Cuando amaneció ese día, jamás imaginé que sería el comienzo de la mejor y más grande experiencia en toda mi vida.

La rutina parecía la misma de siempre: un buen baño con agua fría para terminar de despertar, desayuno rápido e irme al trabajo. Qué lejos estaba de pensar que ese trabajo que tanto me hacía mantener una monotonía, sería justo lo que me llevaría a una odisea que con gusto se la deseaba a todo el mundo, pero sé que nadie más que yo podría hacerla realidad.

Llegar a la oficina y encontrarme contigo a quien, a decir verdad, desde hacía ya buen tiempo te me antojabas mucho, pero, al fin casada, nunca quise ilusionarme más allá de lo que mis posibilidades de éxito me dictaban (porque aunque lo dudes amor, no soy un loco aventurero que se va con cualquiera que le gusta).

No recuerdo si ya te había invitado desde antes al festejo que nos ofrecían en ese pueblo –de lo que sí estoy seguro es que ya sabía que sí te gustaba tomar alguna copa y hasta había llegado a ilusionarme con una buena noche de bohemia, pero nunca te concreté esa invitación que ya habías aceptado como para arrebatarme la paz interior-. Así que sin más, te pedí que nos acompañaras al convivio; apenas si pude contener la emoción cuando me dijiste que sí, la ocasión era propicia para el escape: estrés, aburrición, y ¡sola!, había que aprovechar la fecha.

Con todo y eso, yo seguía viendo la situación dentro de lo normal, más aún que íbamos varios compañeros; es decir, ni cómo intentar nada.

Ahora te confieso, me sentí orgulloso, chingón, de tener como compañera de fiesta a toda una mujer: inteligente, discreta, sencilla, jovencita y super atractiva que nunca dejé de ver las miradas de admiración (tentación) sobre ti y de envidia a tu acompañante (o sea yo); y para mi mayor satisfacción, sólo yo podía intuir que detrás de todos esos conceptos que te he mencionado de tu personalidad, se dejaban adivinar a la vez esa mezcla de seducción, y aun con tu juventud, llevar dentro de ti esa sensualidad que hacías transpirar para desearte como toda una hembra.

Había que comportarse, el ambiente y los invitados no dejaba otra opción (acrecentando así la irresistible idea de algún día explorarte), tuve que conformarme con mirar tu bien formada figura y disfrutar tu rico trasero bastante bien ajustado por el jeans azul que se pegaba a ti como una segunda piel, por lo que, por el momento, no era necesario tocarte hasta sentir tus nervios, bastaba rozar la tela para transfundirse contigo.

No pasó mucho rato después de las última cubas, cuando un chaparrito chistoso que se hizo el gracioso contando chistes todo el tiempo, no soportó más y de plano me dijo, ¡que buena vieja te cargas cabrón!, “si supieras dije para mis adentros, que ganas no me faltan, pero de que ella me cargue a mi”

En fin, todo eso no logró más que acrecentar mis ansias y por supuesto, aumentarme la irrigación sanguínea fluyendo con ello hasta mantenerme una prolongada erección que, ahora sé, de haberla visto no la hubieras resistido.

La tarde se empezaba a perder, más bien el crepúsculo ya se observaba; el paseo habría de servir ya desde ahora para descubrir también a un buen amigo: Mejor detalle no pudo tener el buen Marcos al mostrarme “su desprecio por mí” y decirme que prefería regresar en el coche de los otros compañeros. No tuve más que desearle buen viaje aunque nunca sería mejor que el que yo estaba teniendo al llevarme ¡para mi solito! Una auténtica hembra a mi lado.

De las trivialidades que platicamos la mayor parte del trayecto te juro que casi no me acuerdo, y es que creo que siempre sí me habían hecho efecto los alcoholes, pero todavía más embriagado me sentía por la reacción que me provocabas y la cual mezclada con las cubas, ya sabrás cómo estaba: caliente por dentro y por fuera.

Así que no sé si hablamos o de qué fue (Ojalá tu me lo recuerdes) hasta que casi llegábamos a la ciudad. Hasta entonces perdí la timidez y sin más te solté: ¿cómo te gusta hacer el amor, qué tanto te gusta el sexo?, te mostrabas renuente, como que si y como que no me querías responder. Tu naturaleza femenina no pudo seguirse ocultando y te animaste a responde, fue cuando terminaste por descubrirte conmigo. Me gusta mucho, creo que me dijiste, es lo más delicioso. Para entonces ya mi pija abultaba mi pantalón y no dudo que la hubieras visto mientras yo manejaba.

Seguí indagando -qué más podía yo hacer-, ¿cómo te gusta decirle al pene?, te cuestioné, ya más suelta, me dijiste que verga, falo… no sé si tenías otro nombre para él pero creo que tampoco me importó, eso bastó para que mi miembro se sintiera pronunciado por tus labios como si por fin alguien le hubiera llamado por su nombre y de manera tan personal, quiero decir, hablarle directamente a él que luchaba por hacerse presente para ponerse a tu disposición. Intenté mostrártelo, casi bajaba el cierre cuando me detuviste. ¡No me faltes al respeto! Dijiste. Eso bastó para demostrarme y demostrarte a ti también o al menos así lo sentí yo, que por encima de mi lujuria estaba un sentimiento mayor –de amor- hacia ti, y me frené en seco, no hice más por sacarlo, pero no por eso mi tronco se achicó al contrario luchando contra sí mismo se mantuvo regio sin duda esperando la oportunidad de que lo vieras.

Volví a la carga en otro frente, ¿cómo le dices a la vagina? Ya sin temor me dijiste pucha, vulva, papaya, me salió la ocurrencia, creo que porque me lo preguntaste y te dije que también le decía rana peluda… No dudo que ya para entonces también estabas tan empapada de tu panocha, como yo tenía de baboso mi pene… Ya no había que distraer la plática y sin más quise saber cómo te gustaba hacerlo, qué te gustaba decir. Totalmente resuelta me respondiste: Me gusta coger duro. Cógeme como tu puta. Dame tu falo. Métemelo hasta el fondo. Hasta ahora no sé como no me vacíe en ese mismo momento. Eso era demasiado para mi, pero ya estábamos por llegar a tu depa, y yo, menso de mí, jamás iba a forzar una relación contigo. Ahora lo sé, porque no se trataba nada más de aventarme uno o dos palos contigo chiquis, sino que además, ya te amaba, y tendría que esperar a que hubiera algo más que pasión, para que nuestros cuerpos se fundieran sintiendo el amor que creció en nosotros.

Claro que eso no fue impedimento para que apenas te dejara yo segura, empezara ahí mismo en el coche a masturbarme y sólo alcancé a llegar a mi cuarto para eyacular a placer imaginando como te cogía de duro, tratándote como a mi puta, metiéndote mi falo hasta dentro para explotar en tu pucha, en tu vulva, en tu exquisita, deliciosa e inolvidable panocha.

Creo que haberme contenido en esa ocasión, fue lo mejor que hice como muestra de mi amor hacia ti en ese momento. Después cobraría con creces las ganas que me dejaste, cuando, al paso de los días, descubriría que eres la mujer más erótica, y que pude experimentar inolvidables fantasías al grado de hacer contigo lo que siempre desee.

Me regalaste momentos tan hermosos como cuando te apreté brevemente tus ricos pechos con una corbata y luego te até en el closet para poseerte colgada. Recuerdo mucho una vez que te cogí y me alzabas tus nalgas para que penetrara tu trasero y cuando lo hice, en tu cuarto, me dijiste eres un cabrón. Cómo no recordar aquella noche de hotel donde te penetré por el ano teniéndote totalmente empinada mientras caía el agua de la regadera sobre nosotros y cuando terminaba te encogiste a recibir mi semen en la boca para luego compartirlo en mi lengua y embarrándome también con ellos. Me regalaste frases tan hermosas como aquella que jamás olvidaré: Amo tu verga, me dijiste, y yo te pedí, dícelo a ella, así que viéndola erecta frente a ti, le dijiste te amo mientras te acariciabas el rostro sintiendo sus venas. Tampoco olvido escenas como cuando vimos una película porno y me dijiste voy a ponerme frente a la tele y ahí quiero que me penetres, creo que no aguanté más que tres o cuatro fuertes empujones en tu vagina y terminé por explotar. Recuerdo que disfrutabas mucho mamármela, tanto que siempre que terminaba presurosa abrías la boca para tragártelos y alimentarte así de la vida que se me iba en cada venida contigo. Muy presente tengo también, aquel convivio de posada navideña, cuando en un salón del hotel en medio del bullicio nuestros cuerpos gritaban más que todo el ruido que los demás hacían, y como un grito desesperado me dijiste: ¡rómpeme el culo con tu verga!, lo cual no fue posible en ese momento, pero sigo esperando, esperando, y más ahora que se te ha puesto mejor el trasero con el ejercicio, así que aquí te estoy esperando amor mío.

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