de deleitarme con aquella verga y conocerla mejor.

Me arrodillé entre sus piernas y dándole mordiscos suaves en la cara interna de los muslos poco a poco me fui acercando al tesoro mayor. Allí descubrí sus pelotas, inmensas, duras de la cantidad de leche que albergaban y cubiertas por una especie de pelusa que al ensalivarlas se sentía de lo mejor. Luego de un rato de mamarle las bolas mientras acariciaba el mástil con mis manos, en un lento subir y bajar me dediqué por fin a este. “Al fin” me dijo cuando abarqué su cabezota con mi boca, se dejó caer hacia atrás y me dejó hacer. Como era una experta comencé primero por ensalivarlo todo, luego, le di pequeños mordiscos en el borde del glande, haciéndolo estremecer para después meter la punta de la lengua en la rajita. En esas estábamos cuando me tomó con fuerza por la cabeza como indicándome que iba a acabar, le sonreí, le guiñé el ojo y me la introduje toda de un solo empellón.

Ambos quedamos asombrados al sentir como salían chorros y más chorros de leche espesa y caliente, que fueron a parar directo a mi garganta. Fueron más de 10 trallazos, se veía que era primera vez que le hacían sexo oral y modestia a aparte ¡que sexo oral! Quedo desmadejado sobre el W.C. “que delicia!” Casi gritó, “¡y yo que llevo 18 años perdiéndome de esto!”. Entonces me erguí y lo tomé de la mano: “y lo que te falta por aprender” le dije sintiéndome una diosa del sexo, una actriz de película porno XXX, una meretriz (puta) de alto vuelo. Como ya decidimos pecar, hagámoslo por lo alto. Y lo llevé a la alcoba de sus padres, “¡Súper!” casi gritó “aquí quería traerte desde que llegaste, estoy seguro de que mis padres si se enteraran lo aprobarían, ellos son muy modernos para estas cosas. Sonriendo, pues de seguro el padre si lo aprobaría, no estando segura de que mi amiga viera con buen ojo que su querubín fuese seducido por una mujer de su misma edad, me acosté en la cama, abrí las piernas y le dije:

“Volvamos a la primera lección” de inmediato se acostó y colocó su cabeza entre mis piernas. Empezó bajo mi dirección a besar mis muslos, suavemente, lamiéndolos ora mordisqueándolos, olfateándolos, llenándose de mis aromas íntimos mientras se daba su tiempo de ocuparse de mi coñito. “Ahora lame los labios mayores, suavemente” le indiqué tomándolo por la cabeza lo cual hizo mi novel alumno a la perfección, “ahora los menores, alterna lamidas con mordisqueos y chupeteos” a estas alturas Roberto ya había cogido mínimo y me estaba dando una mamada algo torpe pero con mucho esfuerzo, ubique mis piernas sobre sus hombros y me abandoné a las sensaciones, masajeando yo mis pechos cada vez más fuerte hasta que sentí llegar el orgasmo. “me voy cariño” le advertí, pero él tomándolo como un reto pues yo me había tragado todos sus jugos, quiso no quedarse atrás y absorbió los míos en su totalidad, mientras yo pegaba mi pelvis aun más a su cabeza.

Desfallecida por la sensación sublime del orgasmo, me quedé complacida al ver como su verga estaba de nuevo empinada. Y tomándolo por los hombros, subí su cara hasta llevarla a mis labios, besándonos cada vez con más furor, hasta que nuestras lenguas se trenzaron en una lucha sin cuartel. Confieso que yo fui la primera en rendirme. “Ya tu miembro debe buscar su lugar por si solito”, le dije mientras sentía a su babeante carajo subir por mis muslos y apostarse en la entrada de mi coño. “Aquí, verdad” me dijo sonriendo y me enterró aquel mástil de un empellón, hasta el pegue, hasta que sus bolas chocaron con mi pelvis. “Cooooño! Roberto, dale por allí, pero con cuidado que me desfondas” le reprendí entre dolida y extasiada. “Tranquila” me dijo deteniendo su bombeo un rato. Entonces me besó de nuevo y poco a poco cuando sintió que mi vagina cedía a sus impulsos, recomenzó de nuevo la culeada.

Su verga rugosa, húmeda y vibrante estaba completamente dentro de mí, su abdomen pegado firmemente al mío, mis senos aplastados por su inmenso y fuerte tórax, mirándonos a los ojos, llenos de lujuria y morreándonos interminablemente pasamos fácilmente 20 minutos o mas, ya habíamos conseguido ese ritmo sexual que a veces a las parejas les cuesta conseguir y que yo pienso que no es más que cuestión de entendimiento, de dedicarse al sexo sin tener otra preocupación en mente más que darle y recibir placer de la pareja.

“Ahora si estamos haciendo el amor”, le dije en un momento en que suavizamos las embestidas para retardar el pacer final. “Y para retardarlo aún más, podemos cambiar de posición” le dije tumbándolo sobre la cama para cabalgarlo. Solo pocos segundos estuvo la babeante verga fuera de mis entrañas.XOX2

Como una experta, yo misma lo apuntalé y me dejé caer, gimiendo al sentir de nuevo la total penetración. Aquella era una de mis posiciones favoritas, pues yo podía controlar la penetración, el ritmo, etc. y así llegué a mi alucinante segundo orgasmo, gimiendo como una perra sobre mi amante; pero aun él estaba erecto y bien erecto!, su juventud así lo permitía y para premiarlo por su excelente desempeño, cambié de nuevo de posición por una de las más preferidas por los hombres: “el perrito” (o en este caso como yo la digo “la perrita”) colocándome en 4 patas sobre la cama de sus padres, con la cabeza sobre una almohada, le presenté mi coño visto desde atrás.

De inmediato él entendió, situándose detrás de mí y tomándome por las caderas con sus grandes manos, comenzó a cogerme fuertemente, sacando casi su inmensa verga de mi coño, para luego enterrarla hasta mi matriz, donde solo las bolas se le quedaban afuera. Así estuvo por varios minutos más hasta que con una brutal embestida se derramó nuevamente en mí, con varios trallazos más de leche dentro de mi vagina. Yo caí desfallecida y él sobre mi sin sacar aun su nabo de mi coño encharcado. De vez en cuando movía su pelvis como para no perder la erección, hasta que al fin me la sacó.

Fue como quitarle un corcho a una botella. De inmediato, sus jugos mezclados con los míos fueron a caer en las sábanas blancas donde nos habíamos revolcado, pero era tributo a una virginidad perdida y ¡bien perdida! Nos dormimos un rato (imaginen la cara de mi amiga si llegaba en ese momento) pero aquello le daba más sabor al acto carnal. Luego fuimos a asearnos, no sin antes cambiar, ventilar e inclusive aplicar ambientador en aquella recamara que olía a sexo, sudor, humedad y donde a posteriori iban a dormir (o quizás a tirar) sus padres.

Mientras reparábamos aquel desastre, intercambiamos impresiones y cada uno se fue a dormir a su habitación. Aproveché la ocasión para insistirle que podía practicar lo aprendido esa noche, pero siempre, siempre debía protegerse con un buen condón y que debíamos mantener aquello en secreto. Con un beso despedí a mi joven amante en la puerta de su cuarto y fui al mío donde me bañé y me quedé dormida hasta bien entrada la mañana. Al día siguiente, a pesar que Roberto tenía una sonrisa bailándole en los labios, tuvimos visita y no pudimos repetir nuestra hazaña del día anterior.

Esa noche hicimos una cena e invitamos a varios matrimonios amigos y vinieron algunos hombres solteros que flirtearon conmigo y algunas jovencitas que estuvieron detrás de Roberto toda la noche, e inclusive una salió a pasear a la playa con él. “Bueno” pensé, “al menos me queda la emoción de haber sido su primera amante”. Esa noche sin embargo se metió en mi cuarto cuando yo estaba medio desnuda y me dio una serie de besos, al principio de agradecimiento y luego apasionados, con la insistencia de meterse en mi cama. Pero con sus padres en la habitación del lado no me atreví. Al fin lo convencí y se fue a su cuarto refunfuñando.

Al día siguiente partimos a la ciudad y por varios días estuve huyendo a sus mensajes cada vez más apremiantes “me debes más lecciones” me decía en uno. Eso y mi remordimiento de conciencia no me dejaban en paz. Hasta que una buena tarde decidí hacer una visita inesperada a mi amiga, estábamos en su sala tomándonos unos cócteles cuando me decidí a confesarle al menos parte de la verdad. “Tengo algo que confesarte” le dije a mi querida amiga, y esta abriendo sus grande ojos me dijo “dime, parece que tienes una bomba en tus manos, habla que hay confianza”.

“Es que en la última ida a la playa, bueno tú sabes, tu…..” “¡No me digas que Jorge se decidió a atacarte!” me dijo volteando los ojos como si aceptar a su marido fuera un sacrilegio. “No que va, si Jorge siempre ha sido muy respetuoso conmigo”. “Ay amiga casi me matas del susto, yo de veras creo que la única mujer que pudiera arrebatarme a Jorge eres tú!” me dijo apurando su trago, “pero cuenta, cuenta que te pasó en la playa” “es que Roberto” comencé a decir y le conté hasta el momento en que Roberto entró al baño sorprendiéndome desnuda… haciendo una pausa hasta evaluar su reacción, pero esta fue de burla, “Y mira pues al niño, okey, ya se que no es tan niño…. Pero para una madre siempre lo será”. “Bueno” mentí de inmediato “pero yo lo reprendí y lo mandé a dormir, es que no sabía como iba a ser tu reacción al saber del suceso” tranquila amiga, yo se que Robertico está cambiado, ya sus 18 se hacen notar, pero no me imaginé que iba a ser tan osado de entrar a tu cuarto de baño.

Sudando frío por no haber metido la pata de haberle contado más nada, seguí tomando mi cóctel. “¿Pero que más me ibas a contar?” preguntó de nuevo ella, “No más nada pasó, solo un susto” mentí descaradamente. “¿Seguro?” insistió ella con los ojos bien abiertos, “si amiga nada más allá” dije mirando a otro lado. “Que raro, y entonces que les pasaría a mis sábanas blancas de percal, que nuevecitas y ya estaban llenas de semen y de flujos ¿con indiscutible olor a sexo?

Me había atrapado, olvidé que ella es tan maniática que supervisa toda la ropa antes y después de enviarla a lavar. “¡No seas tonta amiga!, Roberto se lo contó todo a Jorge y este a mí al día siguiente, no es que yo me oponga a que mi hijo se haya hecho hombre al fin, si Jorge y yo ya estábamos preocupados. Claro tampoco es que te yo te vea como mi nuera, pero nosotros lo tomamos como una lección de vida para Robertico….. y quien mejor que tú, mi amiga del alma para haberlo estrenado. Además los romanos, a quien tú adoras, no creían en el incesto…

¡Ya pude ver quien le había metido en la cabeza a Roberto el cuentico ese de los Romanos!

Autora: Max Perra loca

Busquedas entrantes: